PEDRO GUERRA
La jodida motosierra no me arranca". La preocupación de Pedro Leal no es una cuestión baladí. Con su vivienda a cien metros de llamaradas de dos pisos, y con un par de pinos que flanquean la casa, en Tigalate Alto, el aparatejo puede ser la salvación de la quema. "Pero no me arranca, le eché gasoil esta mañana y nada", afirma este marinero mientras mira de reojo el fuego y los helicópteros vierten agua sobre su cabeza misma.
Es el drama del incendio de La Palma traducido a Ley de Murphy. Con la motosierra, Pedro pretendía cortar los dos pinos que hay junto a su casa, y evitar que se convirtieran en el mejor de los combustibles si el fuego camina sólo unos metros más hacia el este. Pero está de suerte. A las doce del mediodía Eolo sopla del oeste y los servicios de emergencia tapan con agua los caminos del fuego hacia su casa. Allí, en lo alto de la vivienda, se nota el calor que desprende el incendio y se sienten las gotas de agua procedentes de las cubas de los helicópteros caer sobre las cabezas. En las tripas mismas de la catástrofe.
A pesar del peligro, Pedro Leal se niega a abandonar su casa. Poco después de las ocho de la mañana, los servicios de emergencia tocaban a su puerta para advertirle del peligro. Su madre y su hermana se marcharon a un lugar seguro, pero él se quedó. "Yo espero que el fuego no llegue hasta aquí, con un poquito de suerte", afirma mientras a su izquierda, a unos noventa metros, las llamas queman un chamizo. "Aquí le llamamos pajar", corrige al periodista.
"Este fuego es una desgracia muy grande, sabe usted. Mire qué barbaridad. Todos esos helicópteros y los aviones no pueden con él". Tiene razón. A mediodía de ayer el fuego y el viento ganaban la batalla de los elementos al agua. "No voy a estar preocupado, es la casa donde hemos vivido desde que nacimos", recuerda con melancolía. Pero el fuego se marcha lentamente rumbo al oeste. Por la tarde, la casa de Pedro ya está fuera de peligro. Y la motosierra en el garaje. "Para una vez que la necesito".