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PEDRO SOCORRO. ARamón Hernández Perera le carcomían las entrañas cuando supo lo de su esposa. En el pueblo del Rosario, en la isla vecina de Tenerife, concretamente en el lugar conocido como El Tablero, los comentarios y chismes entre vecinos acerca del embarazo de su mujer se hacían cada vez más insoportables; máxime en el año de 1911 y en un pueblo chico como éste, donde el solo hecho de pasear cerca de un hombre podía mancillarle la honra.
Aquel 26 de enero no fue un día de grandes noticias, pero sí de muchos sucesos que incrementaron la crónica negra.
Según las noticias recabadas por la prensa tinerfeña de entonces -El Tiempo y El Progreso- "el crimen del amor" fue el fatal desenlace tras varias semanas de rabia contenida.
Ramón Hernández Perera, natural del pago lagunero del monte de Las Mercedes, marchó a la isla de Cuba muy joven, como la mayoría de nuestros campesinos isleños, en busca de la ansiada fortuna.
En aquella apartada región del Caribe, tan próspera y tan rica entonces, el emigrante tinerfeño pudo reunir una importante suma de dinero, negándole al cuerpo lo debido. Tras constantes afanes y privaciones, Ramón Hernández logró hacerse con un pequeño capital que le permitió regresar a su isla al despuntar del siglo XX.
De vuelta a su patria, 'El indiano de Las Mercedes' se convierte en uno de los solteros más apetecidos entre las muchachas, y tras varios meses de noviazgo contrajo matrimonio con una linda joven llamada Rosario, de cuya coyunda nacieron tres niños.
Pero como buen indiano, Ramón Hernández añoraba continuamente las horas pasadas en medio de los cañaverales cubanos por lo que un día, en torno a 1909, marchó nuevamente para La Habana. Hasta allá llevó el mismo baúl de madera, pero la ilusión renovada de aumentar su pequeña fortuna para volver a terminar sus días en Tenerife, rodeado de su esposa y su prole.
En su larga ausencia, la esposa del indiano fue requerida constantemente por un vecino del pueblo que ya en su juventud la había cortejado sin mayores resultados. A pesar de sus primeras negativas a los asedios de su vecino, Rosario sucumbió sin resistencia tras oír las seductoras promesas del amante, con el que durante algún tiempo mantuvo "ilícitas relaciones".
Fruto de esos encuentros Rosario quedó encinta. Los rumores y comentarios corrían como la pólvora en aquel pequeño pueblo norteño de El Rosario, por lo que Rosario quedó expuesta a la vergüenza pública.
La noticia llegó más lejos de lo que podía suponerse. Cruzó el Atlántico en forma de carta que llevaba fecha de finales de noviembre de 1911, firmada por un indiscreto amigo. En la misiva se revelaba al marido ausente la 'buena nueva', el próximo alumbramiento de su esposa. Cuentan que Ramón se sintió furioso, impotente, humillado, como un marido burlado con irrefrenables ganas de saber la identidad del futuro padre de la criatura. Un dato esencial que no revelaba la importuna carta con la efigie de Alfonso XIII. Lo cierto es que recibir aquella misiva y emprender un largo viaje de regreso a Canarias "fue todo en uno", según relató la prensa.
El indiano llegó para diciembre, en la víspera de la Nochebuena. Tras convencerse de la realidad de la denuncia que le habían hecho, pues Rosario se hallaba a punto de dar a luz, Ramón pasaba las noches en claro. Se le veía por las tres calles del pueblo taciturno y preocupado, entregado de lleno a la tarea de averiguar quién era "el ladrón de su honra". Desde que pisó tierra firme fraguaba una terrible venganza.
Sus sospechas recayeron en su vecino Antonio Sánchez Vera, porque antes de casarse éste sostuvo relaciones con Rosario en un tiempo. Enfurecido y resignado a cumplir con sus amenazas, el martes 26 de enero de 1911, día aciago en nuestro terruño insular, se cruzó con él en una tienda de aceite y vinagre que el comerciante Julián Hernández Rodríguez tenía en el citado pueblo de El Rosario.
Antonio leía tranquilamente el periódico en una de las mesas del inmueble. Ramón Hernández se acercó a él, sacó el revólver que se trajo de Cuba y disparó a bocajarro con un odio insaciable que no había de darle tregua hasta colocar en las entrañas de su vecino la última de las cuatro balas. Antonio Sánchez Vera cayó al suelo, "sin sentido", junto a la mesa en la que instantes antes leía apoyado.
Allí quedó herido gravemente, mientras Ramón emprendió la huida, camino de La Laguna. Una vez llegó a la ciudad, se entregó a las autoridades, relatando a la policía las razones y la forma del crimen.
HUIDA A LA LAGUNA. Avisada la Cruz Roja, el juzgado y los médicos, el herido fue evacuado de manera agónica al Hospital de Los Dolores por una sección de la brigada sanitaria de dicha institución. Pero al rato de haber ingresado dejó de existir.
El suceso conmovió a los vecinos del tranquilo pueblo de El Rosario, despertando el hecho luctuoso un gran interés tanto en la isla de Tenerife como en Gran Canaria, pues el Diario Las Palmas reproduciría también el suceso en una de sus cuatro páginas volanderas.
El autor del crimen, Ramón Hernández Pérez, ingresó en la cárcel del partido judicial de La Laguna, después de que el juez escuchara sin contemplaciones su confesión descarnada y completa. Por aquellos días su esposa dio a luz, atormentada por el fantasma de la culpa. Largo tiempo tardó el pueblo en olvidar aquel suceso ya histórico.
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