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PEDRO SOCORRO En Los Barrancos, un plácido lugar de El Gamonal alto que divide territorialmente los términos municipales de Santa Brígida y Valsequillo, nunca pasaba nada. Pero la noche del viernes 12 de noviembre de 1909, hace un siglo, vivió su peor tragedia. Cuatro miembros de una familia perdieron la vida en una explosión.
La noticia la adelantó el Diario en una escueta nota publicada al día siguiente que luego ampliaría bajo el título de "Los Sucesos de Santa Brígida". Precisaba el cronista que varios obreros del señor Antonio Massieu de la Rocha venían realizando unos trabajos en una finca de su propiedad. Construían un estanque y bancales, piedra sobre piedra, para resguardar los cultivos en aquella geografía agreste del interior de la isla.
Y que por haberse ausentado para América los antiguos arrendatarios de la finca, la cueva en la que éstos residían fue alquilada a dos familias de Valsequillo, Francisco Muñoz Hernández y Miguel Suárez Benítez, casados ambos con dos hermanas, Ángela y Aurora Benítez Rodríguez.
Los dos matrimonios con sus hijos apenas pudieron disfrutar de unas horas de estancia en aquella humilde morada. Era, sin embargo, el mejor hogar que podrían aspirar esos campesinos que arrastraban una vida pobre, mísera y siempre al límite de la subsistencia.
Cuando ambas familias se hallaban descansando sobre unos jergones de paja, entró a la cueva Francisco Muñoz con el propósito de acostarse tras horas de labores agrarias, cargando piedras a destajos.
Francisco Muñoz prendió un fósforo para encender una vela, pero lo hizo con tan mala suerte que la cerilla aún ardiendo la arrojó a un rincón, precisamente en el lugar donde se encontraba un saco con medio quintal de pólvora, destinada a las catas y barrenos con los que se perforaba el abrupto terreno de los Barrancos. Un saco que, junto a otras herramientas, guardaba el obrero Manuel Hernández Suárez, vecino de Utiaca (Vega de San Mateo). Pero la presencia de esa peligrosa sustancia explosiva era desconocida por los nuevos inquilinos.
La explosión fue terrible. La onda expansiva sacó fuera de la cueva a varios de los ocupantes de la casa cueva. El cuerpo de la hija mayor de Francisco Muñoz, de apenas siete años, quedó tan destrozado que "algunos restos fueron recogidos en una palangana", relata el vecino del lugar Jesús Santana Monzón, de 87 años, según le contó su padre, Antonio Santana Perdomo, que residía en una cueva de enfrente y que acudió a auxiliar a las víctimas.
La explosión provocó heridas muy graves a otras seis personas: al propio causante, Francisco Muñoz, a su esposa, Ángela, y a su otro hijo, de cinco años. Malherido y desorientado, Miguel Súarez pudo sacar a su única hija, de 10 años, y a su esposa Aurora. De repente, se percató de que lo que tenía que hacer era pedir ayuda. Antonio Santana, vecino en una cueva de enfrente, llegó allí con presurosa urgencia.
La noticia se recibió en Las Palmas al mediodía del sábado. Tras subirse a varios carruajes, hasta el lugar del suceso se trasladaron el delegado del Gobierno, acompañado del capitán de la Guardia Civil, así como el fiscal de La Peña, el médico Francisco Morón Ruiz y el juez instructor, "el señor Lara".
Precisamente, el juez procedió allí mismo a la práctica de las primeras diligencias y ordenó detener al trabajador de la finca, Manuel Hernández, quien ingresaría horas después en la cárcel de la ciudad a la espera de juicio. Era dueño de la pólvora, para la que no había obtenido el correspondiente permiso.
Uno de los principales problemas en las tareas de rescate fueron los accesos. El Gamonal carecía de carretera y una pequeña vereda, sólo apta para la caballería, comunicaba dificultosamente este pago agrícola con el exterior. Los seis heridos tuvieron que ser evacuados en camillas, a través de un empinado y pedregoso camino.
A la una de la madrugada llegaron al Hospital San Martín. Allí, el doctor Ramírez Doreste tuvo sobreesfuerzo. Pero eran demasiadas horas de camino para quemaduras tan severas. Esa noche de domingo falleció el niño de cinco años, hermano de la primera víctima mortal. Cuatro días más tarde también dejaron de existir sus padres después de horribles padecimientos. La familia de Miguel Suárez, su esposa, Aurora, y su única hija, pudieron vivir para contarlo. Otros cuatro miembros de una familia volaron al cielo tras la explosión en El Barranco.
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