PEDRO GUERRA
ENVIADO ESPECIAL
Una gran columna de humo recibió al día dos del incendio de La Palma. La humareda se divisaba desde el aeropuerto y procedía de Tigalate, cuyos montes fueron totalmente arrasados por llamas de más de cinco metros durante la mañana de ayer y ante la incrédula e inconsolable mirada de los vecinos de la zona. La batalla de Tigalate se libró ayer con tanta intensidad como en la primera jornada.
"Vamos a intentar un ataque indirecto del fuego para ver si lo podemos encorsetar", avisaba el director del operativo de extinción, Miguel Ángel Norcuende. "La cosa está peluda", sentenció un vecino en pie desde las siete de la mañana.
Porque el fuego atacó con saña ayer a Tigalate y Montes de Luna. El día anterior le había tocado a Los Canarios y Las Indias. Desde primera hora de la mañana se desalojaron las zonas de peligro a pesar de las reticencias de sus propietarios, que se negaban a abandonar sus únicas pertenencias, sus casas. Pero no había otra solución, el fuego actuaba amparado por la enorme vegetación que siempre ha caracterizado a la Isla Bonita, convertida en un cementerio de pinos humeantes en las últimas horas.
El día se convirtió en noche por la humareda. Incontrolable. Helicópteros e hidroaviones volcaban agua a raudales sobre las llamas tras la incansable labor de media docena de helicópteros, a los que ayer se sumaron dos hidroaviones que recogían agua en el aeropuerto de La Palma. Un viaje, dos, cien, doscientos? Los pilotos parecen robots ejecutando un movimiento siempre circular: Recogen el agua, sobrevuelan la zona de las llamas, vierten el agua y vuelven para recoger más. Así durante todo el día. Se juegan la vida en cada viaje, acercándose a las llamas a una distancia tan próxima que pone los pelos de punta.
"El fuego estaba ahí, a veinte metros", explica Máximo, en guardia desde primera hora de la mañana cuando contemplaba con temor cómo se acercaban las llamas a sus posesiones. A las doce del mediodía, el fuego había subido por las autopistas de pinos en dirección a Montes de Luna. Seguía cerca, a unos cien metros, pero su pacto con el viento lo convertía en temible. Toda una isla pendiente del dios Eolo, el único con capacidad suficiente para frenar esta catástrofe.
Mientras por la zona oeste de la isla el frente parecía más controlado, todos los esfuerzos se centraban en Tigalate; el objetivo era desplazar el camino de llamas lejos de las viviendas existentes. Los propietarios, algunos en los tejados de las casas, se limitaban a observar la dirección del fuego para apurar hasta el último momento la huida. Un auténtico caos.