PEDRO GUERRA
Tasagote fue el lugar en que el se iniciaron las llamas. A las siete de la tarde de ayer Abreu comenta: "La verdad es que no sé qué voy a hacer con el animal". Lo comenta cansado junto a un retén de la Policía Local de Mazo, que tenía cortados los accesos a la zona. Pero es que "todo está descontrolado", aseguraba a esa hora Jacob Domínguez, agente local que ya no sabía ni cuántas horas llevaba trabajando. "Ahora mismo no sabemos cómo atajar los frentes". Así fue la jornada del 1 de agosto de 2009 en La Palma. Toda una isla volcada con la tarea de apagar el incendio más voraz que se recuerda y que deja tras de sí tragedias difíciles de olvidar.
"Fue muy triste ver arder las casas", comenta José Calero, que no perdió su vivienda en Tasagote, pero sí "unos viñedos que tenía cerca de casa. Las llamas pasaron muy próximas, pero la vivienda pudo escapar, gracias a Dios". Está en pie desde primera hora de la noche de ayer, cuando el fuego cruzó la carretera en dirección a Los Canarios, en Fuencaliente.
"En toda mi vida yo he visto tres fuegos en Fuencaliente, pero como éste ninguno. Corría en cuestión de segundos". Es el testimonio de José Calero, que también tuvo que abandonar su casa. Como los más de 4.000 palmeros que fueron desalojados en la madrugada del sábado mientras las llamas hacían estragos sobre los pinos de la isla bonita. Más de quinientos efectivos luchaban contra el fuego, en una muestra de solidaridad impresionante: "Las tragedias de este tipo unen a las personas. En Los Canarios había gente colaborando que hacía años que no se hablaba", insiste este agricultor, que tuvo que salir corriendo con su familia, entre los que se encuentra un bebé de un mes y un día. "Te puedes imaginar el miedo que se pasa con un niño tan pequeño", apostilla.
El gesto de los palmeros afectados aún mostraba la tensión vivida cuando se acercaba la noche de ayer. Todo el día de un lado para otro, sorteando el capricho de las llamas a merced del viento y las altas temperaturas y mendigando ante la policía la posibilidad de acercarse a ver si sus viviendas habían ardido o no.
Pero lo peor no era lo ocurrido, sino la incertidumbre. Bien entrada la noche, el viento jugueteaba con las llamas sin rumbo fijo. "Ahora, sin los helicópteros, todo será más complicado", comentaba un bombero en ese momento en el que volvía la incertidumbre.