JOSÉ JIMÉNEZ
Hay personajes ligados de una manera especial a las ciudades en las que vivieron o desarrollaron su actividad creativa. En algunos casos, esta vinculación va mucho más allá de la huella que dejaron y sus figuras quedan como un elemento más de la vida, historia o fachadas de sus ciudades. Ejemplos hay muchos, pero pocos son tan claros como el binomio Gaudí-Barcelona. El arquitecto catalán ha trascendido ya la figura de personaje de la ciudad Condal para convertirse en una parte más de ella. Su huella se encuentra a lo largo y ancho de la geografía urbana de una población en la que el genio supo encontrar a una clase dirigente valiente y emprendedora que apoyó la obra de un hombre que, en sociedades más conservadoras, no hubiera pasado del estatus de loco o visionario. Pero no; para suerte de todos los hombres y mujeres del mundo, Barcelona supo ver que, tras la extravagancia de un hombre adelantado a su tiempo, se escondía el genio de uno de los mejores artistas de la historia de España.
Empezamos nuestro paseo por el palacio Güell, uno de los primeros trabajos del arquitecto en los que empezó a poner de manifiesto las líneas maestras de su trabajo. Muy cerca de Las Ramblas (Calle Nou de la Rambla, 3), este edificio de líneas neogóticas se empezó a construir en 1880 y ya muestra las primeras inclinaciones de Gaudí por el modernismo. Uno de los hitos de este edificio se encuentra en el terrado, en el que el arquitecto forjó alguna de sus grandes señas de identidad tales como la decoración de las chimeneas y el uso de fragmentos de cerámica en las decoraciones.
Hay que subir por el céntrico paseo de Gracia para encontrarse con otros iconos del genio creativo gaudiano. En primer lugar nos pararemos junto a la Casa Batlló (número 43), un antiguo edificio de mediados del XIX que el arquitecto se encargó de reformar creando una verdadera obra de arte, pese a las reticencias de las autoridades municipales que intentaron frenar el proyecto. Los grandes ventanales, el uso generoso del hierro forjado y los mosaicos de azulejos forman un conjunto preciosista que refleja las ideas de la arquitectura gaudiana como un reflejo de las formas imperfectas pero bellas de la naturaleza (impresionantes esos balcones en forma de cráneos y las columnas que se asemejan a huesos).
Un esquema que también se repite, aunque de una manera más sutil, en la Casa Milá (Paseo de Gracia, 92). Hay quien dice que más que de arquitectura, en La Pedrera (como se conoce de manera popular al inmueble) hay que hablar de escultura. Una escultura de líneas cimbreantes en la que hay verdadero pánico a la recta. El mundo vegetal inspiró un edificio en el que, pese a no existir nada parecido a la simetría, manda la armonía. La azotea de esta obra maestra es, por derecho propio, una de las firmas de marca mundialmente reconocidas de la ciudad y de su arquitecto estrella.
Desde el terrado de la Casa Milá, con sus chimeneas-soldado, se ven las esbeltas torres de la Sagrada Familia (Plaza de la Sagrada Familia), obra inconclusa y máxima expresión del talento de Gaudí. Aprovechando la herencia estética del gótico europeo y poniendo en práctica todas las teorías gaudianas de la 'arquitectura orgánica', se levanta un edificio insustituible que fue la gran obsesión de su creador. En la actualidad, se trabaja para culminar la obra póstuma del arquitecto, ya que en más de un siglo de trabajo apenas se han acabado dos de las cuatro fachadas del templo (las de la Natividad y la Pasión). Aún así, un paseo por el laberinto de pasadizos, criptas, torres y escaleras bien ocupa una mañana entera de no parar.
Y para descansar nada mejor que perderse entre las filigranas de piedra y azulejos del parque Güell (Calle Olot), otra de las genialidades de Gaudí. Este parque, que en principio iba a ser una exclusiva urbanización de residencias unifamiliares, se ha convertido, después de fracasar el proyecto original, en una de las zonas de esparcimiento más originales del mundo.