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ALBERTO GARCÍA SALEH Como si de auténticos Mozart del siglo XXI se tratara, más de 5.000 niños de entre 3 y 9 años, pertenecientes a diferentes colegios de Gran Canaria, pudieron introducirse y participar en el trabajo de una orquesta sinfónica, y en el mundo de la composición clásica, en el Auditorio Alfredo Kraus, ayer y hoy a las 10 y 11.30 horas.
El espectáculo La celebración de la música, producido por la Fundación Auditorio de Las Palmas de Gran Canaria, ideado por Arval Producciones, y dirigido por Gregorio Afonso, invitaba, de manera sencilla y cercana, a mentes aún no del todo formadas, a que entiendan todo sobre los instrumentos de la orquesta, a que puedan disfrutar de las posibilidades de un repertorio, y a que aprendan, entre otras cosas, las diferencias entre melodía y pulso a través de obras que van desde J.S. Bach hasta Leroy Anderson.
Todo el patio de butacas es ya una fiesta desde un principio, pues la orquesta Bela Bartok, de 22 músicos, dirigidos por José Brito, entra, de manera sorpresiva, al escenario interpretando La danza de los mirlitones, del Cascanueces de Tchaikovsky. Posteriormente, y bajo la melodía de Walking cat, de Leroy Anderson, los jovencísimos espectadores bailaron una especie de danza de gatos. Aunque no hubo nada comparable con el apoteósico final en el que, por un lado, los niños salen al escenario y, por el otro, la parte de viento de la orquesta se introduce en el patio de butacas, y entre todos interpretan el Concierto de papel de lija y orquesta con instrumentos fabricados por los propios protagonistas.
A través de las aventuras de los niños Toti y Chispi, y un hada llamada Disca, los pequeños se introducen en una acción que comienza en una pequeña aldea de El País de la Música donde está el Árbol de las Estrellas. Se trata de una aldea alejada de todo, en la que se ha conservado la música en su estado primigenio, y al margen de las diabluras que les hacía un rey para quitárselas.
Los actores Víctor Formoso, José Carlos Campos y Alexia Rodríguez son los responsables de esta trama, y de explicar las diferencias entre violines, chelos, contrabajos. Al término de la función, muchos de los pequeños reconocían que la experiencia había sido tan emocionante que ya tenían clara cuál iba a ser su vocación. Álvaro, de 6 años, por ejemplo, decía que le había sorprendido el sonido del contrabajo y Disca, que daba entrada a los momentos más fantásticos. Para Ana, Susana y Antonio, por otro lado, lo mejor había sido que el montaje fuera muy parecido a un cuento de Disney en el que ellos además eran los protagonistas.
Aunque quien ya lo tenía claro era Susana, que lo primero que iba a hacer al llegar a su casa sería pedirle a su madre que le compre un violín y la apuntara a clases particulares. Quién sabe, quizás hayamos encontrado estos días un geniecillo oculto.
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