El obispo emérito de Orihuela-Alicante, monseñor Victorio Oliver Domingo, acudió ayer al multitudinario funeral del fallecido Ramón Echarren, en la Catedral de Santa Ana. Nombrado obispo auxiliar del Sr. Cardenal Arzobispo de Madrid en 1972, Oliver entabló una estrecha amistad con Echarren en aquellos años. Mientras el último fue nombrado obispo de la Diócesis de Canarias en 1978, Oliver fue nombrado obispo de Tarazona (Zaragoza) en 1976 entró en la diócesis un año después. El 22 de febrero de 1996 fue nombrado obispo de Orihuela-Alicante y ejerció su ministerio como pastor de esta Diócesis hasta el 23 de noviembre de 2005, cuando renunció por razones de edad.

Usted coincidió con monseñor Ramón Echarren durante su etapa como obispo auxiliar de Tarancón, ¿cómo fue su relación durante aquellos años?

Por supuesto, conocí muy bien a monseñor Ramón porque fui compañero suyo en Madrid, durante sus años como obispo auxiliar, cargo que también ocupaba yo entonces. En Madrid, éramos cinco obispos auxiliares de Vicente Enrique Tarancón, que también me confió la vicarías pastorales en Carabanchel. Eran los años 70 cuando coincidí con Ramón, se convirtió en un buen compañero y era un gran amigo de sus amigos. Siempre estuvo muy interesado en las homilías y, sobre todo, en los problemas sociales, por su profundo compromiso con los más pobres. En aquellos años, vivíamos con mucha ilusión la vida de la Iglesia, disfrutábamos de la relación con Jesucristo desde el amor y del servicio a Dios. Cuando he entrado en la Catedral para asistir a su funeral, he mirado hacia arriba y he sentido una profunda emoción porque por fin descansa después de una importante misión.

¿Cree que Ramón Echarren logró culminar su importante tarea de aplicar el concilio Vaticano II en España?

En efecto, tuve la ocasión de compartir muchas conversaciones con monseñor Echarren sobre el concilio Vaticano II y su aplicación, que era una gran preocupación para él. Sé que avanzó mucho a este respecto. Nuestra misión como obispos siempre fue hacer crecer en este mundo el Reino de Dios, ese fue el centro de la mayoría de nuestras conversaciones.

Durante sus años como obispo auxiliar, ¿qué aspectos valoraba en Echarren, uno de los últimos taranconianos?

Ramón era un hombre muy cordial, muy amigo y, sobre todo, muy fiel. Sin duda, se trataba de un hombre muy optimista y siempre encontraba motivos para animarte a encontrar y conseguir en el camino de Dios. Sobre Echarren, nunca podías dudar de que era un gran creyente, que se preocupó mucho por la instrucción de los sacerdotes y la vida parroquial. Además, era un hombre de grandes palabras, que infundía mucha esperanza en los que le rodeaban, o eso percibía cuando tenía conversaciones con él. Conocía a fondo el concilio Vaticano II y prestaba a los demás sus servicios para avanzar en el camino de Jesús.

¿Es cierto que gustaba de decir lo que pensaba y que sus ideas eran muy avanzadas?

Sé que, a veces, se jugaba la vida por defender algunas ideas en muchos momentos. Pero, por otra parte, era un hombre con muchos contactos. Te diré que rezó por esta Iglesia y por todos porque siempre pensaba en los demás, y en vivir la vida de Dios desde el gozo y el amor.

¿Cómo valora las obras de Echarren como obispo de la Diócesis de Canarias?

Lo cierto es que conocí menos esa etapa, aunque me consta que realizó una buena labor. Nos veíamos en las conferencias episcopales y comentábamos la vida en la diócesis, los aspectos a mejorar para servir a Jesucristo.

Al igual que Echarren, usted ha reivindicado mantener una buena relación con los seglares, además de con los sacerdotes.

Sin duda, la corresponsabilidad pero también la buena relación con los laicos ha sido parte de mi camino y, personalmente, invito a los sacerdotes a que abracen y quieran a los laicos, como indica el Concilio porque, sin ellos, no podemos culminar bien la evangelización.