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LOURDES S. VILLACASTÍN El ropero solidario que gestionan las parroquias del Cono Sur cerrará mañana después de más de veinte años recogiendo ropa, clasificándola y ofreciéndola a las familias necesitadas de la capital a cambio de un donativo. El ropero, sin embargo, no desaparece del todo ya que la Obra Social de Acogida y Desarrollo ha decidido hacerse cargo de él. "No podemos dar carpetazo a un servicio que ha estando dando respuesta a tantas personas", señala el hermano Jesús.
El ropero, situado en Vegueta -en la calle Alonso Quintero, 33- echa el cierre porque no cumple con los objetivos para los que fue ideado, según el responsable del proyecto Vecaza, Sergio Afonso. Entre ellos, el dar salida económica y formativa a mujeres necesitadas mediante una beca a cambio de colaborar en el ropero.
La falta de apoyo de las instituciones públicas ha sido, sin embargo, la verdadera puntilla de un proyecto del que se benefician tanto los usuarios de la Concejalía de Asuntos Sociales del Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria como muchas organizaciones no gubernamentales.
El hermano Jesús explica que el ropero funcionará igual que el resto de los que tiene la Obra Social. Es decir, una persona contratada por la institución gestiona y atiende las necesidades de las personas que van mientras que varios residentes de la organización colaboran en el proceso de recuperación de la ropa y de los enseres, su clasificación y almacenamiento mientras que aprenden relaciones sociales, recuperan sus hábitos de trabajo, ocupan el tiempo libre y se "sacan unas perrillas" para sus pequeños gastos. En los roperos también participan voluntarios.
La Obra Social intenta prorrogar el contrato con el propietario del local para que las personas que estén acostumbradas a ir a Alonso Quintero no se encuentren desamparadas.
El hermano Jesús afirma que la institución no abandonará a las mujeres que están becadas y que tratarán de buscar alguna "fórmula" para que puedan continuar con su aprendizaje y su inclusión social. Como tampoco a las ONG o al Consistorio que piden ropa para sus usuarios.
María del Carmen Carcamo, hondureña y con 45 años, es una de esas 19 mujeres becadas. Trabajaba cuidando a una persona mayor, pero se hizo daño en la espalda hace ya casi un año y desde entonces no puede coger peso. Está desempleada a la espera de que la operen y los 100 euros de la beca y algún que otro trabajillo le permiten pagar el alquiler del piso compartido.
Pino Hernández es otra de las becadas. Tiene dos hijos, de 21 y 15 años, y un marido enfermo que cobra una pensión de 380 euros. Gracias al proyecto no sólo ayuda a sacar a la familia adelante sino que está aprendiendo a leer y escribir. "Saliendo p'alante. Para saber algo de la vida", dice, convencida, de que en el proyecto la han ayuda "un montón".
Son las diez de la mañana y el ropero no está aún abierto, pero en la cola ya hay gente esperando. Adrián y su mujer, ambos de Bolivia, buscan ropa. Él cuida niños y ancianos, pero la cosa no está muy bien, así que desde hace unos meses acude al ropero. "¡Mira, ropa de marca, ropa buena!", exclama mostrando la etiqueta de un pantalón.
Unos metros más allá está Carmen, una jubilada que guarda la pensión para comprar ropa a sus nietos mientras ella se "apaña" en el ropero parroquial. Ellos también reivindican que el servicio siga funcionando.
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