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HEMEROTECA » |
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RAÚL GIL / LAS PALMAS DE GRAN CANARIA Antes de salir del crucero en el que acaba de llegar al Muelle de Santa Catalina, Helen olvidó ir al baño de su camarote. "¡Bah!, en la ciudad habrá baños públicos", pensó la turista. Craso error el de la extranjera que tras echar un vistazo al parque de Santa Catalina y no encontrar nada que se parezca a un baño acaba por entrar en las ruinas de lo que fue la terraza La Ola, tras el edificio Miller, pensando que allí hay un aseo. Nuevo error. La mujer pregunta a unos trabajadores que levantan una alcantarilla y estos le recomiendan los baños del Intercambiador, bajo el suelo. Helen, con la vejiga a punto de estallar se asoma a la entrada de la estación subterránea de guaguas y se encuentra con la penosa imagen de una escalera mecánica enorme inutilizada.
La extranjera se lo piensa mejor y decide volver al barco a hacer sus necesidades y a tomar el sol en la cubierta porque su primera impresión de esta ciudad no le ha animado a adentrarse en ella.
Helen no deja de ser un nombre inventado pero casos como el de este personaje se ven cada vez que un crucero arriba a la capital. Los mismos trabajadores del entorno del parque Santa Catalina reconocen que muchos cruceristas entrados en años se aburren de buscar un aseo en esta parte de la ciudad y se vuelven a sus barcos.
Esta decepción del turista de cruceros, no sólo por la falta de baño sino por su primera impresión de la ciudad, es uno de los principales handicaps contra los que tienen que luchar responsables municipales y comerciantes del Puerto. Se trata de atraer y no de ahuyentar.
Pero la tarea no es fácil. Basta con caminar por Santa Catalina y su entorno con ojos de guiri para descubrirlo. Como ya se ha señalado, el primer recuerdo que se lleva el crucerista es el de las ruinas de la antigua terraza La Ola, aderezado por un olor a cloaca que no se disipa hasta llegar al edificio Miller.
En el parque de Santa Catalina, una de las joyas del Puerto, la imagen mejora ante la exuberancia de los jardines salvo cuando se encuentran hasta siete u ocho mendigos con los tetrabriks de vino sentados en los bancos o simplemente tirados en el suelo junto a las paradas de guaguas.
De camino a Las Canteras, el paisaje sigue siendo desolador. A un tráfico agresivo hay que sumar la mala imagen que dan decenas de comercios y casas abandonadas -algunas apuntaladas porque están a punto de caerse-, montañas de contenedores que obstaculizan el paso y huelen a orines, cacas de perro o solares mal vallados en los que se ven colchones y otras basuras.
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