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"HUBO UN TIEMPO EN QUE LOS BUSQUÉ, EN EL QUE QUISE SABER, PERO ESO QUEDÓ ATRÁS"
Tengo casi 69 años y me llamo María.
Fue el nombre que me pusieron en la casa cuna a la que me llevaron cuando me encontraron abandonada en una especie de cuna de plástico en plena calle. Hoy ya no se ven ese tipo de cosas, aunque se ven otras peores. Aún hoy no sé quiénes son mis padres, ni las razones que les llevaron a renunciar a mí de esa forma.
Hubo un tiempo en que los busqué, en el que quise saber, pero eso quedó atrás. He aprendido a vivir sin dar importancia a quién, cómo, por qué. Hace años, muchos años, decidí que no podía seguir viviendo preocupada sólo por el pasado, por lo que fue antes de que yo llegara. Entendí que si quería ser feliz, ya sólo podía preocuparme de mi presente y de mi futuro. No quiero quejarme de las condiciones en las que crecí, nunca será lo mismo un orfanato que una casa y una familia. Sólo puedo decir que no me faltó la comida, ni el vestido ni la educación, pero sí el cariño y otras cosas más necesarias para el alma.
Mis amigas, compañeras, vivían la misma situación que yo, o parecida. Algunas sí sabían quiénes eran sus padres, pero no podían hacerse cargo de ellas y por eso estaban allí. Las historias que yo conocí en aquella que era mi casa, darían para escribir muchos libros, y la mía es sólo una más de tantas. Es difícil explicar la magnitud de lo que significa ser abandonado por tus padres. Desde la niñez hasta la madurez eso ha marcado toda mi vida.
"ENTENDÍ QUE SI QUERÍA SER FELIZ, YA SÓLO PODÍA PREOCUPARME DE MI PRESENTE Y DE MI FUTURO"
Si nuestros padres, con su forma de criarnos, definen en parte cómo será nuestra personalidad, la ausencia de ellos deja también una huella que diseña gran parte de los patrones de comportamiento de una persona. En todos estos años, más antes que ahora, he imaginado millones de posibilidades, de quiénes serían, cómo se llamarían, de dónde serían, si tengo hermanos, si me parezco a ellos...
A veces pienso que nunca fui una persona mentalmente sana porque no era capaz de entender, de encontrar respuestas. Estudié poco y pronto me puse a trabajar como asistenta interna en una casa en la que me ocupaba de la limpieza, los niños, la comida. Era mi forma de ver de cerca una familia normal.
Me casé joven y dejé de trabajar. Sólo pensaba en formar mi propia familia y darle lo que nunca tuve. Y no era fácil para mí explicar a mis hijos que no sabía quiénes eran sus abuelos maternos, que no los tenían, que si existían, yo no sabía dónde estaban. Con mis nietos ya no ha sido tan difícil, supongo que también ha dejado, en parte, de ser difícil para mí misma. Mi familia es por fortuna, lo mejor de mi vida. Pero ahora siento que ya me queda menos tiempo de vida, y que moriré con todas esas preguntas sin respuesta. He aprendido a vivir a con ellas, pero no las he olvidado.