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LA VORÁGINE

La flor de Coleridge

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ANTONIO G. GONZÁLEZ
A.GONZALEZ@EPI.ES
Las cosas se urden siempre de un modo misterioso. Y el misterio es inagotable; al contrario que la intriga. Es maravilloso experimentar cómo las palabras -y por tanto, las cosas: nada es sin palabras, y menos aún las imágenes- se urden por relación unas con otras. Y, bueno, existe cierto consenso básico en relación con determinada teoría (lingüística) cien años después de haber sido recibida en el debate cultural europeo con hostilidad histérica: Cada palabra significa lo que significa siempre por su relación con otras, remitiendo a otra palabra que, a su vez, remite a otra y, en ese circuito infinito, las palabras -y las cosas- son, de un modo inestable e inasible. Nadie es dueño por entero de sus palabras, por suerte para el misterio la vida, y el esfuerzo de aclararse del todo sólo conduce a la melancolía.

Bien, pues resulta que venía dándole vueltas estos días a David Hockney, por la muestra de Londres, sus paisajes de Yorkshire hechos con iPad, y su nombre me remitía a Francis Bacon. Bacon es artista capital para mí, siempre, por cierto, deseé encontrarlo en la noche de Madrid. Y como hay algo en Hockney que me disgusta, es magnífica su obra pero me disgusta la gélida represión que siento en ella, algo siniestro tras la explosión de color, esa quietud californiana y ahora la campiña inglesa, y no sé si soy justo, ni si cambiaré de opinión, mi cabeza se pasó a Bacon, el más brillante pospicassiano, como él quiso siempre definirse, el pintor de la torsión (del ser), aceite hirviendo. Bacon en mi cabeza de esta manera más parecía un punto muerto. Hasta que el viernes de madrugada vi en televisión fotos de él en Madrid, donde murió en 1992; recuerdo la fecha porque fue meses después de ver deslumbrado obra suya en el Palazzo Vecchio. Y pensé, han pasado veinte años, por eso me viene ahora, es genial. Y cuando lo entendí así y lo di por zanjado recordé algo más que leí, algo que fue revelado por un crítico: Bacon tachó de basura un célebre cuadro de Hockney que habían colgado en la vieja Tate en 1982 junto a uno de sus desgarradores trípticos. "Me refiero a ese cuadro horrible del padre y la madre. Es tan deprimente. Es el lado sórdido de la Inglaterra del norte", subrayó. Y recordé también que me pareció una grosería. Pero ayer, de madrugada, comencé a sentir esa tenue melancolía del esfuerzo inútil. Y vinieron de pronto flotando aquellas palabras de Coleridge que conocí por Borges: "Si un hombre atravesara el paraíso en un sueño y le dieran una flor como prueba de que ha estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano... ¿entonces qué?".

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