G. GARCÍA-ALCALDE LAPROVINCIA@EPI.ES
Las cuatro películas que casi monopolizaron los premios Goya de este año son modelos de buen cine. Del cine que interesa a los aficionados, no solo a los cinéfilos, y les mueve a cambiar la butaca de casa por la sala convencional. El vídeo tiene a su favor las ventajas de la comodidad y, para los que pueden permitírselos, completos equipos de reproducción casera. Pero la edición DVD es tardía -cada vez menos- y remite el placer al cierre del circuito de exhibi-ción pública, cuando ya pocos hablan de las grandes películas porque otras ocupan la cartelera. En términos sociocul-turales, la diferencia es análoga a la del concierto y la ópera en vivo, o su disfrute en grabaciones. También a la de leer el periódico y el libro en papel, o hacerlo en webs y "tabletas" que penalizan la vista. O la de asomarnos en el PC a la pintura histórica y la reciente de los artistas que admiramos. Las manifestaciones y los soportes primigenios tienen en unos casos antigüedad de siglos y en otros tantos años como los de existencia de las artes nuevas. Pero algunos visionarios -interesados- nos machacan la paciencia con un "cambio de paradigma" tan poco deseable como todo lo que sacraliza un paso atrás, una pérdida de calidad o la suplantación de ésta por la cantidad.
Tal suplantación no funciona. Que uno sepa, no hay una sola gran obra literaria pensada y escrita "para" la pan-talla electrónica, y son extremadamen-te minoritarias las artes sonoras o visuales creadas para el vídeo, mucho más interesado en juegos extravagantes de consumo masivo. Dirán que los paradigmas históricos cambiaron en secuencias de siglos, mientras que el actual, mucho más rápido, solo está empezando. ¿Hay que esperar las fases del proceso hasta que su culminación des-tierre de la vida en común los libros, las librerías, los conciertos, las óperas, las salas de cine, las exposiciones y hasta los museos? Pues qué triste. En rigor, lo que pueden destruir es la convivencia social, el trato interpersonal, el diálogo cara a cara, el impulso de salir al en-cuentro de otros y compartir experiencias en el espacio de la cultura. El trabajo manual suplido por la robótica y el intelectual por la cibernética serán otras formas de asesinar la "otredad" y aislarnos en la neurosis de la "mismidad".
No acepto que mi vida, ni la de los otros, se reduzca a mirar pantallas en casa, ni que ésta convierta la priva-cidad en incomunicación pura y dura. El panorama no es de novela futurista ni de cine-ficción, sino el precipitado objetivo de los síntomas en presencia (y acelerada explotación comercial). La salvación estará en el instinto social de nuestra especie, la pulsión del contacto interpersonal con cara y ojos, no en contadas líneas de tuiter. Y esto nos empujará interminablemente a comprar libros y leerlos, sentir el periódico en las manos, ir a las salas de música y de cine, visitar galerías y museos y, en resumen, seguir siendo personas no nacidas para la soledad. Al tiempo...