DELIA JIMÉNEZ
Cuando Amparo Mbomio Mangue sintió aquel repentino crujir no fue consciente de lo que pasaba. Pero supo que algo no iba bien cuando un profundo dolor la invadió con tal intensidad que su cuerpo se vio sacudido por una ráfaga de temblores de pies a cabeza. Amparo era sólo una niña de seis años que buscaba fruta en el campo cuando sufrió aquella aparatosa caída que cambió radicalmente su vida. Veintidós años más tarde recuerda emocionada aquel episodio en su casa del barrio capitalino El Batán. Desde entonces ha pasado por el quirófano en diez ocasiones, pero el milagro llevado a cabo por el equipo de Traumatología del Hospital Universitario Materno Infantil no sólo le salvó la vida sino que, además, convirtió a esta joven de origen guineano en la paciente española a la que más se le ha alargado un hueso mediante la técnica Orthofix. El buen hacer de los traumatólogos y la valentía de la pequeña Amparo hicieron que el fémur de su pierna derecha creciera gradualmente durante cuatro años hasta alcanzar los dieciocho centímetros que le habían sido amputados.
Amparo pone cara de sufrimiento cuando recuerda aquel duro episodio de su infancia. Ella era sólo una niña, pero aún así era consciente de la anormal circunstancia de que un trocito de hueso asomara con toda su blancura al exterior haciendo ceder la piel. Dice que esa visión permanece fija en su mente a pesar de los años transcurridos. Pasado el tiempo comprendió el diagnóstico médico: el fémur se había partido en dos mitades. Aquel accidente a punto estuvo de costarle la amputación de la pierna derecha a tan corta edad e, incluso, la infección que se originó con posterioridad casi le arranca la vida.
Los padres de Amparo apenas tenían para sacar adelante a sus siete hijos, así que optaron por el recurso más económico, el más cercano y el que más confianza les inspiraba: pusieron a la niña malherida en manos de un curandero. Ella recuerda cómo durante meses se sometió a los masajes y a los emplastos de las hierbas recogidas en la selva por aquel curandero. Pero lejos de recuperarse, la niña fue empeorando por momentos, hasta el punto que sus padres gastaron hasta el dinero que no tenían para que fuera atendida en un hospital en Malabo, capital de Guinea Ecuatorial.
Allí permaneció un año. Ni los rezos de su madre ni las atenciones de los médicos fueron suficientes para frenar la infección que cada día se extendía un poco más. "Entonces mis padres me llevaron a otro hospital donde un médico chino les recomendó que me sacaran del país y que buscaran cura en Europa, porque en caso contrario podía morir".
Precisamente, la fe de la madre de Amparo, una ferviente seguidora del catolicismo, empezó a mover la maquinaria del milagro a través de un sacerdote de la orden de Los Salesianos, quien resolvió todos los problemas económicos y burocráticos para que la niña Amparo pudiera salir de Guinea y trasladarse hasta Gran Canaria, donde debía recibir asistencia sanitaria en el hospital Materno Infantil. Amparo dejó atrás a su familia y viajó hasta la Isla acompañada por una religiosa de la Hermandad de Santa Ana. Pasó su primera noche hospedada en la Casa de San Juan de Dios. A la mañana siguiente recuerda que las monjas la llevaron al hospital y "allí permanecí durante año y medio", agrega.
Amparo rememora con espanto el dolor que le producían las curas a las que el personal sanitario del Hospital Materno Infantil la sometían prácticamente a diario. Los facultativos del equipo del servicio de Traumatología le diagnosticaron una osteomielitis crónica pandiafisaria, una grave infección ósea. La herida presentaba tan mal aspecto que, en cualquier otra circunstancia, los médicos hubieran optado por amputar la pierna. Sin embargo, la edad de la paciente hizo que éstos agotaran la posibilidad de salvarle la pierna. Para ello primero había que vencer la infección y luego sanear mediante una intervención quirúrgica la parte irrecuperable del fémur. Era una apuesta arriesgada.
Las curas y los antibióticos se convirtieron durante años en compañeros inseparables de la joven guineana. En una de las diez operaciones a las que tuvo que someterse hubo que seccionar dieciocho centímetros del hueso dañado. Tras esta intervención Amparo se quedó con una notable descompensación en cuanto al tamaño de ambas piernas. "Entonces me colocaron un alza de 18 centímetros. Todavía puedo verme con aquel taconazo que me permitía tocar el suelo".
A los doce años los traumatólogos decidieron poner a prueba el crecimiento del fémur de la niña. Nunca antes se había probado una ampliación tan ambiciosa. Se trataba de lograr que el hueso amputado aumentara su talla, nada más y nada menos, que en 18 centímetros mediante el uso del procedimiento conocido científicamente como Orthofix, que consiste en colocar unos tornillos en el hueso insertados a través de la piel, por fuera sobresale un tubo en el que se hace girar una llave que va motivando el crecimiento artificial óseo.
Amparo se convirtió en una alumna disciplinada, sabía que debía seguir al pie de la letra las instrucciones que le habían dado si quería alcanzar su meta. Así que cada seis horas hacía girar la llave conectada a sus tornillos en una operación repetitiva que se prolongó por espacio de cuatro años. Ese movimiento le garantizaba el crecimiento de un milímetro diario. "Ante la sorpresa de todo el mundo el hueso se alargó los 18 centímetros. Luego llegó el embarazo cuando apenas tenía 18 años y hacía poco que me había operado. Muchos pensaron que era una locura, pero aquí está Yonny", comenta refiriéndose a su hijo.
La lucha de Amparo, a quien aún le espera una nueva visita a quirófano, tiene muchas vertientes positivas. Ella se define como una mujer "muy afortunada".
"Nací en un país africano con muchas necesidades. Mi destino era que me cortaran la pierna o morir por la infección. En cambio, Dios puso a mucha gente buena en mi camino. Todos ellos han colaborado para que hoy lleve una vida normal". Amparo tiene palabras de agradecimiento para todos los médicos del servicio de Traumatología del Hospital Universitario Materno Infantil, "porque les debo la vida y siempre han tenido un trato exquisito conmigo durante mis largas estancias en el hospital", matiza.
En otro momento, Amparo Mbomio se refiere a todas aquellas familias que se ofrecieron a acogerla y que se comportaron como auténticos padres y madres en sus muchos internamientos hospitalarios. En este sentido, muestra su agradecimiento hacia la familia Santana López, residente en el municipio de Valsequillo, a los Domínguez González, un matrimonio vecino de Teror y a Julio Ramírez y Pepita Monagas, con los que aún mantiene una estrecha amistad. "En realidad han sido como mis segundos padres". De hecho, Julio y Pepita son los padrinos de bautizo de su único hijo, Yonatan, de diez años. A este matrimonio le debe también que no fuera expulsada a su país cuando cumplió los dieciocho años, justo el momento en que se encontraba embarazada. "Los médicos me recomendaron que no debía dar a luz en Guinea, porque mi embarazo era de alto riesgo y gracias a eso pude permanecer en la Isla, pero gracias a estas dos personas conseguí arreglar mi situación", explica la joven guineana en la actualidad con doble nacionalidad.
PARTO. Para Amparo Mbomio el episodio de su accidente y los muchos años de lucha para tratar de recuperarse marcaron su carácter. Es una mujer que no se amilana ante las dificultades. Ella misma comenta que tanto sufrimiento durante la niñez repercute en un comportamiento "tranquilo y pausado" cuando alcanzas la edad adulta. "En algún momento he llegado a cortarme un dedo. Miro la herida y reacciono con una tranquilidad pasmosa". Su grado de resistencia al dolor físico es tal que ni las contracciones del parto alteraron su apariencia. "La comadrona estaba asombrada porque me veía tan jovencita y no exteriorizaba mi sufrimiento en un momento así".
El doctor Miguel Montes, el primer traumatólogo que atendió a Amparo en el servicio de urgencias del Materno Infantil, recuerda como si fuera ayer la impresión que le produjo su herida. "Nunca hemos vuelto a tener un caso igual. Pensé que había que cortar, pero nos arriesgamos en una lucha tremenda por salvarle la pierna. Tuvimos que tener sobre ella un control tremendo, porque nuestro temor era que pudiera extenderse la infección en una septicemia. Este es un caso excepcional", expresa el doctor Montes. Hubo momentos para el optimismo en los que el proceso infeccioso parecía remitir y, otros, en los que se volvía a partir casi de cero.
El doctor Montes puntualiza que la pandiafisaria que sufría la niña guineana obligó a utilizar, inicialmente, unos fármacos antibióticos de uso poco habitual en Canarias. Rememora los duros tratamientos y las numerosas intervenciones quirúrgicas que tuvo que soportar Amparo Mbomio hasta alcanzar la total restauración del fémur. "A veces tenía tanto dolor que un día me dijo: '-Cuando mi padre sea el jefe de la tribu te cortará la cabeza", comenta Montes como anécdota graciosa. En la actualidad Amparo lleva una vida normal, incluso, trabaja en el sector limpieza.