JOSÉ JIMÉNEZ
El Onyar la parte por la mitad creando dos ciudades casi opuestas que sólo se miran de tú a tú en esa fila de fachadas multicolores que se asoman a un río casi siempre tranquilo. Un par de puentes de la más diversa factura, estilo y edad unen las dos mitades y permiten que en sólo unos segundos el caminante pase de andar entre edificios modernos y avenidas amplias al laberinto de piedras vetustas que serpentean en subidas y bajadas, escaleras recoletas y soportales. Entonces surge la ciudad medieval, con su barrio de los Gremios y el Call, una de las juderías mejor conservadas de España. La imaginación vuela con facilidad y no es difícil ver doblar las esquinas a poderosos caballeros, bellas damas, juglares ingeniosos...
Uno de los puntos fuertes de Gerona es que apenas a un par de decenas de kilómetros se encuentran atractivos como las calas de la Costa Brava, alguno de los mejores restaurantes del mundo o el universo daliliano de Figueras. Pero, por sí sola, esta pequeña capital catalana es todo un lujo y una buena opción para un fin de semana donde se darán la mano arte, historia, buenas compras y una de las gastronomías más interesantes del país.
Martirizada por la ocupación napoleónica de principios del XIX, la urbe ha sabido reconstruir su glorioso pasado sin prescindir de la noble piedra. Es uno de los centros del románico español y junto a claustros como el del Monasterio de Sant Pere de Galligans (actual sede del Museo Arqueológico) o pequeñas iglesias (como la preciosa Capella de Sant Nicolau) se erigen imponentes edificios medievales que hacen de la zona norte de la capital gerundense una auténtica Manhattan de la Edad Media. Las torres y contrafuertes de la Catedral (que posee la nave más amplia de todo el gótico) y la figura esbelta de la Iglesia de Sant Feliu se asemejan a grandes rascacielos de piedra desnuda que evocan paisajes urbanos del Góndor de Tolkien.
A extramuros, el barrio de San Pere se hace más horizontal, pero su pura arquitectura románica, o las vistas sobre la imponente muralla que frenó a ejércitos invasores durante más de ocho siglos. Junto a los muros se extiende el 'Paseo Arqueológico', una buena oportunidad para conocer, a través de lo que dejaron tras de sí, a todos los pueblos que pasaron por una ciudad que guarda piedras romanas, musulmanas y cristianas. Justamente en Sant Pere se encuentra una de estas huellas perennes del paso de los señores de Al-Andalus por la ciudad, aunque, curiosamente, los 'banys arabs' fueron construidos por los cristianos en un puro estilo románico, lo que los convierte en un ejemplo único en España digno de ser visto.
Más allá de las venerables piedras del pasado, Gerona es una ciudad ideal para los amantes de las buenas compras. En torno a los soportales de la Rambla de la Llibertat se concentran los comercios más exclusivos de la capital gerundense, aunque hay otro tipo de tiendas que llaman la atención del viajero. La ciudad no es muy grande, pero posee una de las ofertas bibliográficas más interesantes de Catalunya. Las librerías comerciales (imponente la Ulyssus -Ballesteries, 29- dedicada a los viajes) se alternan con sorpresas como la librería judía del Carrer de la Força (junto al Museo de los Judíos) o algunas librerías de viejo donde se pueden encontrar verdaderas joyas por poco precio.
Y después están los parques verdes y cuidados que rodean la ciudad, y los restaurantes, y esa proverbial hospitalidad de los catalanes cuando uno se acerca a su cultura con respeto y ganas de aprender. Todo eso y mucho más es Girona, una ciudad que se escapa al manido epíteto de ciudad turística. Quizás por eso sea uno de los rincones con más personalidad de España, una joya a la que hay que ir al menos una primera vez en la vida para, después, volver a repetir cuando apetezca. Y serán muchas. Advertidos quedan.