Imagine la escena. Transcurre en un hospital, aunque podría ser también una clínica privada, y pasa cada día. No se piense que es nada extraño. En un despacho, un médico se reúne con un paciente. Quizás haya algún familiar. Hasta aquí todo parece normal. El objetivo es transmitirle una noticia trágica, nefasta, funesta –son libres de añadir todos los adjetivos que se les ocurran– sobre su estado de salud. Un golpe que con seguridad le dejará marca. Las palabras que durante ese encuentro salgan de la boca del profesional sanitario retumbarán –muy probablemente– de por vida en la cabeza del paciente. ¿Todas? Seguramente no. Diversos estudios señalan que solo la primera o las primeras frases que se pronuncien crearán huella en el cerebro del que recibe la fatal información. Depende también de lo directo que sea el médico. “Es importante mimar al máximo esa primera conversación, para lograr que el impacto sea menor”, señala María Eugenia Díez Fernández, psicóloga clínica del Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA) y que se dedica a dar formación a los médicos asturianos sobre cómo afrontar ese mal trago de su trabajo.

¿Las claves? Cuestiones básicas como conocer al paciente, tener empatía (entendida como ponerse en el lugar del otro) y no soltarlo todo de golpe. Permitir que cada paciente vaya asimilando poco a poco el golpe. Interiorizándolo. Incluso, es conveniente trocear la escena en varias, que haya distintas reuniones, coinciden los sanitarios asturianos. La noticia puede ser tan impactante como un tumor, una enfermedad rara o incurable… El abanico de posibilidades es inmenso. Pueden, incluso, añadir el covid-19 a la lista.

Algo así es complicado de edulcorar, con lo que el mal trago, de primeras, será inevitable. Sin embargo, los médicos tienen en su mano conseguir que la noticia no se le atragante, porque podría tener incluso consecuencias nefastas sobre la efectividad del tratamiento, dicen. “El paciente llega un momento en que se bloquea, que entra en un estado de shock grande; hay que tener en cuenta las señales que emite, también las no verbales –sostiene Díez–. Este tiene que ser un proceso de comunicación bidireccional, en el que hay que tener en cuenta que entre lo que el paciente entiende y lo que el médico cree que el paciente entiende suele haber una discordancia clarísima”. La psicóloga también lamenta que, pese a lo importante –e impactante– del momento, no se suele preparar a los profesionales sanitarios para hacer frente a una situación así.

La planificación por parte del médico es esencial. Fundamental. El problema, critican los sanitarios, es que en la Facultad de Medicina hay poca teoría, y aún menos práctica, sobre cómo abordar una situación de estas características. Por lo que son los propios psicólogos o los propios médicos del hospital los que acaban instruyendo a los nuevos residentes acerca de cómo enfrentarse a un momento de ese calibre. Paula Jiménez Fonseca, oncóloga en el Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA) y coordinador del curso MIR en la región, asegura que la forma en la que “comuniquemos una mala noticia a un paciente influirá en la comprensión de la información, el ajuste psicológico e incluso en la adherencia al tratamiento”. Puede ocurrir que el mal trago se le atragante tanto al paciente que incluso provoque que los medicamentos ya no le surtan tanto efecto como deberían.

Conceptos tan manidos en la práctica de la psicología como el de la empatía son fundamentales. Hay que ponerse en el lugar del otro. Intentar anticipar cómo se va a sentir, cómo puede sentarle la noticia. Lo dice la propia Paula Jiménez: “Es básico, antes de comunicar, conocer a la persona, conocer sus deseos y sus expectativas. Preguntarle puede ayudar a establecer cuánto sabe y cuánto quiere saber sobre la situación. Esto nos permitirá informar de forma clara y accesible a cada paciente”.

Cada persona es un mundo, como reza el dicho, y la asimilación de una mala noticia y de sus consecuencias no encuentra siempre el mismo acomodo. “Durante la conversación debemos realizar preguntas para chequear si el paciente comprende la información o si precisa refuerzo en algún punto –resalta Jiménez Fonseca–. La veracidad, el tacto y la empatía son necesarias en la comunicación con el paciente, y especialmente cuando se dan malas noticias”.

En la misma idea incide María Eugenia Díez, que insiste en que hay varias tipologías de pacientes, y eso es algo que el médico debe tener también en cuenta. “Los hay que quieren tener toda la información de primera mano y otros que prefieren que un familiar esté presente –apunta–. Los hay que son ‘evitadores’ natos y que si les das mucha información los matas”. Todas esas cuestiones hay que tenerlas en cuenta. Y otra que se suele pasar por alto es el ambiente en el que se transmiten esas malas noticias. Lo destaca Jiménez Fonseca: “Otro aspecto fundamental es el entorno en el que informamos, que debe preservar la privacidad, y el estilo debe ser tranquilo y cercano, manteniendo un contacto visual y una proximidad física”.

La médica psiquiatra y directora médica del Grupo Pérez-Espinosa, Teresa Pérez-Espinosa, asegura que “la enfermedad y la muerte forman parte de la vida, por ello es necesario integrar habilidades de comunicación en la práctica médica diaria. El modo de dar una mala noticia es determinante en el impacto emocional de quien la recibe, y de la gestión posterior del daño depende evitar un duelo patológico. No debe olvidarse nunca el valor de la empatía, cualidad humana imprescindible ante el sufrimiento”.

 

Y ofrece una serie de consejos para que los médicos afronten estas situaciones: “Hay que preparar la entrevista en un entorno privado, usar un lenguaje cuidadoso y claro, y tener empatía, eso es clave”.

¿Cómo soltar la información? ¿En dosis o toda de golpe? Responde Jiménez Fonseca: “Hay que adaptarse al paciente y al concepto de verdad tolerable, que es aquella que el paciente puede asumir sin que le cause un grave daño psicológico o físico. El médico debe adaptarse al ritmo del paciente permitiéndole que exprese sus emociones y resolviendo las dudas que puedan surgir. Tras una mala noticia es frecuente que el paciente se bloquee, deje de escuchar, y se deba dividir la información en varios días para favorecer el afrontamiento”.

las dosis deben ir acompañadas de una pequeña esperanza. Hay que dejar la ventana abierta. “Toda mala noticia debe ir acompañada de una esperanza realista y de ayuda al enfermo. Con ello, se logrará la implicación del paciente en el diseño de una estrategia o plan de tratamiento en el nuevo contexto clínico”, agrega Jiménez Fonseca.

Con esto de suministrar información al paciente ha habido dos épocas, explica María Eugenia Díez: una basada en el ocultamiento y la actual, que es de un aperturismo casi total. “El paciente ahora tiene el derecho a saber y conocer lo que le pasa, y no podemos caer en que como no me pregunta es que no quiere saber. Muchas veces los profesionales médicos no se dan cuenta de que cuando una persona está hospitalizada está atemorizada”, asegura Díez.

Cuando recibe el golpe, los pacientes suelen pasar por una serie de fases. En algunos casos, similares a las del duelo. “Es una situación de estrés muy grande”, señala Díez. Pasan por un periodo de negación, de rabia, pena… hasta llegar a la aceptación. “Es importante que se sientan apoyados por su médico. El profesional debe dar apoyo emocional para que el paciente pueda procesar bien la información”, agrega. Si no se hace así, el mal trago puede convertirse en un problema de primera magnitud. Incluso en un problema de estrés postraumático.

Eso sí, los sanitarios asturianos llaman a acabar con la “conspiración de silencio” que suele haber con los familiares para evitar transmitir las malas noticias al afectado. Cada paciente tiene derecho a saber, pero a diferentes dosis.

LOS PASOS PARA COMUNICAR UNA ENFERMEDAD