31 de enero de 2017
31.01.2017
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El silencio de los corderos

31.01.2017 | 11:17
Gerardo Suárez

Jodie Foster bajó al sótano de la prisión de máxima seguridad. Había sido adiestrada por los mejores agentes del FBI, pero no estaba preparada para lo que se iba a encontrar. Su misión consistía en interrogar al inquilino de la última celda, y al pasar frente a los otros presidiarios pudo vislumbrar lo peor de lo peor de la sociedad. Allí, medio a oscuras, había un tesorero repeinado, un expresidente del FMI, e incluso un yerno real. Todo muy de bajos fondos. Al fin llegó a su destino y tras una pared acristalada se encontró, de pie y con porte de quien se siente en casa, al más peligroso: un titiritero tuitero.

Jodie Foster se presentó y el titiritero la miró con hambre. Ella quería consultarle un caso, resulta que alguien se había venido arriba y estaba comentando cosas en internet como si tuviera opinión. Ante un escándalo de tal calibre le habían encargado detenerle pero el muy anónimo firmaba con seudónimo: Bocachancla. Así era imposible encontrarle, les había salido más escurridizo que Bisbal cantando con Chenoa. "Para atraparlo necesitamos consejo de alguien que piense como él, alguien capaz de contar chistes incómodos fuera de lugar, y ahí entras tú", le dijo la agente. El titiritero aceptó ayudar porque allí se aburría más que Trump en el museo Elder. "Lo primero que tienes que hacer es descartar a los periodistas de medios de derechas", le explicó el titiritero tuitero. "Por alguna razón inexplicable, parece que ellos nunca ofenden a nadie, por eso la fiscalía no actúa de oficio contra sus comentarios. Eso rebajará considerablemente la lista de sospechosos". A Jodie Foster le pareció una buenísima idea y la apuntó en su libreta de investigar cosas.

"También puedes descartar por temática. Si te han pedido que lo detengas no busques en conversaciones de la memoria histórica, por ejemplo, esos comentarios no son legalmente hirientes". De todo esto tomaba nota la muchacha. El titiritero tuitero la observaba con la mirada vacía, como si estuviera viendo un plato de secreto ibérico. Entonces ella levantó la cabeza y le preguntó si creía realmente que los comentarios de Bocachancla eran peligrosos. El chico no tardó mucho en responder. "Tras machacar a quienes organizaban manifestaciones, después de encarecer la justicia y con el seguimiento que se hace en internet, no hay ningún riesgo. Han conseguido que vivamos en una sociedad con las enzimas dormidas, que espera que todo esto lo arregle el presidente". Una lágrima salada le bajó por la mejilla.

Tras la entrevista Jodie Foster regresó a la oficina para entregar el informe a su superior. Le contó lo que había ocurrido, incluso le explicó lo molesto que resultó que el tesorero de la celda de al lado no parara de gritar ¡extracontable! ¡extracontable! cada cinco minutos. Luego, cuando su jefe leía el documento, se dio cuenta de que no podía aguantarse una duda. "Señor, ¿me podría decir qué hizo el titiritero tuitero? ¿Convocó una revolución, prometió votar no y al final se abstuvo, acaso se comía a sus vecinos?" El agente le respondió sin levantar la vista de la carpeta. "Algo mucho peor que todo eso, una de las mayores amenazas para la seguridad nacional: se dice que lo pillaron cuando se afanaba en cortar los hilos de sus títeres. Algo de locos, de locos de remate". Al escuchar esto Jodie Foster asintió en silencio. Visto lo visto... era lo mejor que podía hacer.

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