MIGUEL F. AYALA
Una semana como esta que mañana comienza, pero de hace 40 años, Gran Canaria vivió su gran aventura selenita. La misión del Apolo XI, que logró llevar al hombre a la Luna, tuvo una 'oreja' imprescindible en la Estación Espacial de Maspalomas -Canary Station para la Nasa y actualmente INTA- y más concretamente en sus gigantescas antenas que permitieron al mundo entero escuchar a los astronautas confirmar que orbitaban con éxito alrededor de la Tierra tras el despegue que el 16 de julio de 1969 tuvo lugar en la estadounidense Cabo Kennedy. La señal de que la misión superaba ese importante obstáculo, entre otros éxitos, fue posible gracias a los casi 400 especialistas que trabajaban en las instalaciones del Sur, entre ellos un puñado de canarios que vivió en primera persona aquellos ocho días "de tensión inolvidable", como se refiere a esas jornadas Andrés Rodríguez, supervisor de la planta eléctrica de la estación y testigo no sólo de aquellas largas operaciones, sino de todo lo que anteriormente se experimentó en Maspalomas para trasladar al hombre a la superficie lunar.
"Aquello no fue lanzar el cohete con dirección a la Luna y ya está, hubo muchísimo trabajo detrás". Quien dice eso es este jubilado que acude a la entrevista con una bolsita llena de recuerdos de aquella operación, entre ellas una moneda regalo de la Nasa fundida con metales de la nave que piso la superficie lunar en julio de 1969. Junto a la joyita de color plateada trae fotos, mapas, diplomas... pero lo más valioso es su cabeza: "lo recuerdo todo", asegura mientras se sumerge en su memoria para reconstruir aquellos días en los cuales un puñado de científicos estadounidenses decidió a principios de los años 60 que el Sur de la isla de Gran Canaria era, por sus condiciones climáticas y su situación geográfica -próxima a los trópicos-, el lugar idóneo para montar un centro de comunicaciones espaciales. "Primero lo querían montar en El Tablero", dice, "pero por desavenencias con los propietarios acabaron construyéndola cerca del Faro de Maspalomas".
Allí, entre tomateros, levantaron los científicos la primera antena para la Nasa, para los proyectos Mercury, y más tarde levantaron otra segunda, en el marco de las operaciones Gémini, justo donde ahora se levantan los grandes hoteles de Meloneras. La matemática y la física convivieron durante años con la salitre, los tomateros "y los agricultores que, cuando sulfataban las plantaciones, entorpecían la débil señal de onda de las comunicaciones", cuenta Andrés observado con asombro por Rafael Fernández Lizán, subdirector actual del INTA, instalaciones donde tiene lugar este encuentro. "Había que salir a pedirles que por favor de tal hora a cual otra no sulfataran, y cuando se les hablaba de misiones en el espacio o mandar al hombre a la Luna", explica, "no entendían nada y casi se cachondeaban del personal de la base".
Aquellos años 60, la carrera espacial era una batalla entre URSS y Estados Unidos, aunque hasta que llegaron las misiones Apolo, los rusos llevaban la delantera. Estaban más experimentados y además de la malograda perrita Laika, ya habían hecho orbitar a un hombre en el espacio. La Nasa, pues, utilizando los conocimientos de los programas espaciales soviéticos y sus propios descubrimientos, puso en marcha primero el programa Mercuri, que definió el método para hacer orbitar una nave alrededor de nuestro planeta y luego el Gémini, cuya finalidad era el acoplamiento espacial de dos módulos, ambos con un único cometido: "poner un hombre en la Luna y traerlo de vuelta a la Tierra", como anunció el 25 de mayo de 1961, aproximadamente un mes después de que Yuri Gagarin se convirtiera en el primer humano en orbitar el globo terrestre, el presidente de los EE UU, John F. Kennedy. "Esta nación", dijo JFK ante el Congreso, "deberá trabajar para conseguir un objetivo que se debe cumplir antes de finalizar esta década".
24.000 MILLONES DE DÓLARES. Ese interés presidencial se cristalizó con la inversión en la tecnología aeroespacial del 40 por ciento del presupuesto americano de I+D, cerca de 24.000 millones de dólares de entonces. "Nosotros en la base de Maspalomas lo notábamos porque era rara la semana que no llegaban nuevos aparatos", recuerda Andrés sobre un proceso que en la base se denominaba "implantación". "Durante años, sobre todo con las diez primeras misiones Apolo se fue implantado más y más tecnología hasta que con la misión del Apolo X, que ensayó todo lo que luego realizó el Apolo XI, se comprobó que estábamos preparados para enviar un módulo con humanos al satélite de la Tierra".
Todo eso sucedía ya en el edificio que ahora ocupa el INTA, en la vieja carretera del Sur, cerca de Meloneras, aunque había aparataje técnico todavía junto al Faro de Maspalomas, en Sonnenland, y hasta un telescopio en una ladera de la zona cuyo cometido era "controlar las explosiones solares, no fuera a producirse una durante la misión del Apolo XI que hubiera generado una radiactividad mortal para los astronautas", reconoce Andrés, por aquellos años sólo un técnico en electrónica que había estudiado en el Politécnico de Canalejas y que acabó trabajando de casualidad con los americanos. "Yo quería irme para Venezuela, como todos, pero hablando con un abogado sobre el tema apareció un conocido suyo, irlandés, que me comentó la posibilidad de trabajar en la Estación de Maspalomas como técnico. Fui en coche hasta allí, cuando la carretera llegaba sólo hasta Juan Grande y el resto era de piedra, me entrevisté con ellos y me contrataron. Pagaban el doble que en cualquier otro sitio y se encargaron de formarnos mucho en sus instalaciones de Estados Unidos", país al que viajó Rodríguez en varias ocasiones "con todos los gastos cubiertos".
"Allí fue donde vi por primera vez una piscina con tobogán". Este comentario de Andrés, que hace casi sin darse cuenta, sirve para ejemplificar el contraste de lo que sucedía en la Gran Canaria de aquella década y lo que pasaba entre los muros que albergaban la base Nasa previa al alunizaje. "Ya en el año 1969 estaba construida la carretera al Sur y comenzaba el turismo, pero aún estábamos a años luz de toda aquella tecnología", añade el subdirector del INTA, asumiendo por unas horas ante los periodistas la responsabilidad del centro debido a la ausencia del actual director, Pablo Martínez-Darve Martínez.
Ese desconocimiento casi general de los grancanarios sobre algo que tenía lugar aquellas semanas de julio al lado de sus casas hace aún más entrañable la aportación canaria a la carrera espacial. En las Islas muy pocos tenían televisor a finales de los 60, y cuentan que un grupo encabezado por el anterior conde de la Vega Grande, Alejandro del Castillo, se involucró mucho en lo que fue ocurriendo desde los primeros minutos del lanzamiento.
"Imagino que hubo algunos interesados en el tema, pero yo no recuerdo nada de aquellos días, salvo mi trabajo. Todo en la misión era pura matemática y si fallaba algo se desmoronaba el resto, de ahí la tensión", cuenta Andrés antes de explicar que su cometido "era mantener el flujo eléctrico en la estación, que no se produjera un inconveniente como sobrecargas o caídas de tensión porque eso afectaría a los aparatos de control y se perdería el contacto con la nave, entre otros problemas más".
Jamás un técnico en electrónica de Canalejas tuvo una misión más importante y probablemente por eso se emociona cuando recuerda el saludo "a la base de Canarias" de los astronautas desde el espacio. "Se escuchaban todas las conversaciones a través de los altavoces de la base y se instalaron también monitores para poder ver lo mismo que los atronautas. Recuerdo que cuando el módulo lunar abandonó la atmósfera y entró al espacio con su tripulación, uno de los momentos más complicados de la misión, tardaron unos segundos en responder. Fueron como horas para nosotros en aquellas salas, por eso rompimos a gritar emocionados cuando, por razones de situación, se comunicaron con Maspalomas para decir que iba bien".
CELEBRACIONES. Sobre la celebración posterior al alunizaje, debido con seguridad a la acumulación de éxitos a lo largo de los ocho días que duró la misión, Andrés sólo hace un comentario: "fui el único que me bañé vestido en la piscina".
Pero eso fue después de ver en directo el primer paseo lunar, la madrugada del 20 de julio de 1969. "Sin embargo", añade, "más nervios pasamos durante el alunizaje porque con fotos de satélites habían elegido el lugar donde hacerlo -el Mar de la Tranquilidad-, pero no eran de tanta precisión como las actuales y el suelo era muy irregular, con muchas piedras", cuenta Rodríguez antes de ser interrumpido por Fernández Lizán. "Por diez segundos casi se suspende la misión. Al comprobar que el firme no lo era tanto y teniendo en cuenta que la nave no se podía dañar para sacar de allí vivos a los astronautas, se planteó abortar segundos antes del alunizaje". Pero no: "fue otro momento de emoción en la base de Maspalomas cuando oímos por la megafonía aquello histórico de 'el 'Águila ha alunizado' en boca de Armstrong", recuerda Andrés.
El paseo espacial también trajo alguna broma en la base canaria. "Cuando conectaron la cámara exterior de la nave empezamos a ver todo lo que sucedía allí y hubo mucho cachondeo con que Armstrong pisara el polvo lunar con su pie izquierdo, que es una señal de mala suerte para los supersticiosos. Otra cosa que nos sorprendió mucho fue cómo andaba el astronauta: parecía un gorila muy torpe", dice este jubilado mientras se levanta e imita con gracia el paseo torpón del célebre astronauta, que ellos vieron en primicia "porque era la señal directa desde la Luna". El resto del mundo lo vio después, bien editado, sin casi lluvia y hasta comentado, pero Andrés, ese técnico del Politécnico de Canalejas, puede presumir de que a los veintitantos, en una habitación de un sencillo edificio de Maspalomas vio muy, muy de cerca la Luna una madrugada de hace ahora 40 años. "Un pequeño paso para un hombre, pero un gran paso para la Humanidad".