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Franco, lengua y Barcelona

El escritor Eduardo Mendoza indaga, desde la distancia y el conocimiento, sobre el conflicto soberanista en 'Qué está pasando en Cataluña'

Asistentes en un macroconcierto organizado por ANC en Montjuic.

Asistentes en un macroconcierto organizado por ANC en Montjuic. EFE

La crisis catalana ha generado, hasta el hartazgo, una proliferación de textos de tonos distintos, desde el catequético y militante hasta otros más analíticos y reposados. Tanto el empeño en explicar como el de apologizar embarran un terreno por el que ya resulta difícil moverse, también en lo intelectual, tanto por sus condiciones previas como por el exceso de tránsito. Aunque parezca imposible a estas alturas, Eduardo Mendoza alivia el debate empantanado con una reflexión desde la distancia de quien pasa mucho tiempo fuera de España y la cercanía del conocimiento directo de lo que habla. La suya es una visión desmarcada de banderías ("no me gusta ninguno de los dos") pero sin falsa equidistancia y muy reveladora de cómo el conflicto soberanista ha empequeñecido a una Cataluña que en otro tiempo creíamos abierta al mundo.

En "Qué está pasando en Cataluña" (Seix Barral), el más reciente Premio Cervantes intenta desmontar mitos y prejuicios en busca de una perspectiva despejada sobre el origen y recorrido de lo que vivimos como el suceso político más complicado desde la muerte de Franco. Y el opúsculo, de apenas 94 páginas, empieza por cuestionarse que Franco haya muerto realmente, a la vista de la "persistencia con que algunos sectores, especialmente en Cataluña" sacan su figura "en procesión para justificar actuaciones o invalidar las del contrario". "El franquismo, tal como ahora se le invoca, es una simple manipulación de un concepto que vale para muchas cosas y que, afortunadamente, nada tiene que ver con el artículo genuino", escribe Mendoza. "Lo que perdura es una concepción de la realidad política impuesta por el franquismo y de la que la sociedad española, incluida la catalana, no se ha sabido desprender", por lo que resulta imprescindible "despertar del sueño heredado del franquismo, un ejercicio que en muchos sectores todavía no se ha empezado a hacer". Salir del bucle catalán requiere, primero, una ruptura con ese marco conceptual que tiende a hacerse indeleble y que, para el autor, no hemos conseguido superar tras cuarenta años de democracia.

Esa persistencia del franquismo convive sin fricciones con una deriva perversa del aprendizaje democrático que es la concepción milagrera del voto como remedio para todo, apunta el autor más reconocido de las letras españolas.

Una parte de la reflexión de Mendoza sobre el conflicto catalán se sustenta sobre lo que fue su primer núcleo narrativo, la Cataluña a caballo entre el XIX y el XX marcada por el conflicto social en torno a la industrialización, tan bien narrada en "La verdad sobre el caso Savolta" o "La ciudad de los prodigios". Hay una base histórica sobre la que el autor indagó hace ya cuatro décadas con los mecanismos de la literatura, lo que amplía su aportación más allá de la visión del historiador. La cerrazón secular catalana se encontró, con el auge industrial, frente a una fuente de tensión lejana pero cuyos ecos todavía nos alcanzan. "Barcelona vivió la contradicción de ser una sociedad cerrada y, al mismo tiempo, recibir fuertes flujos migratorios". La acumulación de capital sobre el que se sustentaba esa burguesía promotora de la industrialización difiere poco de la de sus homólogos del resto del país aunque tiene rasgos particulares. "La capitalización de Cataluña se hizo a costa de los esclavos y los catalanes se opusieron hasta el último momento a la abolición de la esclavitud, una actitud reaccionaria incluso en términos de la España decimonónica".

Ante la violencia que generaban las tensiones sociales, "la revolución industrial en Cataluña acabó dependiendo en buena parte del Gobierno central para mantener el orden público y también para promulgar unas leyes proteccionistas que evitaran la competencia de industrias extranjeras más sólidas". Vuelve el Mendoza primigenio para contarnos que "la industria catalana siempre fue precaria" y "la burguesía pocas veces pudo disfrutar de la riqueza".

Esa burguesía cerró filas frente a la llegada de los foráneos, que sólo interesaban como componente imprescindible en el desarrollo industrial. La lengua fue un elemento decisivo para distinguir a los catalanes de siempre de los recién llegados, "sirvió para reforzar la barrera social" y, según Mendoza, "desde entonces convivieron en Cataluña dos comunidades distintas que apenas tenían contacto entre sí".

La lengua, que nunca debe perderse de vista como un elemento crucial de la cuestión catalana, opera además en otra dirección, de matriz herderiana, netamente romántica, que es su identificación como plasmación del alma colectiva. La burguesía construyó una identidad propia, "una Cataluña de cuento de hadas" materializada en elementos como una arquitectura modernista que evoca "un pasado medio extinto, medio imaginario".

Además del marco deformante de la pervivencia del franquismo y el destilado de las señas singulares, Mendoza se adentra en un tercer elemento de la cuestión catalana que son las tensiones territoriales, pero no con España sino las suyas propias, de puertas adentro. "Si en algún lugar se puede hablar de centralismo a ultranza es en Cataluña. Barcelona siempre despreció las ciudades de segundo rango y éstas siempre le pagaron con la misma moneda", expone Mendoza. Hace un cuarto de siglo, con las Olimpiadas, "Barcelona pasó de ser una ciudad marginal a ser un referente mundial", quizá la razón de que se mantenga como primer destino español del turismo internacional pese al descenso continuo de visitantes en los últimos meses.

Pese a su éxito exterior, "Barcelona era y sigue siendo algo ajeno a la Cataluña ideal. En el subconsciente catalán pervive la nostalgia de una Cataluña rural". Para Mendoza, "quizá no sea casual que el éxito fulgurante de una Barcelona convertida a los ojos del mundo en la quintaesencia del glamour haya coincidido con un recrudecimiento del movimiento soberanista, que es, en muchos sentidos, un deseo de dejar de lado el artificio urbano y devolver el protagonismo a la Cataluña rural, la verdadera".

Para el autor de "El año del diluvio", "no hay razón práctica que justifique el deseo de independizarse de España". La cuestión catalana se desmandó porque "ni los unos ni los otros creían que se avanzaría tanto y que el impulso separatista se haría tan extenso y tan dinámico". "Se ha llegado muy lejos sin saber cómo ni para qué", concluye Eduardo Mendoza en su intento de poner fin al eterno día de la banderita.

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