05 de marzo de 2015
05.03.2015
El análisis

La farsa griega

05.03.2015 | 01:00
La farsa griega

Conocerán ustedes la parábola: un candidato llega a un pueblo y promete un puente nuevo para el río. Una voz le hace saber que en el pueblo no hay curso fluvial. "No importa -replica- pondremos uno". Es una fábula incompleta, obvia el final: a quien el pueblo vota es precisamente a quien les ha prometido puente y río, no al candidato rival que, sobre señalar el imposible, había afirmado que no habría dinero para ello.

Pues bien, eso es exactamente lo que ha ocurrido en Grecia; y, naturalmente, lo que sucede a continuación, una vez electo el prometedor generoso, es que resulta necesario idear una ficción para ocultar lo más posible la ausencia de río y de puente o para hacer ver a los incautos que la culpa no es de quien los engañó, sino de otros. Es el segundo acto de la farsa. Y en ella han empleado a un galán con, por lo visto, maneras de seductor, el calvo y bien labiado Yanis Varufakis, que, al modo de un prestímano, ha hecho lo posible por intentar hacer ver a los griegos -y a las cohortes de empáticos con los griegos syriceros- que la realidad no era tal, sino que tenía el seductor dibujo de la quimera electoral.

Las instituciones europeas y algunas capitales del continente han sido el principal escenario del trampantojo llevado a las tablas por el bululú Yanis (ya ven por dónde, inventores de todos los géneros teatrales, los griegos han añadido ahora a su acervo la vieja fórmula española del comediante único); pero junto a ese gran escenario ha habido otros secundarios, donde otros representantes han mimado la misma obra o fragmentos y discursos de la misma.

De entre ellos, dos han sido los monólogos más repetidos por esos actores secundarios o paralelos repartidos por múltiples tablados: el de la soberanía popular, y el de la solidaridad (o "justicia"), ambos complementarios.

El de la soberanía popular sostiene que si un pueblo vota cualquier cosa, la que sea, esa cosa va a misa. Esto es, que si, por ejemplo, decide que va a tener puente y río, puente y río deben materializarse, ya de por sí, ya porque alguien resulte obligado a ello. Olvidan que los derechos en materias que supongan devengos solo existen si hay dinero para satisfacer esos devengos. O que, más radicalmente, si uno desea suicidarse es soberano para ello, pero que si tiene que pedir la pistola al vecino es menos soberano, y que lo es menos aún si ha de pedir un préstamo a tal fin: la soberanía acaba allí donde uno no puede hacer por sí lo que quiere.

El de la solidaridad sostiene que si yo no tengo una docena de huevos, el vecino está obligado a prestármelos por solidaridad, pero que si luego yo decido no devolvérselos, porque no puedo o quiero, el prójimo está obligado a aguantarse, porque es de justicia. El argumento llevado a su límite consiste, en el fondo, en echar la culpa a los demás (los teutones, la teutona?) de que cuando nosotros no teníamos dinero para pagar nuestros gastos hayamos acudido a pedírselo: porque las deudas -subrayémoslo- no se han producido debido a que nos hayan obligado a coger un crédito, sino porque nosotros lo hemos demandado para subsistir.

En esos escenarios secundarios -columnas, tertulias, debates, proclamas, manifestaciones de afinidad- hemos visto a múltiples actores de variada condición (presuntos expertos económicos, demagogos, tertulianos, sesudos cargos electos) eructar parlamentos que, alternativamente, ya nos han erizado los pelos ante el peligro ya estimulado el fluir de la vejiga. A algún economista y diputado, como a don Alberto Garzón, pero no solo, lo hemos oído decir tales simplezas que no pudimos por menos de comparar su conocimiento del mundo y de la economía con el que tiene cualquier ama de casa de cierta edad con solo estudios primarios y un poco de experiencia en la plaza, y ello nos ha bastado para comprender por qué anda así la Universidad (y la política). Eso sí, le debo la carcajada.

"Farsa" he dicho. Porque prefiero pensar que allí, como he dicho aquí de los de Podemos y de IU, pretenden engañar a sabiendas. Eso, al menos, los haría menos peligrosos. ¡Porque si es que creen sus fabulaciones?!

En todo caso, ¿quién sabe? La fe es aquello que nos hace no creer lo que vemos, es decir, creer como reales el puente y el río imposibles e inexistentes. Y, así, en la última ocasión en que han vuelto a salir a las calles de Madrid los pasos manifestantes de las "mareas", seguramente como un ensayo para la Semana Santa, uno de los disciplinantes llevaba una pancarta en que se leía: "Grecia 10-Merkel 0".

Inasequibles al desaliento, como proclamaban de sí mismos los más forofos de los franquistas ante los reveses y desalientos del mundo.

Y es que el desodorante sí, pero la genética nunca nos abandona.

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