09 de octubre de 2017
09.10.2017
La rueda del navegante

La historia de una pistola

Quillo Boneo, navegante solitario argentino quería recorrer todo el Mediterráneo, fue detenido en Puerto Banús

08.10.2017 | 23:07

Quillo Boneo es un navegante solitario argentino que tenía en el momento de este suceso unos 60 años o más: es muy buena persona y veterana de la navegación oceánica.

Había pasado por primera vez por Las Palmas hace unos treinta años como invitado y tripulante de un yate muy famoso argentino que se llamaba La Cautiva, de la familia Perdomo, preciosa goleta que visitó y firmó en su libro de honor Su Alteza D. Juan de Borbón, padre de nuestro Rey emérito, que casualmente estaba por esta Isla también de viaje, en su yate Giralda, quedando maravillado de la preciosidad interior y exterior de tal barco.

Por cierto, tuve un encuentro con el Giralda cuando entraba aquí en Las Palmas de Gran Canaria. Al reconocerlo me acerqué con mi barco a unos cinco metros del suyo para saludar a D. Juan y señora. Como la bahía estaba llena de embarcaciones, todas empavesadas y con gran descarga de fuegos artificiales, D. Juan me dijo admirado, "que bonito recibimiento". Yo, ingenuo como siempre, le dije, "alteza, es que hoy es la procesión de la Virgen del Carmen". "Ah, ya entiendo". Mi mujer me dio una disimulada patadita. "¿Qué pasa?". "¡Cállate no ves que se cree que todo esto es por su llegada!". "Metedura de pata la mía donde las haya, pero es que nadie sabía que venía; no se había anunciado en ningún medio y fue todo una coincidencia muy grande".

Quillo partió de su tierra en lo que era su casa, su preciado barco de unos catorce metros, con rumbo al Mediterráneo, previa escala en diferentes países e islas de su larga travesía. Hablábamos todas las noches por radio, recordando viejos tiempos y pasándole la información meteorológica a diario de la zona por la que navegaba. Venía feliz y contento de volver a visitar España después de tanto tiempo de su primera y citada escala en este puerto. Quería recorrer todo el Mediterráneo español y pasarse algunos años haciendo lo mismo por todos los países que bañan este mar.

Al embocar el estrecho de Gibraltar, encontró muy mal tiempo y se refugió en Algeciras a la espera de una mejoría que le permitiera continuar su viaje. La siguiente escala fue el famoso y renombrado Puerto Banús, en donde también paró para visitarlo y descansar: aquí, y al tener bandera argentina, fue inspeccionado superficialmente por un sargento y un número de la Guardia Civil; el aspecto sencillo, reposado, bonachón y mayor, no se prestaba a mayores suspicacias. Cuando ya se marchaban sin haber encontrado nada irregular, el novato numero le preguntó si tenía alguna cosa más que declarar que a ellos se les hubiera escapado en su registro, como por ejemplo armas, etc...; el bueno de Quillo le dijo cándidamente que solo tenía una pistola y señaló el cajón donde la guardaba a la vista del que hubiera querido abrirlo. Aquí empezó la tragedia.

El número, celoso de su traba-jo, se incautó de la misma y Quillo fue a parar a la cárcel. Las protestas de su propietario al decir-les que era de su bisabuelo español que la llevó consigo cuando emigró a Argentina, que había pasado como recuerdo familiar a su abuelo, padre y por último a él, no sirvieron de nada. Sin cono- cer a nadie y solo, se vio metido entre rejas por la actuación muy rigurosa de un guardia civil y por un juez de esos que nos asustan diariamente en la prensa con sus sentencias. Le pusieron a su disposición un "abogado" de oficio de esos que le pegan a todo, un chileno que se dedicaba a la venta de propiedades inmobiliarias y que no tenía ni pajolera idea de Derecho.

La situación no mejoraba con semejante defensa y como las desgracias nunca vienen solas, se puso muy grave hasta el extremo de que tuvieron que evacuarlo a un hospital para operarlo urgentemente de algo intestinal. Pero no acaban los sufrimientos aquí, si el abogado no era el idóneo, el médico que lo operó tampoco; quedó peor que como había entrado y tuvieron que operarlo nuevamente días más tardes, pues casi se les va de las manos.

Aterrorizado del "recibimiento" en la madre Patria, con la herida de la reciente y última operación aún fresca, me llamó un día por teléfono desde el hospital para contarme sus cuitas entre sollozos de desesperación e impotencia, pidiéndome ayuda. Yo estaba espantado pues no tenía ni idea de estos últimos lances, ya que, normalmente, cuando los yates llegan a España acaba mi labor.

Inmediatamente me puse en contacto con nuestro corresponsal en aquel puerto, el buen amigo, navegante y mejor persona Fernando Goizueta, que, al igual que yo, no salía de su asombro: enseguida empezó a moverse y le puso a su disposición un abogado competente que lo defendiera bien de aquello que se estaba convirtiendo en un culebrón inacabable y endemoniado. Se consiguió que lo dejaran en libertad condicional; pero ante el horror por el que había pasado y podía volver a pasar, no lo dudó dos veces y una buena noche, aún convaleciente, se largó con viento fresco, nunca mejor dicho, y no paró de navegar hasta su regreso directo a Argentina, en donde, como es lógico contó a todo el mundo su rocambolesca "historia para no dormir". Me dijo que prefería morir en el mar desangrado y solo, a volver a una cárcel. Con toda la razón del mundo, nos puso bonitos: encima, la "broma" le costó unas quinientas mil pesetas. Le fui guiando meteorológicamente hasta su feliz arribada a Buenos Aires.

Años más tarde recaló nuevamente por este puerto rumbo nuevamente al Mediterráneo, con el susto aún metido en el cuerpo. Me dijo que él era una persona honesta, que no quería huir de la justicia española y que quería volver con su nombre limpio a lo que consideraba su segunda patria. Se hicieron las gestiones convenientes y, afortunadamente, no estaba en busca y captura, con lo cual se suponía que su caso habría sido sobreseído y podía recorrer con toda tranquilidad la tierra de sus antepasados sin problema alguno; pero la pistola, viejo y valioso recuerdo de su familia, la perdió para siempre, pues no se atrevió a reclamarla, por si acaso.

Por lo menos hemos mitigado algo el mal recuerdo que se llevó de nuestra tierra, pero como comentario final debo decir que, así no se puede actuar: el que quiera hacer méritos de verdad, que persiga a delincuentes y mafias de altura que campan por nuestras costas con todo lujo e impunidad.

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