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Crisis migratoria

“¿Le hago un bizum y se lo da?”

A través del envío telefónico de dinero, vecinos de la capital mediaron para que los migrantes recibieran efectivo de sus familias

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Solos, sin agua, sin comida y sin saber a dónde ir, unos 140 inmigrantes de origen marroquí permanecieron durante horas ante la Delegación del Gobierno en la capital grancanaria. Los vecinos, ante el abandono del Estado, les brindaron ayuda hasta que el Gobierno regional, el Ayuntamiento y Cruz Roja pudieron montar un plan de acogida en hoteles del Sur.  La mayoría, desesperados, buscaban hablar con sus familiares y amigos en la Península.

Samir, de 20 años, tuvo suerte. Le prestaron un móvil con el que pudo contactar con su primo Mohamed, que vive en Albacete desde hace dos décadas y es teleoperador. Habla perfectamente español, al contrario que Samir, así que Mohamed, desde el altavoz del teléfono, se convirtió en el intérprete: “¿Dónde está mi primo?”, preguntó a la persona que le había cedido el móvil. “En la plaza de La Feria, en Las Palmas de Gran Canaria”, le contestó. Samir desconocía a dónde lo habían trasladado desde Arguineguín. “No tiene dinero, ¿le puedo hacer un bizum [una transferencia por móvil] y usted se lo da?”, cuestionó. “Claro que sí”, fue la respuesta. Mohamed le traspasó 20 euros, más otros diez que esa persona puso por cosecha propia y que Samir cogió agradecido. Llevaba 15 días en el campamento de Arguineguín, donde –explicó su primo a través del móvil– solo comían dos bocadillos al día, y de higiene ni hablar. Estuvo tres años trabajando en el norte de Marruecos para ahorrar y comprar el billete de la patera. “Es albañil, un buen chico, tiene un oficio y puede trabajar en España”, contaba Mohamed desde Albacete, que solo quería saber que si le pagaba un billete de avión iban a permitir que su primo partiera hacia la Península.

Ese era el deseo casi generalizado del amplio grupo de origen magrebí que llegó en la tarde de ayer frente a la Delegación del Gobierno, en las guaguas fletadas por la alcaldesa de Mogán, Onalia Bueno, cuando se enteró de que dejaron salir a los migrantes del muelle de Arguineguín, por la saturación de este campamento de la vergüenza. Cuando iban bajando de los vehículos algunos ya habían contactado con amigos o familiares que los venían a recoger; otros se fueron al Consulado de Marruecos que está al lado, pero la gran mayoría se quedó en la plaza esperando a que alguien les ayudara. Todos repetían lo mismo: llevaban entre 11 y 15 días en el campamento de Arguineguín, desmontando así la afirmación del ministro del Interior Fernando Grande-Marlaska de que solo se les retiene 72 horas. Vestían ropas desgastadas. “Mira cómo olemos”, decían. No tenían batería en sus móviles para llamar. Pedían el teléfono para contactar con sus familiares a los periodistas y a los ciudadanos que se iban acercando. Ninguna ONG acudió en su ayuda porque nadie avisó. Por casualidad una voluntaria de Cruz Roja que gestiona el alojamiento de los migrantes en hoteles y vive por el barrio y se paró para ver qué sucedía.

El Ayuntamiento les dió de cenar y Cruz Roja buscó alojamiento en hoteles del Sur

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En francés les trató de tranquilizar. Les dijo que estuvieran tranquilos. Conocía a algunos porque ya los había atendido en el muelle de Arguineguín y pudo hablar con sus familiares o amigos, que venían en coches para llevárselos, pero la mayoría de ellos esperaban sentados en la plaza sin saber dónde iban a pasar la noche.

Llevaban apuntados los números de teléfonos de sus familiares en papeles y los iban pasando a los vecinos para contactaran con ellos. Samir a su primo. Rida a su padre, que vive en Aragón, y que también quería hacerle un bizum para que su hijo pudiera comer y dormir bajo un techo.

Poco a poco la plaza de La Feria se fue llenando de ciudadanos que no salían de su asombro al constatar el abandono en el que les había dejado el Estado. De nada ha servido el anuncio del viernes de la ministra canaria, Carolina Darias, de un plan de choque del Gobierno para solventar la presión migratoria.

Garrafas de agua y bocadillos para los inmigrantes gracias a la solidaridad de los vecinos

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Nadie entendía nada de la incomprensible decisión de dejar a 227 personas en la calle. Y mientras la Policía se iba apostando alrededor de la plaza de la Feria para evitar que se produjera alguna protesta en contra de la Delegación del Gobierno, que no sucedió, y el delegado, Anselmo Pestana, no daba señales de vida, se fueron acercando ciudadanos con garrafas de agua y bocadillos para ayudar a los inmigrantes.

Un plan de urgencia del Gobierno regional, el Ayuntamiento, que también proporcionó comida, y Cruz Roja permitió articular ya de noche el desalojo de la plaza. Fueron enviados a hoteles del Sur donde pudieron domir bajo techo.

En guaguas, igual que llegaron a la capital, se fueron. Una salida emotiva entre los aplausos y dando las gracias a quienes acudieron a apoyarlos.

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