24 de octubre de 2016
24.10.2016
Reflexión

Mirando al mar

23.10.2016 | 23:22
Mirando al mar

Era el año 1848. El 14 de marzo, por la mañana. San Antonio María Claret salía de las aguas y se adentraba en la tierra. Venía de soñar porque en el mar se sueña y se sufre. Y se encontró con una tierra, con un pueblo soñador y sufrido. Una realidad entrañable y esquiva.

Era una isla con 64.000 habitantes. Había hambre y analfabetismo. Y la famosa peste. Claret entra en la isla y se hace realidad, se encarna. Y se tropieza con un pueblo entrañable, cercano. Un pueblo sensible, que anhelaba que alguien le quisiera y le diera ánimos. La ciudad de Las Palmas no llegaba a los 13.000 habitantes. Los demás vivían su soledad por los campos y aldeas. Con la predicación de Claret se encontraron campos y aldeas, ciudad y paisajes.

Claret salió del mar, pero no dejó de mirarlo. Dicen que mirando al mar, las almas se oxigenan. El venía con el alma limpia, porque había salido del mar, como un resucitado que quisiera abrazar a todos y colmarlos de luz. Mirando al mar, su alma seguía soñando. Soñaba que Canarias se le había cruzado en el sendero, como un peregrino que se detiene a hablar con él, a hacer preguntas, a buscar salidas. Y cuando alguien se cruza en el camino o es un bandido que sólo piensa en aprovecharse o es un amigo al que ama y se ofrece. Y fue un amigo que dio lo que tenía: vida, palabra y corazón. Es todo lo que podía dar. ¿Y qué se llevó? Se llevó el afecto de los canarios. "Estos canarios me han robado el corazón"... "Y cinco rasgones en su capote viejo".

Si empezó en Viladrau haciendo maravillas, continuó en Canarias -pueblo y paisaje- multiplicando esas maravillas. Dios estaba con él. San Antonio María Claret no estaba destinado para un pueblo solo, llevaba demasiadas brasas en su pecho, y los pies se le movían como alas. Las sendas eran para él invencible incentivo. Hizo camino al andar, pero, sobre todo, al amar. Y el camino que se hace al amar no se borra nunca. Más inhóspitos eran los caminos de los hombres que los caminos geográficos. A pie y gritando recorrió todos estos caminos. Dice el maestro Azorín: "Rasgo curioso y fundamental de este hombre extraordinario era el de caminar siempre a pie. A pie caminaba durante largas caminatas, siendo cura párroco. A pie continuó por Canarias siendo misionero adjunto de un obispo. A pie ya electo arzobispo. A pie caminó ya en Cuba, ocupando la sede arzobispal de Santiago. A pie caminó en Madrid, vuelto de Cuba, siendo confesor de la Reina. El caminar a pie estaba en consonancia con su sobriedad, con el ritmo de su vida".

A pie comenzó a misionar en Canarias. Desde el 14 de marzo de 1848 hasta el 2 de mayo de 1849. Pisó casi todos los caminos de esta isla. Alguna vez, al andar, inventó algún camino. Muchas veces al amar hizo otros caminos. Aquí él se convirtió en camino y en caminante. Con este talante misionero camino y caminante no podrán desaparecer. Caminaba a pie, con sol o bajo la lluvia, con sotana y capote, rodeado de mucha gente. En una mano la pértiga daba seguridad a sus pasos; en la otra, un amplio pañuelo portaba pobremente su ajuar... Mirad la metáfora de Claret, misionero y peregrino, que tenemos delante: un báculo-bastón, alguien invisible que camina, el mar enfrente, y la tierra ya hollada, ya amada... Al fondo, detrás y delante, la gente agradecida, las iglesias o las plazas de nuestros pueblos llenas, los milagros florecidos, la gente alucinada. En una ocasión -dice Mons. Codina- los que le acompañaban no bajaban de 4.000. Y el Misionero los despidió en el Palacio Episcopal.

Ante este monumento, mirando al mar, el Colegio Claret, le rinde este recuerdo, en este su día, en este día de todos sus alumnos. Este momento es para el Colegio memoria y profecía. Memoria. Desde aquel 25 de junio de 1884 -en que se sintieron los primeros vagidos- hasta hoy, son muchas esperanzas cumplidas. Lo que comenzó siendo semilla pequeña, es, hoy, un árbol lleno de frutos, de sueños cumplidos. Si es mucho lo que ha sido, es mucho más lo que le espera. Es la profecía que ante este monumento depositamos.

Ante esta metáfora, Claret, con un bastón de peregrino, que no de mando, mirando al mar, podemos seguir soñando. El mar es nuestro confidente y nos ayuda a soñar y nos pide remar mar adentro. En la educación, en la evangelización... Y después, caminar sin cesar. Claret, si vino soñando, se fue soñando y soñando. ¿Qué? En el Colegio que lleva su nombre, con su misma misión: "De Corazón".

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