TOPCANARIAS@EPI.ES
Aún era un chiquillo y me impresionaba con facilidad. Supongo que como a todos, los lujos, grandes coches, última tecnología, dinero para gastar a tu antojo, fiestas y demás eran cosas que me atraían mucho. Pero vivir esas experiencias cuando se tienen 17 años sólo responde a dos posibilidades: o naces en el seno de una familia multimillonaria o te juntas con compañías de dudosa reputación y actividades ilegales. Mi caso fue el segundo. Nunca fui un lumbreras. Todo lo contrario, suspendía año sí año no, pese a que estaba en un colegio de niños bien. Abandoné mis estudios y vivía sin obligaciones ni provecho, pero no era con el consentimiento paterno. Digamos que me busqué la vida entre malas compañías y a través del negocio fácil: el menudeo de droga. Y daba bastantes más beneficios de lo que yo creía.
Manejar dinero, sentirme con poder, se me subió pronto a la cabeza. Y no era más que un pardillo, una marioneta en un mundo de grandes tiburones que en realidad se beneficiaban de mi inocencia. Yo los admiraba, supongo que por la misma sensación de poder que estaba empezando a experimentar. Yo para ellos era el que hacía el trabajo sucio y corría todos los riesgos, pero no era consciente de ello. Aquello que me pedían, aquello hacía. Ni que decir tiene que entré en una vorágine de mucha fiesta y diversión, mucho lujo, con todo al alcance de mi mano, sin más obligación que un sucio trabajo que vivía como un divertimento más. Hasta que un día mis jefes me enviaron al extranjero a llevar dinero, divisas. Como ya he dicho yo era un pardillo que no sabía lo que se traía entre manos. Y nunca hacía preguntas.
Fui a donde me enviaron y pasé un par de semanas a todo tren en el Caribe. Me sentía afortunado. En el viaje de regreso a casa me pidieron que trajera un regalo para uno de mis compañeros y yo ni lo dudé. El paquete contenía más de tres kilogramos de cocaína. Yo no lo sabía, pero el paquete viajaba a mi nombre, y cuando las autoridades lo descubrieron pasé más de un año en un cárcel en el final del mundo. Pero no me quito culpa. Yo merecí estar en prisión porque cometí un delito. Nada supe de mis supuestos compañeros durante todo ese tiempo. Sólo mi familia y los amigos que había dejado atrás cuando cambié de amistades estuvieron para apoyarme en esos momentos tan duros, mandándome cartas que esperaba con ansiedad.
La experiencia que viví en aquella cárcel, a miles de kilómetros de cualquier persona que se preocupara por mí, es inenarrable. Volví a las isla pasados 14 meses y procuré cambiar mi vida. No fui a buscar a los que me habían abandonado y decidí empezar de cero buscando un trabajo digno y creando mi propia familia. Una de verdad. Hoy vuelvo a ser feliz.