PEDRO GUERRA
A las doce del mediodía de ayer Pedro León, un joven bombero natural de Breña Alta, había dormido cuatro horas desde que en la noche del pasado viernes se inició el incendio de La Palma. "Las noches son bastante duras", afirma. "En esta última [a madrugada del lunes] estábamos haciendo cortafuegos para intentar cercar las llamas y cambió el viento. El fuego corría más que nosotros y tuvimos que salir por patas", asegura en un momento de descanso en la furgoneta de coordinación de los bomberos.
Un camión de bomberos como los que se utilizan en el incendio de La Palma tiene capacidad para cuatro mil litros de agua. "Con ese peso y en unas carreteras como éstas, en las que se baja haciendo zigzag, el camión va a veinte por hora. Y el fuego anoche iba a ochenta kilómetros por hora con el viento que había. Así que imagínese cómo tuvimos que salir".
"Aquí de noche siempre cambia el viento. Las noches son muy duras y estamos en un terreno complicado. Por eso es tan difícil acabar con el fuego en La Palma", explica. Un total de ochenta bomberos de La Palma, Tenerife y Gran Canaria trabajan sin parar en la extinción del incendio. Se descansa muy poco. "A veces sólo puedes dormir en la cuba", asegura Pedro León.
"El fuego hay que tratar de cercarlo antes de que llegue la noche", aventura. "Porque las noches son muy complicadas. Además, hoy [por ayer] los helicópteros no tienen mucha visibilidad por las nubes, y entonces no son tan eficaces", explica. "Lo bueno es que las temperaturas han bajado mucho".
Enrique Ramírez, coordinador de los bomberos en el incendio, confirma que los ochenta efectivos disponibles están trabajando a mediodía de ayer. Ninguno descansa en ese momento en el que atacan las llamas en la parte alta de Tigalate, un lugar conocido como la Montaña de La Horqueta y perteneciente al municipio de Mazo. "Estamos a expensas del viento. Hace menos calor, pero se ha metido más viento".
A última hora de anoche, el control del incendio iba por buen camino. Los bomberos intentaban tenerlo cercado con cortafuegos para que de madrugada no caminara demasiado. "Pero las noches son una lotería", confirma Enrique Ramírez.
Arriba, un grupo de voluntarios recorre las zonas quemadas para ir apagando los rescoldos encendidos. Debajo, un helicóptero suelta una carga en la Villa de Mazo.