La Provincia - Diario de Las Palmas

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La familia que acogió al niño polizón

Hace 50 años un madrileño de 11 años tocó en la puerta de Marina Alonso P Ella se encargó de darle de desayunar y también de subirlo a la azotea de su casa para ver el mar

Marina Alonso, con LA PROVINCIA del pasado domingo, donde se contaba la historia de Santiago Alcaraz. QUIQUE CUIRBELO

Amanecía, y en la casa de Marina Alonso, en Ojos de Garza, ya estaban despiertos preparando el café. De pronto escucharon unos golpes en una de las puertas traseras de la vivienda, entonces en el verano de 1966 la gente solía ser bastante confiada y abrieron sin más.

Para sorpresa de toda la familia, delante de ellos apareció un niño. Llegó temblando de frío y sólo les pidió que si tenían algo para comer. El marido de Marina Alonso quiso saber de dónde había salido, sobre todo a esas horas. El chico sin inmutarse le contestó que había llegado anoche en un vuelo desde Madrid, y que en el avión no le dieron nada de cenar, por eso ahora tenía tanta hambre.

José Gil tenía que marcharse a trabajar y Marina, su mujer, se hizo cargo de aquel chico. Sin entender muy bien las explicaciones que daba aquel niño peninsular, ella sólo actuó como lo hubiera hecho cualquier madre. Cogió una chaqueta de uno de sus hijos y le dijo que se abrigara. Lo llevó a la cocina y le preparó un buen tazón de leche con cola cao y pan y mantequilla, "era lo que teníamos, y al ver que no era canario, no le puse leche y gofio".

Marina Alonso reconoce que estaba nerviosa, inquieta, "ante aquel panorama. Es que no sabía qué hacer, y él en cambio, tan sereno. Como si aquello que había hecho no tuviera importancia. La verdad pensé muchas veces en sus padres, en cómo estarían de preocupados. Y se lo dije, pero él nada, a lo suyo".

Marina, que ahora ya tiene 85 años y es madre de siete hijos, no puede evitar sonreír al recordar la templanza de aquel muchacho. "Con sus gafitas, y siempre callado. Esa imagen no se me ha borrado y mira los años que han pasado".

El niño tranquilo

Después de desayunar, Marina lo cogió de la mano y lo llevó hasta la azote de su casa, para que viera el mar. "Es que me dijo que él quería venir a Canarias a ver el mar, y por eso se subió al avión".

Sólo la hija mayor de Marina vio a Santi, los demás, entonces sólo eran cuatro, seguían durmiendo.

Santiago Alcaraz, el niño polizón, que con sólo 11 años, burló toda la seguridad del aeropuerto de Barajas y logró colarse en un vuelo con destino a Gran Canaria en el verano de 1966, demostró a lo largo de esta increíble aventura su enorme sangre fría. En ningún momento sintió miedo, ni pesar, al imaginar lo preocupado que estaban sus padres. Como buen aventurero, Santi sólo quería ampliar sus horizontes y de paso ver de cerca el mar.

Marina Alonso no sabía qué hacer. "Mi idea era que se quedara en casa por lo menos hasta el almuerzo, pero después empezaron a decirme que si podía meterme en un lío. Y la verdad aquella época no es como la de ahora. Así que decidí llevarlo a la iglesia de Santa Rita para hablar con el párroco, y que me aconsejara".

Todos los que llegaron a conocer la historia de Santi se quedaban con la boca abierta. Nadie daba crédito, parecía un cuento, el invento grandilocuente de un menor con excesiva imaginación. Pero no. La peripecia de este madrileño de 11 años fue tan real que la familia Gil Alonso nunca pudo olvidarla.

El sacerdote que acudía habitualmente a atender aquella casa parroquial le recomienda a Marina que actúe como ella considere, pero que lo adecuado, al tratarse de un menor, es informar a la Guardia Civil, sobre todo para que traten de ponerse en contacto con los padres del niño.

"Lo mejor era llevarlo hasta el puesto de la Guardia Civil que había en el aeropuerto, lo metí en el coche y nos fuimos. Cuando les conté a los agentes lo que pasaba, de malas formas me dijeron que me fuera a mi casa a ocuparme de mis hijos, que ellos eran los responsables de atender este asunto. Además, me engañaron, ahora lo sé, porque comentaron que al niño lo tenían que llevar a una residencia en Las Palmas de Gran Canaria y no en Santa Brígida, donde estuvo nada menos que una semana. Si yo lo sé, por supuesto que voy hasta allí para ver cómo estaba".

Con una de sus cuñadas preparó una muda de ropa, Marina pensó que el chico no podía estar con los mismos pantalones cortos y la camisa que había traído desde Madrid. Pero también le dijeron que el chico no necesitaba nada, que allí se encargaban de todo.

Se enfadó tanto con las negativas que recibía y también la manera en la que trataron su interés por el niño que estuvo a punto de ponerse en contacto con un periodista de El Eco de Canarias, "todavía me acuerdo del nombre, González Sosa, pero después me arrepentí. Me podía crear muchos problemas, antes no es como ahora".

Desde ese día, la historia del niño polizón, que había tocado en su casa, se convirtió en la anécdota preferida. Una y otra vez, en reuniones de familia, en fiestas señaladas terminaban por contar aquella extraña y singular peripecia.

Con el paso de los años, Marina llegó a plantearse llamar al programa de Paco Lobatón, Quién sabe dónde, un espacio televisivo muy famoso en los años noventa y que se dedicaba a buscar a personas desaparecidas. "Quería saber cómo se encontraba, qué había sido de aquel chiquillo, pero después, la vida. Yo tenía que cuidar de siete hijos, y nunca me atreví".

Por eso cuando el pasado día 3 de julio vio en las páginas del Dominical de LA PROVINCIA la historia de Santiago Alcaraz, el madrileño de 11 años, que hace 50 años se coló en un vuelo que salió de Barajas con destino a Gran Canaria no daba crédito. Sus hijos se llamaron unos a otros, sus hermanos, su hoy ex marido José Gil, el hombre que le había abierto la puerta a Santi. Para todos fue encontrarse de pronto con lo que habían estado buscando. La noticia fue como un regalo inesperado. Santiago no sólo estaba bien, sino que todo aquello que ellos vivieron fue la aventura más extraordinaria que protagonizó este sereno madrileño, ahora ya de 62 años.

Marina Alonso mira con detenimiento la fotografía en la que se ve a un simpático Santiago, "tiene cara de buena persona", dice "y además que gracia vive en la calle Las Palmas". Se ríe con la casualidad, y con la suerte de haber podido descubrir de verdad que fue de aquel chico con gafas, que una mañana, bien temprano le pidió un buen desayuno y también si podía ver el mar.

Para los hijos de Marina y José Gil, aquel niño polizón forma parte de los recuerdos de su infancia, de las historias que le contaron sus padres sobre ese día inesperado. Tal vez por eso, Delia, una de sus hijas, le propone a Santi que si quiere volver a Gran Canaria, allí lo espera una casa, la suya, "de corazón puede venir y quedarse unos días con nosotros".

La aventura trepidante de este seguidor de Tom Sawyer resultó tan espectacular que cuando Santiago Alcaraz la cuenta aparecen determinadas lagunas, momentos que pasaron como fogonazos y que no ha logrado retener en su memoria. Como ese largo día que pasó en compañía de Marina Alonso. La mujer que lo cobijó y que se ha pasado media vida preguntándose por el destino final de aquel niño polizón.

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