27 de noviembre de 2016

Confusa la historia y clara la pena

27.11.2016 | 11:31
Confusa la historia y clara la pena

Plaza de la Revolución. Exterior madrugada. 13 de mayo de 2000. "Ahí estaba la iglesia donde se casaron tus bisabuelos, paisano." Me lo decía Fidel Castro, con su brazo sobre mi hombro. Estábamos en lo alto de la escalera del Palacio de la Revolución, el Comandante y los suyos, dos o tres, y el presidente del Gobierno de Canarias, Román Rodríguez, y también dos o tres de los suyos, entre los que me encontraba yo como director de su gabinete. Fue nuestro primer encuentro con Fidel Castro. Ya se han cubierto páginas y soportes digitales, a la contra, sobre todo, y a favor. No voy a ser yo quien se coloque en una de las listas. Todo esta repleto de tópicos, lugares comunes y algún análisis. La equidistancia no se permite y el sosiego menos. Por eso me permito recordar solamente cosas que viví y me sucedieron con el Comandante. La mayoría todavía no pueden contarse. Pero sí puedo decir que en aquella primera cena, seis o siete horas, escuchamos desde la explicación de por qué Franco no había boicoteado al régimen de Castro, hasta cuántas armas hacían falta para escapar vivo de un ataque en la quinta avenida de Nueva York, pasando por un relato insólito de la crisis de los misiles o un emocionado recuerdo de la invasión de bahía de Cochinos. Castro ya estaba mayor, pero muy lúcido y, sobre todo, cariñoso con aquellos canarios, españoles, y un gallego que era yo, de los que se sentía compatriota. Castro, postura o realidad, llevaba la apología de nuestro país de la anécdota, "casi todos los productos que se consumen aquí son españoles", a la aparente trascendencia, "cada año le hacemos un homenaje a la armada española por su resistencia frente a los gringos en 1898". Bebimos ron centenario Isla del Tesoro y comimos colas de langosta según su receta, que incluía ketchup. Conocía tanto de Canarias y de España como nosotros, o más, aunque no tuve la sensación que otros en similares cenas tuvieron, que lo hacía para impresionar. Buscaba proximidad. Estábamos en visita oficial, en especial para saludar a la todavía numerosa colonia canaria en Cuba, ya muy mayor (todavía vivía el conejero protagonista de El viejo y el mar, aunque no lo pudimos ver porque, ya centenario, estaba muy enfermo) y llevar ayuda a ellos y al pueblo cubano (el hospital de Artemisa fue fruto de la cooperación canaria). La segunda cena, en julio del año siguiente, tuvo episodios parecidos y uno literario. Román le regaló a Castro las obras completas de un poeta canario. Empezó a pasar páginas y a hacer chistes sobre los versos, demasiado simbolistas, quizás. La mesa se reía. Yo, pobre poeta, me enfadé y le dije a Castro mirándole a los ojos: "Comandante, como decía Machado, la poesía es como las canciones de los niños que "llevan / confusa la historia / y clara la pena". Silencio sepulcral de todos, solo unos segundos, pero eternos. Castro cerró el libro y le preguntó a Román sobre el turismo en Canarias. Lage, a mi izquierda, me dijo "pide más ron, que esto va para largo" y así ocurrió.

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