21 de octubre de 2016
21.10.2016
Ritos de paso

La gran estafa

21.10.2016 | 02:00
La gran estafa

Paseaban por una playa coruñesa, mi amigo Carlos y su hermano Ramón. Paseaba más gente, claro, en una tarde soleada de la última primavera. Se cruzaron con una pareja, más bien con una ilusión, pongamos que él se llamaba Z y ella B. B había sido, y es, una de las mujeres más guapas de nuestra generación, y eso, en una pequeña ciudad, imprime carácter. Se saludaron cordialmente pero sin pararse. "Desde luego, este Z siempre ha sido un poco tonto", le comentó Ramón a mi amigo. "Lo que ocurre, querido hermano, es que B no le hizo caso ni a ti ni a nadie, solo a Z, lo cual, después de tantos años, te sigue molestando". Rieron porque, en el fondo, era cierto. Cuando la semana pasada vi por segunda vez la película de Oliver Stone Wall Street (1987), me acordé de esta anécdota que me contó mi amigo Carlos: ¿cómo no nos dimos cuenta entonces, por qué seguimos empeñados en que el novio es tonto y no reconocemos que B nos sigue gustando y no nos hace ni puñetero caso? Cuando el personaje que interpreta Charlie Sheen, un joven bróker trepador, se deja engañar por el tiburón financiero que interpreta Michael Douglas en la compra especulativa de la compañía aérea en la que trabaja su padre, se da cuenta, por fin, de que B nunca le va a hacer caso porque es una estafa, una pálida ilusión de la vida, una forma más de explotación de las personas por los ogros que se dicen humanos. Douglas, que en la película se llama Gekko, le dice a Sheen, que en la película se llama Fox: "No serás tan ingenuo como para creer que vivimos en una democracia, esto es el mercado libre". Después de casi treinta años, lo que Stone cuenta en su película es tan actual como real, la crisis que no se acaba nunca, que probablemente no terminará nunca para la mayoría, lo demuestra. No es un problema local, es un problema global de valores. Mientras tanto, la actualidad publicada se empeña en nuestras pequeñas cuitas, en las banalizaciones de la política que no debería ser considerada como algo banal sino como una herramienta con capacidad de transformación. Pero, como siempre, lo uno lleva a lo otro, y la última razón del golpe contra Pedro Sánchez no estuvo en su intolerancia sino en los aprendices de Gekko que también habitan en el PSOE. Veremos lo que pasa el domingo, a ver si vuelven a poner vinilos negros en las cristaleras de Ferraz. Y llevan pizzas para Pepe Blanco que paga y encarga Rubalcaba.

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