JOSÉ JIMÉNEZ
Molly Malone tira alegre de su carretilla cargada con almejas y berberechos vivos, vivitos. La chica, que vivió en la ciudad allá por el siglo XVII, es de generosa anatomía y enseña sin pudor sus encantos de bronce a una riada de turistas que se fotografían con la infortunada chica que, según la leyenda, aún vaga por las calles en forma de exuberante fantasma tras perecer presa de unas infaustas fiebres. Unos estudiantes del cercano Trinity College, que guarda en su biblioteca el maravilloso Libro de Kells (un manuscrito iluminado del siglo VII), aseguran que esos mariscos no son más que un guiño al verdadero trabajo de la pobre Molly a la que los dublineses, tocados por la varita mágica de un maravilloso sentido del humor, llaman la pelandusca de la carretilla. Es una prueba más del carácter de esta ciudad acogedora y bullanguera como pocas. Una capital que, pese a todo, ha sabido subirse al carro (mucho más rápido que el de la pobre Mallone) del progreso para liderar el milagro económico de Irlanda: el Tigre Celta.
Dublín en gaélico quiere decir algo así como el paso de la ciénaga, pues fue en una zona pantanosa donde los vikingos fundaron este puerto comercial para intercambiar algo más que mandoblazos con la población celta de la isla. En torno a sus muelles creció una activa aldea que se convertiría en ciudad de manos de los anglonormandos, una especie de demonios responsables de casi todo lo malo que ha sucedido en el país en los últimos 700 años si uno hace caso a las conversaciones de pub que tendrá con unos lugareños siempre ávidos de entablar diálogo con el viajero. De esa primera época quedaron joyas góticas como Christ Church o la Iglesia Catedral de San Patricio, edificada junto al pozo en el que el santo bautizó a miles de paganos en su frenética carrera evangelizadora. Ese es otro de los misterios del país; la actividad de San Patricio al que le dio tiempo a estar prácticamente en todos lados y casi al mismo tiempo.
El XVIII trajo consigo el estilo georgiano con sus columnas, sus puertas de colores y sus edificios de carácter palatino. La ciudad creció en lustre gracias a un urbanismo racional y de tintes monumentales que dejaron huella en lugares como O'Conell Street. Pero si algo caracteriza a la capital es que a ambas orillas del Liffey se desarrolla una intensa actividad en torno al pub. Santo y seña de la vida social del país y, según nos confesaba un amigo de barra, "el único sitio de Irlanda donde, a la vez, no llueve y puedes dejar de oír a tu mujer o al cura". Una combinación de ventajas apabullante que explica la proliferación de estos simpáticos locales donde se come poco, se bebe algo más y, sobre todo, se conversa, se oye buena música y se ríe. Es aquí, y tras un par de pintas, donde el nativo se muestra más cercano y hablador. Todo un lujo en estos tiempos de individualismo.
Al calor de las pintas uno puede ir recorriendo los principales lugares de la ciudad: la galería Nacional con los mejores cuadros del Yeats pintor; el National Museum y sus impresionantes colecciones de arte celta o los inquietantes hombres de las turberas; La Chester Beatty Library y su impresionante colección de códices islámicos y orientales... Y para descansar, el pub.
Si eres de los que te dejas arrastrar por lo convencional, entrarás en el Temple Bar junto a miles de turistas para disfrutar de una pinta a empujones mientras escuchas música celta en directo entre gritos. Si te gusta hablar, escuchar y observar, nada mejor que los pequeños pubs que crecen acá y acullá, casi por todos lados. Son una parada y fonda ideal para descansar tras patear Dublín. Si quieres, de la ciudad podemos hablar otro día.