Desde la sala

Todo lo bueno se hace esperar

06.02.2014 | 23:00

La primera vez que oí hablar del Palmetum de Santa Cruz de Tenerife era un precioso día de julio de 1997, durante el transcurso de una jornada familiar de ocio en el Parque Marítimo César Manrique. Junto a las piscinas del complejo diseñado por el inolvidable artista lanzaroteño se alzaba una montaña de residuos cuyo destino era convertirse, con el paso de los años, en un jardín botánico desde el que poder disfrutar de las hermosas vistas de la capital santacrucera. Recuerdo con claridad que me pareció una iniciativa muy interesante, entre otras cosas porque la palmera es uno de mis árboles predilectos, tan diferente a las verdes hayas que pueblan los frondosos bosques de mi añorada tierra navarra. Pensé en la metáfora que encerraba aquel proyecto llamado a transformar en vergel un vertedero para que sobre sus escombros nacieran flores y plantas y para que el hedor diera paso a la fragancia. Desde mi hamaca podía vislumbrar en la lejanía pequeños arbustos que apenas sobresalían del terreno, esquejes minúsculos que, con paciencia y dedicación, ganarían en altura y fortaleza para cumplir su misión medioambiental. Y aunque el comentario general era que habría que aguardar una eternidad para ver el resultado final, aquel desaliento ajeno no hizo mella en mi ánimo, convencida de que todo lo bueno se hace esperar. Por aquel entonces mi hijo mayor tenía dos años y yo le vigilaba con atención mientras chapoteaba sonriente con sus manguitos. Qué grato me resultaba cogerle en brazos mientras le señalaba la isla de Gran Canaria en la inmensidad de aquel océano que se abría ante mis ojos. Apenas me llegaba a la cadera pero sabía bien que en un futuro no tan lejano tendría que elevar la mirada para charlar con él.

Han transcurrido diecisiete años desde aquella tarde, más de tres lustros de cambios en nuestras vidas, de nacimientos y defunciones, de alegrías y tristezas, de luces y sombras. Y por fin acaba de inaugurarse el Palmetum, doce hectáreas de extensión que acogen la mayor colección de palmeras de la Unión Europea. El antiguo Lazareto es ahora un pulmón de color esperanza desde el que se divisan el sur y el norte, de Candelaria a Anaga, con la ciudad a sus pies. Así que aprovechamos el lunes festivo para sumarnos a una visita guiada que nos desveló algunos de los secretos que encierra ese montículo. Numerosos visitantes, canarios y extranjeros, nos afanamos en leer las placas informativas, en cruzar los puentes de piedra y madera, en estrenar los bancos dispuestos para el descanso, en transitar los caminos que jalonan el recinto , en rendir nuestras miradas al azul del Atlántico. El sol lucía en el cielo y el calor apretaba, en contraposición a la nevada que aquella misma mañana caía sobre la Península. A lo largo del paseo pude constatar hasta qué punto habían crecido los esquejes minúsculos de antaño y con cuánto orgullo exhibían su contundente presencia. Casi tan contundente como la apariencia actual de aquel niño que, convertido en hombre, podría ahora coger a su madre en brazos sin dificultad. Le miré mientras colocaba la mano con cariño sobre el hombre de su hermano menor, apenas unos pasos por delante de su padre. Y no pude por menos que esbozar una sonrisa ante mi incapacidad de precisar la primera vez que tuve que elevar la mirada para charlar con él. Sólo sé que de eso hace mucho. Como también sé que la vida sigue inexorablemente su curso y que, en ocasiones, permite que nuestras expectativas se cumplan y que nuestros sueños se hagan realidad. Porque la paciencia tiene premio. Como cuando un vertedero se convierte en vergel. Como cuando los niños se convierten en hombres.

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