Hacía seis años que vivía prisionera de sus dos hijos que no son unos niños. Están por encima de los treinta y sufren Agarofobia, miedo a los espacios abiertos. Como en tantos otros casos, la enfermedad les estalló en la cara. No sabía nada de ese diagnóstico pero tenía claro que la conducta de sus hijos no era normal. Por lo que cuenta, uno de los chicos comenzó años atrás a no manifestar ningún interés por lo que pasaba en la calle y el otro, igual. Su refugio era la habitación y un móvil que nunca sonaba. Sin duda el gran error de esos padres fue no acudir al médico para que les orientara. Un día se animaron y consultaron. El facultativo les habló sin tapujos e incluso les recriminó no haber pedido ayuda mucho tiempo antes. Y es a partir de ahí cuando comienza a enredarse la situación: los hijos no quisieron ir al médico alegando que no les pasaba nada, simplemente que los amigos que compartían no les gustaban; ellos iban a la playa y los hermanos los esperaban en la acera o en un portal. A solas.

Quienes conocíamos el diagnóstico y en consecuencia la angustia de los progenitores, tratamos de buscar ayuda pero la rechazaron. Ni caso. La mujer no se atrevía a ejercer su autoridad como madre, pero no podía con ellos que la tenían esclavizada. La mamá era la que iba a la compra, a por recetas, etc. Como estaba previsto, la mujer desarrolló una depresión y solo en esa situación los médicos pisaron el acelerador y después de muchas charlas con los enfermos, los conminaron a entrar en un programa de salud cuyo eje central era respirar en la calle. Hace dos meses viajaron a Galicia gracias a ese programa. Un gran paso al que seguirán muchos más.