25 de noviembre de 2016
Retiro lo escrito

Ni conversación universal ni periodismo

25.11.2016 | 01:57
Ni conversación universal ni periodismo

Dedicarle una minuciosa ojeriza a las redes sociales no es óbice para participar en ellas. Lo más irritante de las redes sociales ese proclamado propósito, jaleado hasta la nausea, de posibilitar y sostener una suerte de conversación universal democráticamente abierta a todo aquel que tenga un ordenado r o incluso un teléfono móvil. No hay ninguna conversación, por supuesto. La conversación es una conquista civilizatoria. Borges solía contar que su padre le decía que siempre se debe procurar no tener razón en las discusiones. Así no es posible escribir un tuit que vaga la pena. La inmensa mayoría de los usuarios de las redes sociales no tienen maldito propósito de conversar. Entran en danza para proclamar sus tirrias y sus filias, ciscarse en adversarios reales o imaginarios, enlazar con contenidos insignificantes, o idiotas, o impertinentes. El 90% de los tuiteros de derechas siguen a políticos y periodistas de derechas y lo mismo ocurre con los de izquierdas. Se chismorrea, grita, ríe o insulta para confirmar las convicciones, jamás para cuestionarlas o relativizarlas. Las redes sociales son una oportunidad inacabable para la gresca cacofónica.

Facebook es aun peor que Twitter. Mucho peor. Facebook pretende una amistad, un compañerismo, una misión compartida que constituye uno de los chistes empresariales más cínicos (y exitosos). Facebook representa la voz de todos. Su capitán y propietario, Marc Zuckerberg, lo ha expresado en innumerables ocasiones con palabras muy parecidas: "Creemos que el mundo es mejor cuando todas las personas de diferentes orígenes y con diferentes ideas tienen el poder de compartir sus pensamientos y experiencias (?) Eso es lo que hace que las redes sociales sean extraordinarias (?) Somos una comunidad global donde cualquier persona puede compartir cualquier cosa". No hay una sola palabra -ni una- que sea cierta en esa postal verbal. Es pura cháchara comercial y no se distingue de la característica de un vendedor de enciclopedias de hace treinta años. Facebook no es una comunidad pentecostal. La empresa de Zuckerberg ingresó más de 15.100 millones de euros en concepto de publicidad el año pasado. Su valor en bolsa sobrepasa los 331.000 millones de euros y pagó por WhatsApp 21.800 millones de dólares cuando este servicio de mensajería contaba con 600 millones de usuarios: una mina de información. Facebook ya no es un mero contenedor de noticias, sino que actúa como un editor, es decir, como un medio de comunicación, y sin gastar un céntimo en periodistas. Los periodistas lo ponen otros -en el mejor de los casos- y la gente del común ejercen de columnistas más o menos inteligibles. En Estados Unidos casi dos tercios de la población adulta se informa a través de las redes sociales. En España el porcentaje debe estar incrementándose. El daño que se hace al periodismo y, en último extremo, al derecho a la información fiable, que es un derecho de los ciudadanos, es tan brutal como degradante, y mientras tanto, debemos seguir soportando esa fraseología adolescente y falsaria sobre una conversación universal que solo tiene como objeto reproducirse indefinidamente a sí misma.

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