Papel vegetal

Europa, en la encrucijada

25.02.2014 | 21:38

El resultado del referéndum suizo para limitar la inmigración ha causado un revuelo político en Europa. Bruselas ha amenazado con tomar represalias contra el país alpino, a cuyos votantes se acusa de miopía política. Y sin embargo debe de haber más de un motivo de preocupación. Sobre todo por el júbilo que ha desatado en la derecha populista y xenófoba de países como el Reino Unido, Francia, Austria u Holanda. Ese resultado no puede despacharse sin más como una manifestación más de un pueblo alpino que siempre ha querido hacer bandera de su singularidad sino que hay que situarlo en un contexto de desazón creciente de los ciudadanos de toda Europa.

El historiador alemán Wilfried Loth acaba de publicar La Unión de Europa: una historia inacabada, en el cual argumenta que el proyecto europeo fue desde su inicio con Jean Monnet un proyecto de las élites y que su desarrollo tecnocrático está tocando a su fin. Las decisiones que se adoptan en Bruselas afectan cada vez más a la vida de los ciudadanos, que las sienten como algo lejano e impuesto desde instancias que no controlan: algo así como "todo por Europa pero sin los europeos". Ocurrió ya con el proyecto de Constitución europea, que limitaba la soberanía nacional en cuestiones centrales como la política de seguridad y la justicia, y que rechazaron en referéndum franceses y holandeses, como más tarde harían los irlandeses con el texto conocido como el tratado de Lisboa. Los dirigentes políticos no ocultaron entonces su asombro por lo ocurrido, y muchos lo atribuyeron a la ignorancia de los ciudadanos sin tener en cuenta que tal vez el rechazo se debiese a la percepción popular de una pérdida de control democrático. Desde entonces, esa percepción no ha dejado de crecer, sobre todo a consecuencia de la adopción del tratado de estabilidad y de crecimiento para salvar el euro o la imposición de políticas medidas neoliberales de corte privatizador que no han dejado de incidir negativamente en el Estado de bienestar. Para muchos europeos, y ya no sólo los desde siempre euroescépticos británicos, Bruselas es un aparato tecnocrático, expuesto a poderosos grupos de presión financieros y empresariales, y alejado de las preocupaciones reales de los ciudadanos. ¿Tiene razón el antes citado Wilfried Loth de que el método Monnet -soluciones tecnocráticas sin apenas debate público- ya no funciona, y ha llegado el momento de involucrar más a los ciudadanos si queremos salvar la democracia? Una oportunidad la ofrecen las próximas elecciones, las primeras en las que los distintos grupos políticos presentan a sus candidatos a presidir la propia Comisión, que tendrá así un carácter más democrático que hasta ahora. Y, sin embargo, ¿cuántos votantes estarán pensando realmente en Europa cuando acudan a depositar su papeleta?

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