No lo conocía y hace años, unos cinco o seis, comencé a verlo deambulando por el barrio. Supe entonces que estaba a punto de vivir en la calle. A juzgar por su desaliño, estaba en la pobreza. Cada vez le veía con más frecuencia en la calle, abrazado a una mochila. Había trabajado en una televisión y lo despidieron. Pregunté razones y me dijeron que no destacaba por su trabajo. Uno de mis hijos me habló en un par de ocasiones de la calamitosa situación personal del hombre, que entonces rondaba los 50 años y se abría paso en su abismo. Con el tiempo supimos que tenía familia pero estaban hartos de su ruina personal.

Y en eso estaba cuando llegó la pandemia que, si para todos fue tremenda, para él ya se imaginan. No era fácil abandonar a un hombre a vivir en la calle en plena pandemia. Un riesgo para su vida y para la de todos. En esos días, un amigo nos habló de una habitación con baño y cocina que tenía localizada. Era una solución para un par meses hasta que ver si encontraba trabajo. Asumí el coste de una cama y el mínimo necesario, unas sillas, una nevera, una cocina y algo más, hasta ver cómo de alta venía la marea. Durante los seis años que vivió en la habitación, solo pagó dos meses de alquiler, 350 euros cada 30 días. Le pedí a mis hijos que no le dijeran que yo lo pagaría pero que me lo tenía que devolver desde que pudiera afrontar ese gasto. Ilusa. Hace unos meses, una constructora derribó el edificio donde estaba la habitación. Aunque le dijimos que sacara los cuadros, fotos, la cama, la nevera y algo más, que era de nuestra propiedad, ni caso. Así nos pagó. He decidido denunciarlo.