Retiro lo escrito

Chiflados

07.02.2014 | 02:10

Ha causado gran impresión el intento de homicidio de la esposa y una hija del periodista deportivo Paco González por una chiflada y su novio en una calle de Madrid. La chiflada y su colega tomaron al asalto el coche de la esposa de González y comenzaron a acuchillar a ambas mujeres. Solo la casualidad, y la rápida intervención de algunos vecinos, impidieron que las mataran. Hace algún tiempo, según la policía, la chiflada llegó a contratar a unos matones para asesinar a la familia de Paco González, aunque sin mayores consecuencias.

No se asombren tanto. El número de frikis y colgados que pululan por ahí tiende al infinito. Un escritor y teólogo del siglo XVIII, Emmanuel Swedenborg, hablaba con los ángeles por las calles de Londres e incluso los invitaba a tomar el té en su propia casa; diariamente cruzamos ríos de asfalto seráficamente ignorantes de los obsesivos chiflados que el destino puede depararnos usando y abusando de un pésimo sentido del humor. Los medios de comunicación los atraen como miel (o la mierda) a las moscas. Miles de personas viven en la convicción de que los medios de comunicación están poblados, precisamente, de ángeles o demonios, y que tales bestias mitológicas se merecen lo peor de lo mejor y viceversa. Recuerdo un sobre remitido a mi casa con unas tijeras dentro y la advertencia escrita de que un día venturoso se utilizarían para dejarme sin testículos. Recuerdo a un tipo persiguiéndome durante meses -aparecía de repente en la redacción, en un bareto perdido, en la puerta de un cine, en una calle al oscurecer- para que escribiera urgentemente su autobiografía, que nos haría ricos y famosos. Recuerdo a un sujeto remitiéndome una cinta magnetofónica de noventa minutos en los que me dictaba, con una precisa parsimonia, sobre lo que debería escribir (o no) durante los próximos diez años. Recuerdo a individuos que te persiguen como mofetas ansiosas por las redes sociales, gilipollas monomaniacos capaces de crearse media docena de identidades para destilar un odio frenético, afilado, incansable, una vesania que se prolonga, una y otra vez, durante años y años, como un sacrificio que asumían risueñamente para desenmascarar tu verdadero rostro ante el mundo. No crea usted que, si no es periodista, está libre de esta marejada inmunda de miseria humana, demasiado humana, porque si los manicomios funcionaran correctamente, desaparecerían los problemas de circulación.

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