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Un suceso trascendental para la Transición en Canarias

La verdad de la muerte accidental de Bartolomé

Bartolomé García fue un inocente herido y muerto por un cúmulo de errores pero nunca por razones políticas. Nunca hubo en nosotros ánimo previo de matar. ¡Que descanse en paz!

Manifestantes hacen pintadas en una guagua en las movilizaciones posteriores a la muerte de Bartolomé.

Manifestantes hacen pintadas en una guagua en las movilizaciones posteriores a la muerte de Bartolomé. LP/DLP

Dolorosamente harto de la continuada manipulación de un triste suceso, pese al tiempo transcurrido, hago el presente informe recogiendo la verdad de unos hechos, tantas veces alterados en beneficio de unos intereses políticos que, absolutamente, nada tuvieron que ver con la realidad. Si no he salido antes al paso para desmentir tanto infundio y falsedad ha sido por evitar, prudentemente, estériles debates. Pero hoy, ya jubilado del Cuerpo Nacional de Policía, en el que siempre he servido con dignidad, he decidido contar la verdad, tan alejada de la marea de infamias que se han vertido y que afrentan mi honorabilidad y la de mis compañeros, con los que hace muchos años no tengo relación ni noticia.

Antecedentes

Tras salir ileso de un atentado por parte de un comando de ETA en San Sebastián (pertenecía al Grupo Antiterrorista de Guipúzcoa), pedí traslado a Santa Cruz de Tenerife, a donde llegué con mi familia de entonces, mujer y dos niños de corta edad. Y digo "familia de entonces" ya que la tensión de aquellos acontecimientos provocaría, tiempo después, el divorcio.

Al llegar tomé las vacaciones anuales, comenzando el servicio unos 20 días antes de los hechos. Durante ese tiempo, los compañeros del AT [Grupo Antiterrorista] de San Sebastián me informaron telefónicamente de que el comando de ETA que intentó asesinarme había sido detenido.

Desde hacía meses, el Rubio se había convertido en el delincuente común más buscado de España, acusado del secuestro y desaparición del industrial tabaquero Eufemiano Fuentes, así como del asesinato, meses antes, de un compañero del Cuerpo General de la Policía (CGP) durante una operación montada para su detención y de la que consiguió huir. El disparo alcanzó al compañero en el corazón.

Sobre el Rubio se había montado toda una leyenda: que era un tirador muy peligroso, siempre armado, y que tenía una gran habilidad para los disfraces.

Eran tiempos en los que las industrias tabaqueras americanas trataban de desembarcar en España a través de Tabacalera, ante las restrictivas normas que, para el consumo, ya se estaban imponiendo en Norteamérica.

Esa es otra historia, oculta y paralela a los hechos que nos ocupan, pero que quizás fue el motor de las actividades de el Rubio de Arucas. En corto tiempo se produjo el supuesto secuestro de Eufemiano Fuentes, la quema de una tabaquera canaria y el robo de la nómina de otra.

El independentismo canario estaba en aquellas fechas en plena efervescencia. Había frecuentes manifestaciones en las que se exhibía la bandera separatista, algunas de suma violencia. Muchas calles de Santa Cruz estaban en obras, lo que propiciaba abundante munición a los más violentos.

Los hechos se produjeron el miércoles 22 de septiembre de 1976, sobre las 11.30 horas. El lunes anterior se había recibido un oficio de la Comisaría de Las Palmas en el que se informaba "con la total certeza" de que el Rubio se encontrara oculto en el domicilio de "Antonia" (según el informe, su amante, con la que tenía un hijo de corta edad), dando la dirección exacta en la barriada de Somosierra. Como consecuencia de aquel oficio, a partir del lunes, se dieron las siguientes coincidencias:

- El delegado (entonces Santa Cruz era Delegación y no Jefatura Superior) se tomó unas cortas vacaciones, quedando al frente el segundo.

- Por parte del jefe accidental se pulsó la situación de la Brigada de Investigación Criminal para que se hiciera cargo del asunto, resultando que todos los funcionarios tenían previsto, precisamente para ese día y semana, una enorme cantidad de "servicios urgentes", la mayoría al sur de la Isla.

- Se decidió que la Brigada de Información se hiciera cargo. Para ello llamaron con urgencia al inspector Merino, que se encontraba de vacaciones, poniéndole al frente del dispositivo por considerarle el más idóneo.

Yo supe todo esto después, ya que no conocía a nadie y nadie me informó.

Los hechos

Cuando aquella mañana, a primera hora, me presenté al servicio en la Brigada de Información, a la que había sido destinado a mi llegada, me llevé una sorpresa. La Brigada estaba desierta y el armero, abierto de par en par.

Iba a llamar por teléfono para enterarme de lo que pasaba cuando un compañero al que apenas conocía, Del Arco, bajó precipitadamente las escaleras. Llevaba en las manos una Igran Marieta M-11, 9 mm. Parabellum con un cargador y venía a buscar otro. Le pregunté que qué pasaba y me respondió que iban a por el Rubio. Le pregunté si me podía unir al servicio y me contestó que no lo creía, pero que se lo preguntara a Merino, que era el jefe del dispositivo.

Tomé del armero un subfusil Cetme C-2 con dos cargadores y subí, preguntando a Merino si podía acompañarles. Me dijo que sí y partimos con dos o tres K (vehículos camuflados, sin distintivo policial). En el patio, Merino le dio instrucciones, sobre el capó de un coche y con un plano, al jefe de la sección de la Policía Armada (PA) que nos iba a acompañar, saliendo en caravana los K y los vehículos grises de la PA.

Al llegar a un portal, Merino, con dos compañeros y dos PA, comenzó a subir la escalera, diciendo a los uniformados que subieran a la terraza y estuvieran atentos, por si alguien trataba de escapar por allí. Mientras, en el exterior, el edificio era rodeado por los efectivos de la Policía Armada.

Yo vestía un traje gris de verano y me entretuve un momento para dejar la chaqueta en el picaporte de la puerta del portal, subiendo a toda prisa las escaleras. Al llegar -creo recordar- al descansillo anterior al 3º, vi que Merino, con el mandamiento judicial de entrada en una mano y junto a los otros compañeros, llamaba a la puerta de enfrente, haciéndome señas de que me quedara en el descansillo inferior. Monté el subfusil y, cuando estaba mirando si todo estaba correcto en el arma, sonó un disparo, al que se fueron uniendo otros sueltos seguidos de ráfagas. El ruido en el hueco de la escalera era ensordecedor por el eco que producían los disparos.

Instintivamente bajé del descansillo y me parapeté tras la barandilla, que era de obra, para seguidamente y desde esa posición sacar la cabeza y observar. Lo que vi era dantesco. Una pierna, con el pie hacia arriba, asomaba en el suelo del descansillo superior y desde la puerta que tenía enfrente saltaban astillas en dirección al lado derecho, donde temía estaban el resto de compañeros. (Entonces no podía suponer que las astillas saltaban por la entrada de proyectiles; pensé que eran de salida).

Supuse que el herido era Merino y que estaban disparando desde dentro al resto de compañeros. Quité el seguro y apuntando por encima de la pierna estirada en el suelo hice una corta ráfaga al lateral derecho de la puerta, tratando de neutralizar el fuego. Al intentar hacer la segunda, el arma se interrumpió. Entre el ruido ensordecedor volví a parapetarme tras la barandilla y, agachado, saqué el cargador, solventé la interrupción y puse otro cargador, entregando el primero hacia atrás, a un compañero. Al mirar hacia atrás me vi en mayor peligro que el que tenía delante. El compañero, con la cabeza entre los hombros y los ojos cerrados, mantenía en la mano un revólver, amartillado y apuntándome. Con el cargador le retiré el arma a un lado, diciéndole que tuviera cuidado; dijo que tenía razón, bajó el revólver, cogió el cargador que le alargaba y salió corriendo escaleras abajo.

A todo esto se había hecho el silencio entre voces de alto el fuego, dadas por los compañeros que estaban arriba. Al asomarme, la pierna ya no se veía y supuse que al herido lo habrían arrastrado hacia la derecha para ponerlo a cubierto. Puse el seguro del subfusil y esperé. No tardaron en sonar voces de "Policía, salgan con las manos en alto", a las que les seguía el silencio. Pregunté que si había heridos arriba y respondieron, para mi tranquilidad, que no. Con precaución y agachado, me asomé a la ventana de la escalera; en la calle, los policías armados estaban a la expectativa. Les grité que pidieran al cuartel gases lacrimógenos y máscaras, pensando que la situación se iba a prolongar.

Al rato sonó una voz de hombre desde el interior de la vivienda, preguntando que si era la Policía. Se le contestó que sí, y que salieran todos (no sabíamos cuántas personas estarían dentro), con las manos en alto, y que no pasaría nada. Al cabo de un instante el de dentro dijo: "No disparen, vamos a salir".

Se abrió la puerta. Ante ella apareció un joven alto, bien proporcionado, con barba negra cerrada y con las manos en alto. Detrás de él, como protegiéndola, apareció una mujer joven, más baja y que llevaba en los brazos a un bebé envuelto en una toquilla. La sangre se me heló en las venas.

Vi que el joven, tremendamente pálido, vacilaba; estrechó su hombro derecho con la mano izquierda y se apoyó en el lateral.

Viendo su posición inestable, aseguré el subfusil, lo dejé en la escalera y subí rápido hasta su altura. Era tiempo, ya que casi no me dio ocasión de abrazarle. A punto estuvo de caer escaleras abajo. Como pude lo puse sobre los hombros y dije a los demás: "Me lo llevo; dejo ahí el subfusil". Ellos estaban entrando al piso con todas las precauciones, armas por delante, y gritando cada poco "Policía".

A trompicones bajé la escalera, cogí la chaqueta y, al llegar a la calle, pedí a voces un coche. No tardó en aparecer un K. Al conductor le conocía por haber estado también en San Sebastián. Me ayudó a poner al herido echado en el asiento trasero y le pedí que saliera a toda velocidad al hospital más cercano, poniendo el destellante y la sirena.

Pese a los vaivenes debidos a la velocidad, me volví hacia atrás poniéndome de rodillas en mi asiento, diciéndole al herido:

- Buena las has armado. ¿Por qué has disparado?

A lo que me contestó:

- Yo no he disparado.

- ¿Cómo que no has disparado? ¿Quién tiraba desde dentro?

- Nadie.

- Pero vamos a ver, ¿tú no eres el Rubio?

Negando con la cabeza, respondió - No, soy Bartolomé García, primo de Antonia. Mi padre es guardia civil y soy estudiante de Magisterio.

El cielo se desplomó sobre mi cabeza.

Bartolomé estaba muy pálido y tenía la nariz afilada. Hizo una mueca de dolor y le pregunté qué le dolía.

- El hombro -, me dijo, y se lo seguía apretando.

Vi que debajo de su cuerpo había ya un pequeño charco de sangre sobre el asiento. Le levanté la camiseta buscando otros impactos y vi que a la altura del estómago tenía una entrada de bala en diagonal.

Le cogí la mano derecha, que colgaba del asiento, y le grité:

- ¡No te duermas!, sigue despierto. ¿Me ves?

Respondió que sí con la cabeza.

- ¿Crees en Dios? -, le pregunté.

- Sí -, volvió a responder.

-Reza, reza mucho -, le dije.

Me apretó la mano.

Llegamos a urgencias de un hospital. Salí del coche y pedí a voces asistencia. Aparecieron dos personas que, al ver la situación, volvieron a entrar trayendo una camilla. Lo acomodamos en ella y lo metieron. Volví al coche y le pedí al conductor que me llevase a la Delegación. La radio era una fiesta:

- ¡Ha caído! ¡Hemos cogido a el Rubio! ¡Ya era hora!

Aprovechando un hueco entre comunicados abrí el micro de la radio y casi grité:

- A todos los equipos: ¡No es el Rubio! Repito, el herido no es el Rubio. Es un estudiante hijo de un guardia civil.

El silencio se hizo en la radio.

Al llegar a la Delegación me salió al paso el segundo.

- ¿Seguro que no es el Rubio?

- Seguro -, le dije.

- Ten en cuenta que es un maestro del disfraz.

- Repito que no es él.

- ¿Tú disparaste?

- Sí, una ráfaga.

- Menos mal - respondió aliviado -, desde que dijiste que no era él aquí nadie ha disparado. Hazme un informe por escrito.

Se lo hice contando, como ahora, todos los detalles.

Explicación de los hechos

Hasta aquí he expuesto todo lo que viví esa aciaga mañana tal y como lo vi.

La explicación completa vendría con el tiempo, al juntar las historias de todos los que participamos.

Volvamos al punto donde me paré unos instantes para colgar la chaqueta en el picaporte de la puerta.

Merino, junto con Estrada, Del Arco y dos policías armados, subieron hasta el tercero. Al llegar, Merino les dijo a los uniformados que subieran a la terraza para vigilar. Mientras él, con el mandamiento judicial de entrada en la mano, tocó el timbre del piso. Al poco, la puerta se abrió, apareciendo un hombre con barba espesa. Merino se identificó, enseñando la placa que llevaba bajo la solapa y mostrando el mandamiento. En eso, de forma brusca, el hombre trató de cerrar la puerta violentamente, impidiéndoselo Merino, que había puesto el pie izquierdo en el marco interior. Entonces, el de dentro abrió de nuevo la puerta dando un fuerte empellón a Merino que, desequilibrado, cayó hacia atrás mientras desenfundaba su pistola, de doble acción, previamente montada que, al caer para atrás y golpearse el codo, se disparó. La puerta se volvió a cerrar.

En ese momento, los dos PA que Merino había mandado a la terraza bajaban para decir que la puerta estaba cerrada, momento en que oyeron el disparo y vieron al jefe del dispositivo en el suelo.

Pensando que había sido abatido desde dentro, hicieron fuego con sus pistolas.

Estrada y Del Arco, viendo a Merino en el suelo y saltar astillas de la puerta, pensando también que disparaban desde dentro, hicieron fuego a su vez a ráfagas.

Yo, desde el descansillo inferior, viendo la situación, la pierna en el suelo y las astillas de la puerta saltar hacia fuera, no lo dudé y disparé también la corta ráfaga antes de que el subfusil se interrumpiera.

Como dije anteriormente, el ruido era ensordecedor en el hueco de escalera.

Se ha especulado mucho sobre el número de impactos en la puerta. Las armas que se dispararon eran tres pistolas semiautomáticas y tres subfusiles. La Ingram Marieta tiene una cadencia de unos 1.200 disparos por minuto. A nadie debe extrañar tal número de impactos.

El servicio se había reforzado con ese armamento ya que a quien buscábamos era a el Rubio, no a un delincuente cualquiera.

Lo que Antonia declaró en el juicio oral

Corroborando los hechos vistos desde fuera, como hasta ahora he expuesto, la declaración de Antonia en el juicio oral vino a confirmarlos.

Ella dijo en su testimonio que al llamar a la puerta salió a abrir su primo y que al ver gente armada en el descansillo, cerró la puerta violentamente mientras le decía a ella: ¡"Es el Rubio y su banda, escóndete, van a matarnos!"

¿Por qué Bartolomé confundió la presencia policial con el Rubio y su supuesta banda?

¿Por qué tenían que ocultarse?

¿Por qué iban a matarlos?

La reacción lógica ante la identificación de Merino hubiese sido que Bartolomé llamase a su prima. A esta se le hubiera informado de los hechos, se hubiera practicado un registro y nada más.

Consecuencias

Por desgracia, Bartolomé murió a los dos días.

Durante ese tiempo la atmósfera social estaba muy tensa. El Movimiento por la Autodeterminación e Independencia del Archipiélago Canario (Mpaiac), liderado por Antonio Cubillo, junto a las células de extrema izquierda de La Laguna, aprovecharon la situación como caldo de cultivo para sus intereses.

Apenas confirmada la noticia de la muerte de Bartolomé, las convocatorias de manifestación no se hicieron esperar. En aquel momento muchas de las calles de Santa Cruz de Tenerife estaban en obras, con los adoquines levantados, como ya se dice anteriormente. Armados con tales proyectiles, la violencia de aquellas manifestaciones fue brutal. No había visto nada parecido ni en las de San Sebastián. Llegó un momento en el que el jefe de la Policía Armada, no recuerdo si coronel o teniente coronel, comunicó al gobernador civil que estaban desbordados y que sólo podían replegarse para defender edificios oficiales.

Al parecer, el gobernador civil se ahogó en una botella de güisqui; afortunadamente estaba en esos momentos el comisario general de Investigación Criminal en visita oficial a las Islas y tomó el timón. Urgió al Jefe de la PA que resistiera sin replegarse y que contuviera a los manifestantes.

Al mismo tiempo, un pequeño grupo de compañeros de Información, desobedeciendo las órdenes que teníamos de permanecer en la Delegación para su defensa en caso necesario, salió con un par de vehículos camuflados y, conociendo como conocían a los cabecillas extremistas, procedieron a detener, a la cabeza de las manifestaciones (hay que tener valor), a tres o cuatro de ellos. Eso fue suficiente para que los manifestantes, sin dirigentes, se disolviesen.

Al segundo día llegó la Reserva Aerotransportable desde la Península y la situación se controló plenamente.

El día de los hechos, miércoles 22 por la tarde-noche, el director de un medio de comunicación llamó a la Delegación para informarse. Por parte del segundo se le respondió que llamara a Madrid.

- ¿Cómo que llame a Madrid si esto ha ocurrido aquí? -, respondió el director.

Al insistirle el otro que tenía que llamar a Madrid (se ponía de perfil para no mojarse), el director del periódico se enfadó y al parecer ordenó parar la edición y cambiar la primera plana.

Así comenzó la guerra mediática.

Nunca, jamás, hubo constancia ni antecedente alguno de que Bartolomé militara en algún partido político ni separatista.

Esos fueron intentos posteriores para vincular su muerte con la represión.

Personalmente me congratulo de que su memoria siga viva y que hayan puesto una plaza a su nombre. Pero, insisto, son totalmente falsas las vinculaciones políticas que se han inventado.

Colofón

Estos son los hechos. Quizás, el mucho tiempo transcurrido me haga olvidar algún aspecto circunstancial, pero el núcleo real y verdadero es este.

Desgraciadamente para mí ni lo he olvidado ni lo olvidaré mientras viva.

Basta ya de añadir a la tragedia tanta distorsión y mentiras interesadas.

Sólo me resta pedir perdón a los familiares de Bartolomé por el sufrimiento causado. En su momento ya se lo pedí a su padre en el juicio oral.

Bartolomé García fue un inocente herido y muerto por un cúmulo de errores. Nunca hubo en nosotros ánimo previo de matar. ¡Que descanse en paz!

José María de Vicente ToribioInspector jefe del Cuerpo Nacional de Policía jubilado

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