26 de noviembre de 2016
Aula sin muros

A Dios por la ciencia

26.11.2016 | 04:10
A Dios por la ciencia

La casualidad ha hecho posible la aportación de unas anónimas monjas, dedicadas al rezo y zurcir paños para el culto, de un convento cercano a la plaza de San Pedro en el Vaticano a uno de los grandes proyectos astronómicos. El Observatorio Astronómico de París solicitó la ayuda de observatorios de todo el mundo para censar estrellas. De manera inesperada la encontró en el Vaticano. El papa León XIII, beligerante contra la explotación del trabajo infantil en las fábricas, respondió a la llamada. Como en aquel tiempo todavía no se permitía tener a mujeres empleadas en el Vaticano, pidió ayuda a un convento cercano. Personal eclesiástico de la Santa Sede convenció a la madre superiora de que no se trataba de un trabajo mundano sino de que, en la idea del proyecto, estaba servir al Creador. Al final fueron cuatro que se repartieron el trabajo de observación, medir distancias y apuntar estrellas sin que, como se decía antes, no le crecieran verrugas en el cuerpo. El resultado fue que censaron cerca de medio millón de estrellas y llegaron a medir a qué distancias estaban unas de otras, en la Vía Láctea. El Observatorio del Vaticano resultó ser uno de los diez que completaron el trabajo encomendado. En tiempos de Galileo seguro que hubieran sido condenadas a prisión, retractarse o la hoguera. Cuando en el año 1633 Galileo fue llamado a capítulo por la Inquisición no fue solo por ir en contra de lo establecido al afirmar que la Tierra giraba alrededor del Sol y no al revés, sino porque contradecía, con la lógica de la razón, la doctrina oficial de la Iglesia, que, entre otros acervos bíblicos, creía a pie juntillas en el pasaje en el que Gedeón, a las puertas de Jericó, mandó a que el sol se detuviera y el astro rey le obedeció. Todavía en tiempos de Galileo, pionero en mirar para los cielos con un instrumento del diablo, el telescopio, se creía en que el universo había sido creado por Dios, que había establecido, desde el inicio de los tiempos, un orden moral que clasificaba a los hombres y los ordenaba según las categorías de reyes, condes, artesanos, braceros y campesinos. Las monjitas del convento de Roma inciden en uno de los debates más enconados entre científicos, teólogos y filósofos de hoy: la relación que existe entre la ciencia, Dios, las religiones y el Universo.

A mediados de los años sesenta del siglo XX el obispo de la Diócesis de la provincia Oriental canaria prohibió a los seminaristas la lectura de las obras de Teilhard de Chardin, que se aventuró, en contra de los guardianes del credo y la moral del momento, a aceptar parte de las teorías evolucionistas sobre la creación del mundo. Lo que es lo mismo, cuestionó la teoría creacionista del momento que vuelven a defender pensadores y políticos de Estados Unidos muy en la línea y en alza con la llegada del ultraconservador Trump a la Casa Blanca.

Stephen Hawking en su obra El gran diseño habla de que Dios no ha sido necesario para explicar el origen del Universo. Pero también abre la posibilidad de que el hombre o en lo que se convierta, con el paso del tiempo, pueda vivir en otros mundos o dimensiones de la realidad en forma de conciencia encriptada en un chip de móvil u ordenador. Y, en una de las conferencias que pronunció en uno de sus viajes a Canarias, abrió la posibilidad de que si, alguna vez, alguien traspasa un agujero negro pueda entrar en dimensiones desconocidas y, por ahora, utópicas, llamadas mundos u universos paralelos.

En todo caso creer o no creer no obedece solo a mandatos de la razón, sino de las emociones. Se cuenta que el filósofo Bertrand Russell se convirtió al catolicismo cuando entró en una catedral y escuchó, en el silencio, cómo subía al cielo de los cimborrios y las altas cúpulas el canto gregoriano del coro catedralicio. Y ya se sabe: el corazón encierra cosas que no entiende la razón. El debate está hoy centrado en si es posible un encuentro entre los creyentes para los que Dios existe, sin demostración ni cálculo alguno, y los científicos, para los que Dios no es ni siquiera una hipótesis de trabajo. En esta línea hoy se discute cuál es el origen del Universo cuya explicación de la explosión primera del Bing-Bang queda superada por la nueva hipótesis de que, parece ser, había algo antes de la nada o la relación que pueda haber entre la conciencia y la materia. En este sentido vuelvo a Teilhard de Chardin, que cuando tenía apenas siete años se encontró con lo insondable. Su madre le había mostrado un mechón de pelo, le acercó un fósforo y el mechón había desaparecido. En ese momento el pequeño Teilhard sintió el absurdo de la nada, la náausea de Sartre, el vacío de cientos de pensadores y científicos de los dos hemisferios. En ese punto el teólogo evolucionista se preguntó por qué todas las cosas y sucesos tienen su fin y como consecuencia qué soy, en lenguaje coloquial "qué pinto yo", en medio de un universo compuesto por millones de estrellas, diseminadas en millones, también, de galaxias, en un vacío sin límite, o no, helado. Alguno de los filósofos, matemáticos y astrofísicos modernos alumbran una posible respuesta: detrás de la historia del cosmos a través de su evolución en millones de años podría existir un ser infinito que transciende al propio universo. En el fondo me recuerda a la explicación que nos daban los curas en las clases de Catecismo: la parábola del relojero que echó a andar y mantiene al inabarcable y, en parte, todavía desconocida bóveda celeste salpicada de astros a millones de kilómetros de nosotros. Para unos se trata de la gravedad inventada por Newton, para otros la presencia de un ser consciente, alfa y omega de todo lo que existe. Ese "hágase la luz" del Génesis que lleva a algunos a pensar de manera demasiado optimista que "la Biblia tenía razón". El filósofo francés Jean Guitton explica de una forma sencilla lo que astrónomos modernos definen como singularidades donde todo lo que imaginamos puede ser posible: una taza de café encima de la mesa, la ropa que vestimos, el cuadro que pinta un pintor, un libro, en suma todos los objetos que percibimos, como parte de una totalidad, motas de polvo cósmico y átomos de Dios o esa conciencias e inteligencia, primigenia y universal, por lo que, dice el filósofo, todos tenemos el infinito en el hueco de nuestra mano.

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