JUANJO JIMÉNEZ
De manera que no le pido permiso a mi madre, ¿y se lo tengo que pedir al Partido Popular? Están bonitos, ellos".
Dos y media de la tarde. Melenara. Sube la marea y cientos de bañistas copan la primera línea de playa y es tal el rebumbio que es difícil distinguir dónde empieza el ñoño de una persona y dónde acaba el brazo de otra. Pero a medida que se va afinando el ojo aparecen en variadas formas y tamaños el meollo de la polémica desatada por el PP local, al proponer un debate sobre si top-less sí, o top-less no, bajo la premisa de que la sociedad de Telde es más conservadora que en el común de los municipios.
De una encuesta a pie de playa se deduce en primera instancia dos cosas fundamentales. La una que el PP, al menos como organización, "jamás se dio un baño aquí y quizá por eso le resultará raro". Y la dos, que es mejor hacer top-less que interesarse por el tema. Prácticamente nadie de las que disfrutaban del oreo conocía siquiera la polémica e incluso miraban al periodista de reojo, intentando dar con una hipotética cámara oculta.
"Pues ahora que ya no está Franco habrá que cantar el teta al sol con la camisa nueva", se jaleaba una señora. Y más allá, Arminda González, de 37 años, y que no aceptaba fotos "hasta que la Seguridad Social nos pague una operación a las que hemos parido", se partía de la risa. Su madre, con bañador entero, resumía la situación con una sentencia general: "Son ideas reprimidas porque a esta sociedad todavía le falta lo suyo...".
Pero algo se ha andado. En 1940 el alcalde de la capital, Diego Vega Sarmiento, se lanzaba al marisco con un bando destinado a "evitar espectáculos impropios de personas de buen gusto", que incluía una retahíla de disposiciones que comenzaban con "la prohibición de desnudarse, ni antes ni después del baño", y al que se debe ir "con los bañadores puestos, cubiertos con albornoces o cualquier otra prenda decorosa". Y por si a alguien se le pudiera alegrar el ojillo, "se prohíbe la estancia individual o formaciones de grupos de curiosos, en actitud impertinente donde se sitúen los bañistas"...
PILDAIN EN LAS CANTERAS. Una década después, el obispo Pildain remataba la faena. Creía que se había perdido "el concepto cristiano del cuerpo y el temor al escándalo" y por eso determinó dividir Las Canteras en tres: una para ellos, otra para ellas y una mixta en el centro sólo apta para aquellos equipados con "decorosos trajes de calle".
Eso no lo imaginó nunca Tania Toledo, de 21 años, que se va al margullo. Toledo, un eficaz remedio para cortar el hipo, no tiene ni idea de la que armó el partido conservador de sujetadores de su pueblo. Se le comunica el suceso, y tras calificarlo de "una estupidez", suelta lo evidente pero dividido por dos: "Yo voy a mi bola" y sin albornoces.