CIRA MOROTE MEDINA / LAS PALMAS DE GRAN CANARIA.
—¿Cómo explica el título de su libro, es cierto que hay hijos que pican y otros que no?
— Aparte digo dos cosas más. La primera es que hay momentos de la vida en los que picamos más que otros, por ejemplo, la adolescencia, que es un momento difícil. Y por otro lado, también creo que depende del nivel de tolerancia que tengamos los padres con los hijos. Es decir que, en un momento determinado, a mí me puede picar un pimiento y a otro no, lo que quiere decir que a un padre le puede picar más que su hijo salga por la noche, que sus suspensos. A otro le puede picar mucho más que beba, que mienta.
—Usted habla de que su experiencia le dicta que esto es así, que los hijos son como los pimientos de Padrón, ¿considera un debate estéril definir si esto tiene que ver con la genética o con la educación?
— Siempre hay que buscar las causas de las cosas. De alguna manera, cuando nacemos traemos cosas, la genética nos da cosas, pero no sabemos hasta cuánto afecta la genética y hasta cuánto el ambiente social. Es decir, en España, que es el octavo país del mundo, nos están afectando problemas ambientales. Por lo tanto, el ambiente existe y la genética también. Ahora, si hacemos al menor lo suficientemente inteligente, puede llegar incluso a cambiar su carácter. Lo importante es prevenir.
—¿Cómo se previene?
— Bueno, primero, todos los adultos tenemos que estar de acuerdo. Pongo un ejemplo. Si yo voy con mi hijo a un centro comercial y le digo: “No te voy a comprar nada”, y el niño empieza a llorar, lo que no pueden hacer el resto de las madres es decir, la primera, “pobrecito niño, la segunda, “qué mal padre” y la tercera, “déjeme que yo se lo compre, pero que el niño no sufra”. Necesitamos a la tribu entera. Además de esto, hay que tener claro que, para educar a un hijo, es tan importante la letra, como la música. Y me explico. Es tan importante lo que decimos como el cómo se lo decimos. No es lo mismo decir a un niño: “Has hecho mal la cama, la puedes hacer mejor”, que “eres un vago que no haces nada bien”. En cuanto al picor, he querido usar una palabra que no tenga connotaciones de enfermedad. Parece que nos consolamos cuando nos dicen que nuestro hijo es hiperactivo o que tiene trastorno del comportamiento o que es oposicionista desafiante. Tener el nombre y darle medicamentos no es la solución.
—¿Por qué los padres actuales tienen miedo a poner límites a sus hijos?
— Cada vez nos convencemos más de que el límite es necesario y superar la frustración también. Los padres que queremos lo mejor para nuestros hijos deberíamos entender que el padre no es un cargo que se elija democráticamente, gracias a Dios. Además, tenemos que entender que ser padre es ser, a veces, antipopular, porque tienes que sacar lo mejor de tu hijo y, para eso, hay que decirle que no siga sus instintos, sino su razón. Un padre se tiene que preocupar cuando crea que hay algo que le está haciendo mal a su hijo.
—¿Qué está pasando para que tenga que haber programas en televisión que expliquen cómo se educa a un hijo?
— Lo que está ocurriendo es que los mayores también nos dejamos influir por el ambiente que hay. El sentido común actual está muy por debajo del que había hace veinte años. Los medios de comunicación son, a veces, ventanas abiertas a basureros. Nos dicen que se gana dinero criticando al otro, que es bueno consumir, que es bueno el que más tiene. Entonces los padres, inmersos en esa filosofía, le compran al niño 25 juguetes para Reyes, porque creen que así su hijo va a ser feliz, cuando lo que siente es como si se hubiese comido 25 pasteles. No puede asimilarlos, y, en vez de ponerse malo del estómago, se pone malo, de alguna manera, de la cabeza. Por ejemplo, si un médico nos dice que si nuestro hijo toma el sol más de media hora, podrá tener cáncer de piel, no le dejamos. Sin embargo, debe haber un gran científico que ha dicho que con el alcohol no pasa nada, porque toleramos mucho mejor que nuestros hijos beban. Es incomprensible.
— ¿Qué papel cumple la escuela en la educación?
— Para educar necesitamos a la tribu entera. Educa el padre, el profesor, la vecina, el conductor de autobuses, el que vende periódicos... Todos educamos, lo que pasa es que nos da miedo lo que nos puedan decir los demás. El gran fracaso de la escuela es tener en cuenta que, por lo primero que aprendemos en la vida, es por curiosidad y los niños ahora mismo sienten más curiosidad por el mundo tecnológico, que debería entrar en el aula para atrapar la atención del alumno.