22 de noviembre de 2016
Retiro lo escrito

Reagan y Trump, distintos y distantes

22.11.2016 | 00:33
Reagan y Trump, distintos y distantes

Ronald Reagan -lo recordó el propio Obama en un discurso electoral- llamó a Estados Unidos, a principios de los años ochenta, "una ciudad brillante en la colina". Donald Trump, en cambio, ha calificado a su país como "una escena criminal divida que solo yo puedo arreglar". Obama quería subrayar, con su comparación, las diferencias sustanciales entre el presidente republicano más popular desde Ese y el multimillonario neoyorquino, la distancia entre un líder político con amorosa fe en su nación y un advenedizo que no tiene problemas en demonizar la realidad para alcanzar el poder. Pero entre Reagan y Trump las diferencias son tan obvias como las relaciones históricas y políticas entre ambos fenómenos.

Reagan fue el postrero presidente de un Partido Republicano todavía no problematizado por los cambios demográficos y culturales de las crecientes minorías hispanas, pero supuso la apuesta triunfal del ala más derechista de la organización, seducida por jóvenes figuras del neoconservadurismo -hijos y nietos doctrinales de Leo Strauss- y aliada con los grupos y grupúsculos de la Nueva Derecha Cristiana, de la cual procedería más tarde el Tea Party. El republicanismo creyó encontrar su fortaleza en un liderazgo que rechazaba los valores progresistas y la pluralidad ideológica de los años sesenta y setenta: la clave estaba en volver al pasado, al optimismo conservador, a los principios de un cristianismo puritano que exaltaba a la familia y a la patria, al desmontaje de un Estado de Bienestar comunistoide y al rechazo a las intromisiones del gobierno y los excesos de la burocracia federal, metiendo sus narices donde nadie la había llamado. Richard Nixon, nada menos que Nixon, llegó a aumentar el salario mínimo y a impulsar agencias y leyes de protección medioambiental. Eso ya resultaba inimaginable. Los republicanos no tenían que mendigar la simpatía de los malditos liberales.

El Old Party se dedicó, en los años ochenta y noventa, a cortejar a sus propias bases y concederles toda la razón en sus extravíos ultraderechistas, mientras el neoconservadurismo desembarcaba ya directamente en la administración y el Tea Party llegaba a emplear el tiempo para fiscalizar a los propios congresistas, gobernadores y demás cargos públicos del partido. ¿Bebían? ¿Tenían amantes? ¿Llevaban corbatas lisas? ¿Votaban subsidios para pobres, es decir, exhibían vomitivas tendencias socialistas? El segundo Bush ganó su primer mandato entre sombras de fraude en Florida y afianzó su segundo gracias a la guerra contra el terrorismo islamista, que sustituyó al comunismo soviético como mal universal y escatológico, pero los republicanos tenían un problema: a sus bases les entusiasmaban candidatos cada vez más retrógrados, pero a los electores en general tales candidatos se les antojaban poco fiables, insolventes o locos de atar. La élite del partido tenían que recurrir a los ukases para no terminar nominando a un chalado inmanejable. Su último intento razonable fue Mitt Romney, mormón y aun así político solvente, pero que todas las noches se arrodillaba en el suelo, con su mujer e hijos, para agradecer los dones de Dios Todopoderoso y luego mandarse un bol de pollo frito.

Es difícil medir lo que supuso el triunfo de Obama en 2008 para las bases republicanas más sensibles y activas y su caterva de asociaciones políticas y religiosas. Una conmoción terrible. El nuevo presidente intentó -sobre todo a partir de 2010, cuando los demócratas pierden el Senado- una estrategia de negociación y consenso desde una hipercorrección política e institucional. Fue inútil, porque seguía siendo negro. El republicanismo pareció asumir una depresión interna inacabable y se encastilló en el bloqueo político-institucional contra la agenda del Presidente. La demografía estaba contra ellos. La inmigración estaba contra ellos. La pujanza económica y cultural de las grandes ciudades de las costas estaba contra ellos. El telón de la Historia bajaría y les rompería el cuello. Y entonces llegó un outsider mesiánico: Donald Trump.

Trump ganó convenciendo a los blancos de clase media y media baja, sobre todo en los estados centrales, que votaran como si fueran una minoría en peligro. La clase media y los trabajadores blancos eran víctimas de una economía que había vuelto a funcionar, pero en la que el ascensor social parecía definitivamente estropeado, y la identidad cultural tradicional estaba asediada por una constelación de nuevas costumbres, rituales y actitudes morales. Trump recogió ese asustadizo malestar, tan socioeconómico como cultural, y prometió acabar con sus raíces con fórmulas obvias y sencillas que si las élites de Washington -cuya peor encarnación era Hillary Clinton- no habían desarrollado era por desprecio hacia el sufrimiento de la gente común y corriente. La amplia abstención de las verdaderas minorías en una decena de estados y el apoyo que obtuvo de latinos en Florida bastó para darle la victoria, aunque Clinton le superase por más de un millón de votos populares.

Hay pocas cosas en común entre Reagan y Trump. El primero fue un hijo leal y victorioso del Old Party y de su nomenclatura; el segundo, un oportunista cuyo sorprendente logro amenaza incluso la consistencia interna de los republicanos y su proyecto político. Sin embargo, existe un punto de coincidencia: el intento de resurrección de una economía de la oferta en el que se basó la reaganomic y fue el motor de la recuperación económica. Reagan practicó un keynesianismo militar con recursos financieros que llegaron de todo el planeta gracias a una subida de tipos de interés dictada por la Reserva Federal: crecieron el empleo y el consumo y se potenció la investigación y desarrollo. Trump pretende algo similar: un plan de inversiones público-privado de un billón de dólares que se financiaría sin subir los impuestos -incluso promete bajarlos- porque la Reserva de Inversiones podía subir los intereses hasta al 20% y tiro porque me toca. Y mientras tanto una auténtica cacería de brujas liberales por tierra, mar y aire y un frenazo en seco -con el apoyo de los magistrados del Constitucional- a cualquier proyecto, programa o iniciativa de modernización política o de diseño institucional. Con Reagan la debilitada e hipotecada democracia estadounidense pudo sobrevivir. Con Trump uno de los objetivos estratégicos es la liliputización de la cultura democrática. La democracia es demasiado peligrosa para practicarse en plena globalización económica y con un creciente número de pobres, humillados y ofendidos para los que el sueño americano se ha transformado en la pesadilla de sus barrios. Basta con teñirla de naranja y ponerle un buen chorro de laca.

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