OPINIÓN

TELEFÉRICO, DESARROLLO Y SENTIDO COMÚN

 

FAUSTINO GARCÍA MÁRQUEZ En el Nublo no se puede instalar un teleférico. Entre otras razones, porque lo prohíben expresamente las Normas de Conservación de este Monumento Natural, que fueron aprobadas en diciembre pasado por la Cotmac y entraron en vigor hace dos meses, tras publicarse en el Boletín Oficial de Canarias. En la zona de "uso moderado" que constituye el grueso del Macizo del Nublo, el artículo 33 de las Normas define como usos y actividades prohibidas "todo tipo de nueva construcción" y "la ubicación de infraestructuras que no respondan a labores de conservación y gestión del Monumento Natural".

La prohibición no es caprichosa: el Roque Nublo es el hito paisajístico más singular y simbólico de la isla y dispone de una amplia cuenca visual, formada por un arco de 20 kilómetros de longitud que va desde Altavista al Montañón, por todo el borde de la Caldera de Tejeda, y que se continúa por Pajonales, Sándara, Tauro, Los Marrubios, la Mesa del Junquillo y la de Acusa, y puede admirarse desde La Aldea, Inagua, Maspalomas o el Teide.
Los jueves, milagro.

Los municipios cumbreros llevan decenios desangrándose, perdiendo población, actividad y patrimonio económico, ambiental y cultural. Y esto no se resuelve con planes rectores de uso y gestión. Tampoco, por desgracia, con soluciones mágicas, con infraestructuras milagrosas como una carretera o un teleférico, y menos aún cuando pueden dañar a los valores que, justamente, constituyen el tesoro diferencial del centro de la Isla. Y a cambio de beneficios mucho más que dudosos.

Se trata de la instalación de un artefacto para ver un paisaje que puede ser contemplado, a pie y en coche, desde decenas de puntos de vista y trayectos panorámicos. Un artilugio para llegar a una plataforma, el Tablón del Nublo, al que se puede acceder a pie, en media hora, por el sendero más usado de Gran Canaria, que salva un desnivel de 170 metros en un kilómetro de longitud. Cientos de turistas, sin equipamiento especial, hasta con simples (aunque inadecuadas) sandalias playeras, viven cada día la aventura de ascender entre pinos hasta lo que parece el techo de la isla, el púlpito de la amplia Caldera. Al llegar al Tablón, el visitante se ve recompensado con la sensación de haber conquistado una fortaleza natural, un amplio y elevado patio de armas, abierto al sol, al aire y al paisaje, rodeado de precipicios y dominado por la torre del homenaje que representa el Roque, y su escudero, la Rana. Y todo, a costa de perder un pizco el resuello y parar un par de veces a recuperarlo. Evidentemente, hay personas que no pueden o no disfrutan con este limitado esfuerzo; pero el ejercicio es, justamente, parte indispensable de la experiencia. Todos tenemos límites y terrenos vedados, intelectuales o físicos, sin que eso nos amargue la vida.

No cabe la comparación con otros teleféricos, como el del Teide. En primer lugar, porque fue instalado en la época del crecimiento a toda costa o a costa de todo, y resulta dudoso que hoy, con nuestra cultura ambiental y paisajística, más que por nuestras leyes y planes, se admitiera tal instalación tampoco allí. En segundo lugar, porque la alternativa de subir caminando al Pico requiere un cierto nivel de equipamiento y condiciones físicas, para aguantar las 6 ó 7 horas de dura caminata y salvar un desnivel de 1.370 metros.

Y encima, existe el probable riesgo de que un teleférico no solo quede en una atracción banal que apenas deje en el municipio otra cosa que el trasiego de las guaguas, sino que reduzca el atractivo del paisaje e incluso de la turística subida a pie del Nublo, por mor del impacto visual o de la supuesta riada humana. Con demasiada frecuencia, en nuestra más cercana historia, la magia y los milagros han dejado a la naturaleza, a la sociedad y a la economía canarias aún más tullidas de los que estaban antes de la taumatúrgica intervención celestial.
El pan de cada día.

El centro de la isla aporta paisaje, naturaleza, arqueología, etnografía y, en suma, atractivo para una industria turística de la que solo recibe beneficios mínimos y marginales. Pero el mantenimiento de ese patrimonio natural y cultural impone a sus habitantes obligaciones y sobrecostos que no hacen más que aumentar el abandono agrario, la despoblación y, como consecuencia, la pérdida de los valores que lo hacen diferente y atractivo. Es una espiral que lleva demasiados años hundiendo la comarca más hermosa y auténtica de Gran Canaria. La inversión de esta dinámica exige mucho más que milagros puntuales; exige estrategias que definan y desarrollen actuaciones coordinadas, exige voluntad política y solidaridad social, exige liderazgo, participación y sentido común.

Por desgracia, la declaración de la Reserva de la Biosfera de Gran Canaria es un mal precedente, frustrado y frustrante. La Reserva pudo, puede y tiene que constituir un marco de desarrollo participativo y sostenible, basado en la adecuada relación de mutuo beneficio entre el hombre y su medio, en la sostenibilidad cimentada en la prevalencia del desarrollo humano y la calidad de vida de los habitantes. Para eso se declaran Reservas de la Biosfera, y no para otorgar medallas que colgarse o abandonar en un armario, por incompetencia o celos políticos.

Como apoyo al marco de la Reserva, nuestra denostada legislación territorial añade instrumentos de equilibrio socioeconómico, como el Fondo de Compensación Territorial y Ambiental, destinado a reducir desequilibrios de desarrollo territorial, mediante la financiación de programas y actuaciones que tengan por objeto, justamente, impulsar a aquellas comarcas que aportan atractivo al destino turístico pero no reciben los beneficios económicos de la actividad. Otro valioso mecanismo frustrado que, en once años de vigencia de la ley, nuestros gobiernos no han sido capaces de desarrollar y poner en práctica.

Se precisan programas y actuaciones que creen una red económica sólida y duradera, apoyada en el turismo, los servicios y la reagrarización de la comarca. Actuaciones para la recuperación de cultivos e infraestructuras agrarias, apoyo a las redes de comercialización, construcción de infraestructuras ambientales, hidrológicas, energéticas y de telecomunicaciones adecuadas, para el refuerzo y la defensa de unas infraestructuras viarias menos vulnerables. Se necesita una red viva de miradores, centros de interpretación etnográficos y arqueológicos; una red de senderos, nuevos y existentes, que irradien de Tejeda y Artenara, adecuadamente señalizados y mantenidos, que consoliden el turismo rural e incluso un turismo residencial, impulsor de la recuperación del patrimonio arquitectónico tradicional de la comarca.

La eterna primavera. No es una utopía; es una necesidad que se lleva aplazando demasiado tiempo, sin que se aprecie voluntad política de asumirla. No debe ser rentable; pero empiezan ya a haber demasiadas cosas no rentables en nuestro entorno: la sanidad, la educación, la biodiversidad, el paisaje, el suelo rústico, la legalidad.

En el país de la eterna primavera electoral, llevamos toda la etapa autonómica en campaña. Y eso cansa. De ahí, el irreflexivo o desesperanzado apoyo de unos y las pocas y vagas respuestas de otros a la imposible propuesta del teleférico, con las honrosas excepciones del Consejero de Medio Ambiente del Cabildo de Gran Canaria y de la Alcaldesa de Artenara. ¿Cuánto de un programa de actuaciones, serio y participativo, integrado y coherente, se podría hacer con los 10 o 15 millones de euros que dicen que costaría semejante artilugio? ¿Cuántos puestos de trabajo permanentes, cuántas pequeñas empresas, cuántos residentes y visitantes se conseguirían con un esfuerzo económico inteligentemente dirigido?

Todo el tiempo que se siga esperando por la definición y aplicación urgente de un programa integrado de actuaciones que permita recuperar y poner en valor el patrimonio natural y cultural, arqueológico, arquitectónico y etnográfico de la Cumbre grancanaria, que permita a los cumbreros ejercer su derecho a tener las mismas oportunidades de empleo, acceso a los servicios y calidad de vida que el resto de los canarios, en equilibrio con su valioso medio, todo ese tiempo, será un tiempo abonado para la aparición de soluciones mágicas y milagrosas, aisladas, ilegales, costosas y, probablemente, estériles.

(*) ARQUITECTO Y MIEMBRO DEL GABINETE CIENTÍFICO DE LA RESERVA DE LA BIOSFERA DE LANZAROTE

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