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PEDRO GUERRA - SANTA CRUZ DE LA PALMA Quien estuvo aquí la otra noche fue el mismísimo Satanás". Domingo Cabrera, con 81 primaveras a sus espaldas, no había visto nada igual en La Palma. Desde el sábado anda como loco preguntando entre los vecinos quién le tocó a la puerta a las cinco de la mañana para avisarle del incendio que ya arrasaba el pueblo de Las Indias, en Fuencaliente. "No sé ni cómo salimos", asegura, "pero los vecinos eran los que iban tocando las pitas de los coches y subiendo a toda la gente que podían".
Pasadas las cuatro de la madrugada del sábado, una nube de fuego que volaba a 80 kilómetros por hora arrasó este pueblecito de 1.700 habitantes perteneciente al municipio de Fuencaliente, ubicado en una loma que va a desembocar al mar.
El fuego pasó como un ciclón en forma vertical, arrasando con todo lo que encontró a su paso y, de milagro, no se selló a ningún vecino. "En mi vida había visto nada igual", asegura Domingo Cabrera mientras intenta ojear si entre las cenizas queda algún recuerdo sin quemar, para llevarlo a una pequeña caseta de cinco metros cuadrados "que tengo en Punta Larga" y en la que duerme desde entonces con su esposa, Álvara Domínguez, "cinco años más chica que yo".
"Ya le digo que nos tocaron a la puerta a eso de las cinco de la mañana, y cuando me asomé a la calle ya mi casa estaba ardiendo por los dos lados. No nos dio tiempo de nada, mi mujer salió en camisón y nos subimos a la furgoneta para ir a la costa, adonde iba todo el mundo", rememora Cabrera, aún impresionado. "Hasta por la carretera había fuego. Tuve que pasar en medio de las llamas, porque ya no podía volver atrás. Gracias a los vecinos, que íbamos tocando las pitas de los coches para que la gente saliera de sus casas. Aquí lo milagroso es que no murió nadie", relata mientras recorre de una lado a otro los escombros de su propiedad.
La casa de Domingo y Álvara es de dos plantas. En la planta alta está la vivienda, totalmente calcinada, y en la parte baja el matrimonio tenía un negocio de venta de plátanos. "La semana pasada compré una máquina para madurar los plátanos que me costó dos millones de pesetas (doce mil euros), y mire cómo ha quedado", señala para las cenizas del negocio que era su vida. "Mi niño, es que con los trescientos euros de la pensión no se puede vivir", apunta su mujer. Pero ahora lo han perdido todo y duermen en un cobertizo.
Juan Díaz, de 67 años y residente dos calles más abajo que Domingo y Álvara, se despertó "a eso de las cinco y cuarto" porque escuchó las sirenas de los servicios de emergencia. "Cuando me estaba vistiendo me tocaron en la puerta, primero intenté apagar el fuego pero vi que era imposible. Me marché corriendo por la carretera hasta que un vecino me subió al coche", revive emocionado. La casa de Juan también quedó calcinada. De su cocina no queda más que cuatro hierros quemados colocados en torno a una nada. Hasta el viernes eso era una mesa comedor y cuatro sillas en una cocina normal de una casa palmera. "Sólo se veía fuego por todas partes. Era impresionante", señala junto a su hijo, que le ayuda en las tareas de recuperar algún objeto que se salvó de las llamas. "Los cristales de las ventanas están derretidos. Si no nos vamos hacia la costa nos quemamos aquí", sentencia. "Todo el pueblo ardía".
Más hacia la costa está lo que antes era una vivienda con un pequeño cobertizo de animales en su trasera. Su propietaria es Candelaria García, que se quedó sin las dieciocho ovejas que murieron carbonizadas. "Perdí a mi hijo hace más de veinte años, que se mató con una moto. Quitando eso, esto es lo peor que me ha pasado nunca. Y tengo 88 años".
Candelaria García apenas oye, y por eso, aún se pregunta cómo pudo sobrevivir al incendio: "Yo estaba en la cama y escuchaba voces. Era de noche y mi hija, Bertita, me tocó en la puerta de la habitación para decirme que teníamos que salir corriendo. No sé ni cómo atiné a abrir la puerta", cuenta entre lágrimas. "Cuando me asomé, todo era fuego; de esa casa para arriba", señala, "todo era fuego de lado a lado". "Les tiré agua a las puertas y las ventanas, pero ni hablar, tuvimos que salir corriendo", asegura. "Tenía dieciocho ovejas y todas se quemaron. Pensé que no salía y que no nos daba tiempo de escapar. Ese fuego iba volando y trabajó en muy poquito tiempo", insiste la anciana. "Que no te pase nada de esto nunca, mi niño, porque es una desgracia. Toda la vida trabajando y mira para qué..."
Ayer, el pueblo trataba de recuperar la normalidad con un frente común: la solidaridad. Candelaria, que vive con su hija de 63 años, recibía la visita de otros vecinos; a Domingo y Álvara otros paisanos les ayudaban en los escombros de su negocio de plátanos, y Juan miraba impotente en compañía de su hijo las secuelas de lo ocurrido tras la noche en que Satanás visitó Las Indias.
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