En voz alta

De cuando Canarias pudo recibir a los romanos

20.02.2014 | 23:00

Entre 1746 y 1762 al jesuita Matías Sánchez en su Semi-Historia de las Fundaciones que tiene la Compañía de Jesús en Canarias, mostró como "Juba, Rei de Mauritania fue el primero (si se cree a Plinio?) que lleva a los romanos la noticia de estas islas y sus nombres" (1).

El experto Antonio Macías Hernández confirma lo anterior. "Era esto del texto de Plinio el Viejo sobre la expedición que da orden de Juba, rey de Mauritania visitó el Archipiélago se vieron vestigios de edificios" (2).

Un hecho fructuoso ha sido que el amigo Bernardino Correa, que vive en mi misma casa, en una conversación me explicó que realizando sus estudios en el Colegio Mayor Jiménez de Cisneros hizo mucha amistad con el prestigioso catedrático Lorenzo Riber. La admiración y confianza, llevaron a Nino a entregarle un libro, adquirido en la librería Aguilar, titulado Las Obras Completas de Publio Virgilio Maron y Quinto Horacio Flacco. Con el fin de que le dedicara el volumen, como recuerdo, de las relación tan afectuosas que mantuvieron (3).

El 14 de marzo de 1955 el maestro se lo devolvió con la siguiente dedicatoria: "A Nino Correa, joven de las más bellas esperanzas, nacido de aquel paraíso, que el Océano circunda y donde los Romanos, cansados de luchas civiles pensaron emigrar y hacerse en él otra patria, morada de Paz, vergel de bienandanza que mana leche y miel?"

Como es lógico, al prestarme el libro encuentro que trae la dedicatoria, añade tras la dedicatoria, en un apartado le recomienda que lea el épodo XVI de Horacio, que titulo Al Pueblo Romano. Procuré enterarme del término épodo "en poesía griega y latina, combinación retórica compuesta de un verso largo y otro corto".

El épodo XVI va precedido por Lorenzo Riber con una presentación sobre el contenido del mismo, va precedido con el título Al Pueblo Romano y traduce al castellano y con un acertado y bello contenido (4):

"Puesto caso que Roma está empeñada en su propia ruina, un solo recurso queda a los patriotas? emigrar de Roma e ir a buscar y hacerse con otra patria. Allende el Océano existen unas islas en donde durante la edad de oro". Añade que algunos de los pasajes proceden de Egloga IV de Virgilio, escrita como se supo fue escrita en año 40 A.C., y el 41 la de Horacio.

El convence a Horacio el cansancio tan largo y horripilante que viene Roma padeciendo tras los duros ataques que viene sufriendo tras los cruentos enemigos "?a quien no consiguieron destruir ni los marsos, sus vecinos, ni la fuerza rival de Capua, ni el denuedo de Espartaco, ni el Alógrobe aleve y cambiante; ni domó la juventud ojiazul de la Germania fiera, ni Aníbal, horror de nuestros padres?"

Tras tanta catástrofe se pregunta Horacio una posible destrucción de Roma "¿Cuál es la situación en que la ciudad terminará?, ¡Ay! Victorioso el bárbaro hollará nuestras cenizas y la Ciudad caída golpeará el caballo con su casco resonante, y en su insolencia (¡cosa sacrílega de mirar!) dispersará a los vientos y al sol los huesos de Quirino".

Ante semejante desastre se propone prever la solución contestándose: "Pues que nos detiene que no montemos en la nave con próspero agüero".

Es hermosa la forma literaria de cuanto sucede en la Roma hundida y las maneras de la despedida y el ánimo del regreso así como las ausencias. Por fin relata el embarque para dirigirse a las Islas descritas y remitidas desde Mauritana Juba II, quien dispuso el manejar por su frontera atlántica.

He aquí el relato: "Nos espera el Océano circundador del mundo: busquemos los campos, venturosos campos; busquemos las islas ricas, donde la tierra sin arar rinde trigo cada un año y está en cierne la no podada viña y no engañoso jamás germina el pimpollo de la oliva, y el higo negro es adorno de su árbol, y la miel corre de las encinas huevas; y de los altos montes delgada el agua se desliza con su pie fresco y sonoroso. Allí las cabras sin dueño se acercan a la colodra por si mismas, y la vacada amiga trae tensas las ubres; ni el vespertino oso ronda bramando los apriscos, ni hincha la tierra el nido de las víboras. Ningún contagio daña allí al rebaño ni el hervor impotente de astro ninguno causa horror a los ganados. Muchas más cosas, gusto al par que asombro, nos han de dar; como que ni el Euro acuoso hiende la tierra con sus largas lluvias ni el árido terrón abrasa nunca la simiente pingüe, porque el rey celeste atempera todos los extremos. No enderezó acá su rota la nave Argos, con ayuda del remo, ni la princesa impúdica de Colcos puso allí su pie. No hacia allá volvieron sus antenas los mercadantes de Sidón ni el trabajado séquito de Ulises. Júpiter segregó el mundo estas riberas y las reservó para una raza piadosa, cuando manchó de bronce la edad de oro; con bronce primero, luego con hierro endureció los siglos, de quienes, según mi vaticinio, escaparán los hombres con una fuga a tiempo.".

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