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Dos años después de que el fuego arrasara los montes de la isla de Gran Canaria, cuando el aire caliente vuelve a ser sofocante y amenazan las altas temperaturas, los damnificados por el aciago incendio de julio de 2007 reviven, ante cualquier sonido de sirena o helicóptero, aquellos días de fuego y cenizas donde perdieron parte de sus vidas.
Fueron los días más amargos de mi vida", confiesa Cristóbal Ramos, uno de los afectados por el incendio que asoló la Isla hace ya dos años. Ninguno pensó que un fuego que desde el sábado parecía controlado en el Juncal de Tejeda pudiera llegar el lunes a sus casas, arrasando media Isla, "como un león enfurecido", describe una de las víctimas. Al regresar a sus viviendas, miles de personas vieron cómo lo habían perdido todo. Muchos sus casas, otros sus fincas, negocios o animales. En el recuerdo permanece la impotencia por un desastre que, aseguran, se podía haber evitado.
"Los viejos lo decían desde hacía tiempo, el monte se está convirtiendo en un polvorín", evoca Ernesto López Peñate, damnificado del pueblo de Ayagaures. La mayoría de estas víctimas lamentan cómo las leyes y las prohibiciones que desde hace más de quince años limitan la limpieza natural de los montes y que éstas se implantaran sin contar con la experiencia de la gente que lo habita. Los damnificados por el incendio reviven este verano cómo fueron desalojados y cómo dejaron atrás sus recuerdos y pertenencias.