Iconoclastia

Estado soso y embarazoso

26.02.2014 | 23:00

El debate sobre el estado de la nación fue tan plano como la tarifa de 100 euros de cotización a la Seguridad Social que propuso Rajoy para los nuevos contratos fijos. ¿Cuál es el estado de la nación? De embarazo. La nación está encinta.

La nación está embarazada de problemas, de paro, de recortes, de precariedades, de chanchullos. España está embarazada de embarazos. El país es puro embarazo. Por eso quizá el debate del estado de la nación, además de soporífero y plúmbeo, fue muy embarazoso.

El presidente ve el futuro de color de rosa, por lo que es probable que sea daltónico ya que vidente no es. Evidentemente. Con su cara mustia y triste, se mostró muy optimista por el futuro y aseguró que lo mejor está por venir. Eso es lo único irrefutable de su discurso. Con lo mal que estamos, peor ya es imposible que estemos.

Rajoy se limitó a darnos la tabarra un rato desde la tribuna de oradores para contarnos sus supuestos logros. Tenía todo el discurso preparado por sus amanuenses, incluidas las réplicas a Rubalcaba. Pareció más un lector dando cuenta en voz alta del Quijote el Día de las Letras, o un contable de una sociedad anónima, que el presidente del Gobierno de la nación.

Como un prestidigitador torpe, el gallego fue sacando conejos de su chistera que para toda la oposición, sin excepciones, fueron conejillos de Indias. Rajoy fue contando historietas del abuelo Cebolleta y se mostró más cegato que Rompetechos cuando relató sus logros.

En una exposición cansina, llena de tics nerviosos, el hombre de la barba blanca se creyó Papá Noel, una suerte de conseguidor que regala sueños a mansalva. Tantos que alguno pudo quedarse dormido. Solo le aplaudieron sus correligionarios, algo que agradecieron mucho porque la atronadora salva de aplausos impidió que sus señorías sucumbieran a la siesta.

El presidente parecía limitarse a repetir lo que le apuntaban los suyos. La figura del apuntador volvió a deambular por el Congreso como el fantasma de la ópera. Como si el hemiciclo fuera un gran teatro. La política, como la vida, no deja de serlo. En estado puro. Puro teatro.

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