MARIANO DE SANTA ANA
- Usted pasó parte de su infancia en Gran Canaria y Tenerife, entre principios de los cincuenta y principios de los sesenta. Su padre, que se llamaba como usted, Joan Margarit, también fue arquitecto, arquitecto municipal de Las Palmas de Gran Canaria. Hizo, entre otras obras, el Mercado Central, la iglesia de Schamann y la plaza Tomás Morales. ¿Qué significa Canarias para usted?
- Gran Canaria y Tenerife son mis islas del tesoro. Esas islas que uno no puede visitar nunca porque ya no existen, la Gran Canaria y el Tenerife de aquellos años. Detrás de lo que la novedad ha puesto sobre estas ciudades, Las Palmas de Gran Canaria y Santa Cruz de Tenerife, están las ciudades anteriores. Y bajo las que hay, veo con nostalgia y con cariño aquella Playa Chica, por ejemplo. Yo vivía en Bernardo de la Torre 32 e iba a la playa en bañador. Recuerdo ver aquellas azoteas con una cabra en cada una.
- ¿Tiene poemas sobre la playa de Las Canteras?
- Tengo uno sobre la Playa Chica que está en Estación de Francia.
- ¿Cómo se intercambian los signos de la arquitectura y la poesía en su proceso de escritura?
- Mi obligada formación científica, más que la arquitectura, me ha servido muchísimo para escribir poesía porque me ahorró de entrada un montón de oropeles que nunca he usado. Descubrí, en definitiva, que, igual que las matemáticas son las más exactas de las ciencias, la poesía es la más exacta de las letras.
- Usted se dio a conocer como poeta en lengua castellana a partir de los años sesenta, pero en los ochenta se entregó por completo al catalán. ¿Por qué tomó esta decisión?
- La poesía no pertenece casi, casi a la literatura. La poesía es otra cosa. Si usted habla desde pequeñito tres lenguas, seguramente puede hacer novela o ensayo en esas lenguas, pero poeta sólo se puede ser en la lengua materna.
- ¿Y los autores exiliados en otras lenguas, como Beckett, irlandés que escribía en francés teatro, relatos y poemas?
- Pero la poesía de Beckett no tiene interés. Estoy hablando de poetas, poetas, por ejemplo de Rilke. Se ha dicho mucho que Rilke era checo, pero dudo mucho que la lengua materna de Rilke fuera el checo. Creo que su madre le hablaba en alemán desde que estaba embarazada. Yo estuve atascado como una cañería por la que no pasaba el agua hasta que comencé a escribir en mi lengua materna.
- Ha nombrado a Rilke. Su último libro, recién publicado, es Nuevas cartas a un joven poeta, un guiño al célebre libro de Rilke. ¿Qué le dice a los jóvenes poetas? ¿Les recomienda también que no tengan demasiada familiaridad con la ironía?
- Es un libro con varios capítulos en los que se habla de la poesía en sí y su relación con la literatura, con la política, con la religión, con la soledad... Hay varios capítulos también sobre cómo escribir y cómo no escribir poesía.
- ¿Cómo no debe escribirse poesía?
- Lo primero que ha de decidir un joven poeta es si es poeta o no. Éste es un quehacer que no es nada democrático. El poeta nace, el arte nunca ha sido democrático. Lo que es democrático es el uso. Estoy de acuerdo con que el arte sea para todos, pero no en que todos seamos artistas. El poeta debe ser poeta y luego debe trabajar enormemente para lograr escribir un poema. Porque se puede tener la suerte o la desgracia de nacer poeta pero luego para escribir un poema hay que recorrer muchas millas.
- El Premio Nacional de Poesía que le otorgaron el año pasado constituye un acercamiento del castellano a las otras lenguas españolas.
- De alguna manera, sí. Creo que ese acercamiento siempre ha existido, hasta en el franquismo. Joan Vignoly, el gran poeta catalán, obtuvo el Premio Nacional de Poesía durante el franquismo, aunque no lo aceptó. Y a Pere Gimferrer le dieron también el Premio Nacional de Poesía durante el franquismo, y él si lo aceptó.
- ¿Qué opina del debate entre silencio y experiencia?
- No hay más debate que entre la buena y la mala poesía. Cada uno escribe desde puntos de vista distintos. Creo que los poetas deben leer sobre todo a los que parten de puntos de vista muy distintos al suyo. Yo, por ejemplo, leo a Valente.