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Cultura y espectáculo, según Vargas Llosa

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G. GARCÍA-ALCALDE El éxito del reciente libro de Vargas Llosa sobre la cultura como espectáculo corrobora el influjo de la autoridad en la asimilación común de las ideas. La sociedad de masas necesita más que nunca el liderazgo de los selectos para no perderse en una horizontalidio Vargasad que indiferencie los valores. De la exigencia ética y el rigor del conocimiento de esos líderes depende el beneficio o la perversión de su influencia, cuyo poder es un hecho. A título de experiencia personal, refiero mi sorpresa de periodista que ha escrito crónicas del Festival Wagneriano de Bayreuth nada menos que desde 1965. Solo cuando, hace un par de años, publicó Mario Vargas un excelente reportaje del evento, empezaron mis amigos -¿y lectores?- a pedirme información sobre la mejor vía de conseguir entradas. Pude reprimir mi instinto de venganza y ayudé lo posible en lugar de remitirlos a la lista de espera, que puede ser de hasta diez años. No les fue mal y han querido repetir.

El libro de Vargas convence de casi todo lo que defiende o critica. La extensión indiscriminada del concepto de cultura y su banalización en las mil formas del espectáculo puede ser cualquier cosa menos una victoria democrática contra la supuesta exclusividad del saber o el privilegio de compartir valores realmente cualitativos. Todo esto ya estaba dicho en los años ochenta del pasado siglo, cuando cundía la decepción por los desarrollos de mayo del 68 y dominaba la crítica posmoderna. Por citar unos pocos títulos, los "Comentarios sobre la sociedad del espectáculo" de Guy Debord, o "De la seducción" y "Las estrategias fatales" de Baudrillard, eran posicionamientos literalmente anticipadores de los que sistematiza en 2012 el gran novelista, ensayista y periodista peruano. Es seguro que sus argumentos calarán mucho más a fondo, y de aquí la importancia del testimonio de autoridad cuando se apoya en la fama bien ganada y en el interés previo por todo lo que trata.

No es justo ni sensato exigir al creador el papel de misionero, ni siquiera el de guía cultural. Pero si estas funciones están en su proyecto es muy grande el efecto depurador y reivindicativo que pueden insertar en los esquemas del conformismo pseudocultural y en las estrategias políticas de la cultura subsidiada que legitiman la mixtificación en la medida que conviene a sus fines. Cuarenta y cinco años después del refrescante mayo parisino, las cosas van a peor. El imperio totalitario del espectáculo está invisibilizando las verdaderas formas de expresión del arte y la cultura, además de arrasar el instinto crítico y la espontaneidad del criterio selectivo. Hay tan pocos verdaderamente "grandes" que la denuncia de cualquiera de ellos se erige en artículo de primera necesidad para el espíritu. Ojalá que no decaigan estos testimonios.

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