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El peronismo y el escribidor

Los kirchneristas levantan el veto a Mario Vargas Llosa, pero continúa la polémica del Premio Nobel de Literatura al caudillismo argentino

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El peronismo y el escribidor
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LUIS M. ALONSO Los peronistas aguardan a Mario Vargas Llosa con un cuchillo entre los dientes después de que la presidenta argentina Cristina Fernández decidiese interponerse en el veto que uno de sus intelectuales de confianza, el director de la Biblioteca de Buenos Aires, había impuesto al Premio Nobel de Literatura con motivo de la Feria del Libro que se celebra en esa ciudad. La rectificación sobre el veto al autor de La guerra del fin del mundo no ha sofocado el incendio ni aplacado la polémica que ayer todavía inflamaba la blogosfera y las redes sociales.

La Biblioteca que ahora dirige Horacio González, sociólogo, intelectual de contornos grises y biógrafo de Juan Domingo Perón, tuvo durante años de titulares a Leopoldo Lugones y a Jorge Luis Borges. Ello, sin más, serviría para explicar la decadencia cultural de un país. Borges se vio obligado a dejar su querido puesto bibliotecario cuando los peronistas, recién llegados al poder, le ofrecieron el cargo de inspector de aves y corrales, que él se negó a aceptar por considerarse una persona poco adecuada para desempeñar un cometido tan importante. Sus palabras de entonces siguen siendo hoy un mantra de la lucidez: "Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomenten la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de caudillos, vivas y mueras prefijados, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir estas tristes monotonías es uno de los muchos deberes del escritor. ¿Habré de recordar a los lectores del Martín Fierro y de Don Segundo Sombra que el individualismo es una vieja virtud argentina?"

Sin embargo, el peronismo es desde Perón una forma de autoritarismo mesiánico que entronca con la tradición del culto caudillista en Latinoamérica. El caudillo es, además, la contribución más importante en esa parte del globo a la ciencia política. Pero ello no significa que sea la mejor contribución a su libertad y bienestar. Vargas Llosa se encuentra entre los que piensan así y no ha dudado ni duda en denunciarlo. Por eso, sus críticas no son bien recibidas por los intelectuales del populismo descamisado que ahora reencarna el kirchnerismo. Decenas de ellos han mostrado su malestar por la presencia en Buenos Aires del mejor narrador de la lengua española y la desconfianza sobre lo que pueda decir o "incursionar", como recalcó el editor Daniel Divinsky, en la política nacional.

En 1946, año de la llegada de Perón al poder, las primeras manifestaciones masivas antiperonistas fueron organizadas por el movimiento estudiantil, bajo el lema "abajo la dictadura de las alpargatas". Los colectivos obreros que apoyaban las leyes laborales que iba promoviendo el general, respondían: "Alpargatas sí, libros no". Desde entonces, los libros han sido tan despreciados como las ideas por esa especie de pulsión indefinible que es el peronismo que años más tarde domina la política y ha llevado a Argentina en sucesivos ciclos de su historia a la debacle económica.

El economista Paul Samuelson dijo hace ya algunas décadas que los países podían clasificarse en cinco categorías: los capitalistas, los socialistas y los del Tercer Mundo, pero que además están Japón y la Argentina. El propio Samuelson apostilló: "No entiendo por qué a Japón le va tan bien y a Argentina tan mal". Más que no entenderlo lo complicado resulta explicárselo. Catástrofe, tragedia, debacle, fracaso y fatalismo se han unido en la historia del país austral, que a principios del siglo pasado figuraba entre los diez más ricos del mundo y donde en la actualidad la tercera parte de los niños que nacen están condenados a crecer en la pobreza. Siempre resulta difícil comprender cómo partiendo de tanto se ha llegado a nada.

No deberíamos, por tanto, asombrarnos de que alguien consagrado a la defensa de la libertad y a combatir a los dictadores de toda laya, como es Vargas Llosa, se extrañe del triste destino de un gran país, que teniéndolo todo ha acabado asumiendo una ruina económica y moral por culpa, en gran medida, de la idolatría que profesa a quienes le han conducido una y otra vez al despeñadero.

La reflexión que sigue es del autor de La fiesta del Chivo, la novela en la que Mario Vargas Llosa retrató la precariedad de la vida en la República Dominicana bajo el caudillaje brutal de Rafael Leonidas Trujillo: "Siempre entro en la perplejidad y la confusión cada vez que me preguntan sobre la Argentina. Yo creo que entiendo todo en política latinoamericana, salvo la Argentina. Para mí, la Argentina es una especie de galimatías indescifrable porque, ¿cómo se puede entender el caso de la Argentina? Un país que era democrático cuando tres partes de Europa no lo eran; un país que era uno de los más prósperos de la Tierra cuando América Latina era un continente de hambrientos, de atrasados. El primer país del mundo que acabó con el analfabetismo no fue Estados Unidos, no fue Francia; fue la Argentina, que creó un sistema educativo que era un ejemplo para todo el mundo y un instrumento extraordinario de creación de igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos. Ese país, que realmente era un país de vanguardia, ¿cómo puede ser hoy día el país subdesarrollado empobrecido, caótico que es? ¿Qué pasó? ¿Alguien los invadió? ¿Estuvieron enfrascados en alguna guerra terrible? No. Los argentinos se hicieron eso. Los argentinos eligieron a lo largo de medio siglo las peores opciones y, además, siguieron eligiendo las peores opciones a pesar de todas las experiencias negativas".

A quien comparta esta radiografía no le sorprenderá que el mismo intelectual decente que criticó a Trujillo y Pinochet, y combate a Chávez y Castro desde la noche de los tiempos en que se pierde la tiranía cubana, tenga también una especial aversión por el iluminismo peronista causa del declive argentino. Lo malo es que los peronistas no la comparten, porque hacerlo sería tanto como negarse a sí mismos y a al servilismo que usurpa la lucidez, como dijo el ciego aquel al que quisieron humillar nombrándole inspector de gallinas.

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