DELIA JIMÉNEZ - LAS PALMAS DE GRAN CANARIA.
Yelitza Dorta Alonso nació en la clínica Tamaragua, en Tenerife, el dos de octubre de 1999. Vino al mundo con apenas 32 semanas de gestación. Presentó bajo peso al nacer, concretamente 2.320 kilogramos y una talla de 49 centímetros. Sus padres ya estaban al corriente de este hecho, puesto que en el último tramo del embarazo el tocólogo que trataba a Viviana decidió hacerle una ecografía selectiva al detectar que el tamaño del feto tenía unas dimensiones por debajo de la normalidad.
Las pruebas de diagnóstico prenatal no revelaron posibles anomalías, comprobándose que la niña seguía ligada alimentariamente al cordón umbilical de su madre. Cuando Viviana expresó en voz alta que había un gato maullando detrás de la ventana del paritorio, las señales de alarma se encendieron en el ginecólogo que asistió el parto y que, en aquel instante, revisaba a la recién nacida. El marido de Viviana guardó silencio ante el acertado comentario de su esposa. No se atrevió a sacarla de dudas aclarándole que no existía ningún gato en las cercanías y que aquel sonido era el llanto de su hija. La niña permaneció once días en la incubadora y extrañamente a medida que transcurrían los días iba menguando su peso.
Viviana abandonó el hospital con su pequeña sin un diagnóstico sobre su estado de salud. El resto de la familia la tranquilizaba diciéndole que "la niña estaba bien y que no parecía rara. Me decían que seguramente estaba cogiendo una depresión posparto". Pero Viviana sabía que algo no cuadraba. Decidió bautizar a la niña con el nombre de Yelitza, en atención a la elección de un sobrino, pero ella hubiera preferido llamarla Salomé. "En cuanto vi a la niña llamé a mi madre y le dije que no le ponía Salomé porque ese nombre sólo me gustaba a mí, pero ese nombre era idóneo para mi hija. Es un nombre egipcio distinto y cuando miraba a mi hija también la veía diferente. Nació con los ojitos achinados y con las orejas bajas. No se parecía a nadie de la familia", dice Viviana.
El pediatra de la sanidad pública decidió que había que someter a la niña a pruebas médicas exhaustivas. Viviana recuerda que ingresó con su hija de inmediato en el hospital de la Candelaria, dispuesta a que alguien le explicara qué problema tenía su pequeña. "La psiquiatra que la examinó me confirmó que yo no estaba loca. Me dijo que sospechaba que Yelitza sufría una rara enfermedad denominada el Síndrome de Maullido de Gato".
Un mes más tarde el informe sobre las pruebas de cariotipos remitido desde Barcelona confirmaba que a la menor le faltaba una parte del cromosoma número cinco y que, consecuentemente, la paciente padecía el mencionado síndrome, que se caracteriza porque los bebés presentan al nacer un llanto agudo semejante al del felino. Este sonido agudo se produce por un estrechamiento anormal de la laringe.
Otros síntomas de esta anomalía son retraso mental y motórico, debilidad muscular, bajo peso al nacer y crecimiento lento, inclinación de los ojos hacia abajo, orejas de implantación baja, cabeza pequeña, ojos separados e incapacidad para succionar al nacer.
Aún existe un gran desconocimiento por parte de los profesionales médicos sobre este trastorno. Viviana recuerda cómo los pediatras que trataron a su hija fueron bastante pesimistas a la hora de hacer plazos con respecto a su supervivencia. En cambio, Yelitza ha roto cualquier pronóstico apagando las velas de su décimo cumpleaños. Y lo más importante para su familia es que cada día evoluciona un poquito más. Logró caminar con mucho esfuerzo a los seis años.
Viviana y su marido se dejan una parte importante del salario familiar en contratar los servicios de logopedas, fisioterapeutas y pedagogos. "Pero merece la pena".