PEDRO J. MÉRIDA LAS PALMAS DE GRAN CANARIA
Mi defecto recurrente como crítico de cine es que me gustan las mismas películas que a todo el mundo. Deduzcan de ahí, queridos lectores, el nivel de desazón que me provoca haber asistido este año a una Sección Oficial que prometía una redención con todas las de la ley (si tenemos en cuenta la radicalidad de conceptos del pasado año, una de tantas gracias que tenemos que agradecerle a nuestros nuevos amigos los cahieristas) y que al final, por mor de una recta final ciertamente irregular se ha vuelto a quedar en tierra de nadie.
No se puede dudar de que, a su avanzada edad, un cineasta de la clase de Manoel de Oliveira aún demuestra notable brío con la cámara a la hora de dar empaque a esas deliciosas fábulas con las que nos viene deleitando desde que algunos alcanzamos a recordar. Pero he aquí que lo que en un caso aislado se podría considerar una extravaganza sin mayores explicaciones a exigir por nuestra parte como público se convierte, dentro de la Sección Oficial, en un punto final de regusto agridulce.
Obra rodada con un inexistente presupuesto, atesora en su puesta en escena todas las trazas del folletín novelesco más rancio, detalle este que Oliveira, más que ocultar, enfatiza con una progresión dramática que alude constantemente a los viejos estilemas con los que se adornaban los romances de ventanal, con todo lo que de folclórico y payasesco puede tener llegado el caso.
Singularidades de una chica rubia apura un metraje que no llega a los 70 minutos. Esto no significa que el realizador vaya al grano, sino que simplemente nos hallamos ante una cinta que, contando la misma clase de intrascendencia que otras de las competidoras de la Sección Oficial, al menos tiene el detalle de acabarse antes.
De argumento sintético, trufado de florituras destinadas a poner el acento costumbrista, esta película cuenta entre sus más destacadas cualidades las interpretaciones de su pareja protagonista, Ricardo Trepa (nieto del director) y muy especialmente Catarina Wallenstein (lo único que valía la pena de la olvidable Um amor de Perdicao), quien apenas necesita articular un músculo de la cara para transformarse en el más elegante paradigma de la seducción femenina.
En definitiva, una intrascendencia con ínfulas de gravedad que se olvida según se ve.